ALGO
MÁS QUE PALABRAS
EN FAVOR Y UNIDOS POR
LA PAZ
De
un tiempo a esta parte, he asistido, participado o he sido convocado a
diversos encuentros por la paz. Citaré algunas de esas estampas
imborrables que se quedan prendidas en el corazón. Un grupo de poetas
andaluces lo hacen con el verso, como aceituneros del amor, en la tierra
del olivo (Jaén), reunidos en un libro, auspiciado por el ilustre
Colegio de Gestores Administrativos de Granada, Jaén y Almería. Juan
José Romero-Ávila García, Delegado en la tierra jiennense, vociferaba
los encantos de la unión en favor del don de los dones,
sin el cual es imposible dar pleno
sentido a la vida y promover el desarrollo. “El olivo es, sin duda
alguna, el árbol de la paz. Una rama de olivo fue el símbolo de la
reconciliación de Dios con los hombres tras el Diluvio Universal y una
rama de olivo en el pico de una paloma blanca es, desde entonces, la
representación gráfica de una paz que, sin embargo, parece imposible por
el empecinamiento de los hombres. Por eso no podemos sustraernos en
Jaén, esencia y paisaje de olivares, a luchar por esa paz con idéntico
empeño, cuando menos, al que ponen quienes prefieren la guerra y la
declaran para llenar el mundo de muerte, desolación y miseria”.
El corazón humano anhela este gran bien y
la gente aspira a vivir en armonía. El mundo de hoy es un pueblo que
necesita unir sus aldeas en el amor. Hemos visto centenares de jóvenes
hermanados por la paz en distintas Iglesias, colmando los templos de
latidos. Quizás como nunca. Produce conmoción observar a los jóvenes
entonar cantares de vida, o compartir su silencio, el de retornar los
ojos al interior del alma. ¡Qué gran poema de albas en el alma! Estoy
convencido de que sí se ensamblaran todas las religiones de la humanidad
en favor de la paz, adoctrinando desde la grandeza y la dignidad de la
persona, cambiaría nuestra relación con el mundo y con las gentes. En
este sentido, también nos llena de gozo, que la semana de oración por la
unidad de los cristianos revista una especial relevancia ecuménica; una
preciosa ocasión para que todos, cristianos y no cristianos, nos
impliquemos en la tarea de ser una sola familia, sin tantas fronteras ni
frentes. Necesitamos vivir, cada uno desde su creencia, la comunión de
versos, que es la vida; y preguntarnos, al beber de la poesía, si con
nuestras actitudes favorecemos la unidad.
Nada se puede imponer por la fuerza bruta,
las ideas se proponen y se debaten. Ahí está ese movimiento de vascos y
conciudadanos españoles, que llenan las calles con sus manifestaciones,
a los que me uno en favor de la paz, dispuestos a dejarse la vida en la
conquista de otro clima y atmósfera, que haga factible el diálogo, para
que la convivencia sea posible. Con la violencia y con los labios
sellados por el terror, la razón no entiende de razones. Se pierde el
raciocinio y hasta lo lógico se torna ilógico. La paz sólo es posible sí
se renuncia recíprocamente a todo tipo de intimidaciones desde una
apuesta sincera por el intercambio de pensamientos. Nos interesa a todos
repostar los aires respetuosos de la conversación; conversar mucho para
aplacar desaires, para que todo ciudadano/a, sea como sea en su forma de
pensar, pueda vivir libremente en la tierra que opte por vivir.
El mundo necesita cada día más, ser
construido en la paz y en la concordia, desde el acuerdo y el consenso.
A fuerza de cesiones de unos y otros, los maridajes son más posibles. De
lo contrario, se encienden las brutalidades, y la vida se hace más
difícil para todos. Por desgracia, las guerras y conflictos continúan
proliferando y envenenando las vidas de tanta gente, particularmente en
los países más pobres. De todos estos temas, pude intercambiar
impresiones recientemente, con unos jóvenes que luchan por ser normales,
que me acogieron en su Casa de Acogida, para hacer tertulia. Me dieron
más que yo les di. Son personas que el mundo descuida. Oírles hablar tan
animoso por querer salir de la noche a la luz, se contagia. Te pone en
movimiento, en favor de una mayor justicia.
Ciertamente, no puede uno estar en paz
consigo mismo, cuando palpa tanta miseria en un mundo de ricos. Uno de
esos jóvenes “marginales” me recordaba como un pesebre sirvió de cuna,
como hoy día los pobres refugiados usan cajas de cartón y otros recursos
caseros como cunas provisionales para sus recién nacidos, frente a ese
otro mundo que derrocha y despilfarra. Pedían más conciencia y más
respeto hacia toda persona por el hecho de serlo, más humanidad desde la
concepción hasta su término natural. Les parecía “raro” que yo les
abrazara. Otro me recordaba que la misma María, experimentó la pobreza.
Ella no perteneció a los poderosos del mundo. Es simplemente la “sierva”
de Dios. Al tiempo que nos lanzaba una pregunta al aire: ¿Tenemos hoy
sitio en la posada para todos los que llaman a la puerta? Yo quedé mudo,
sin palabras a su palabra. La responsable de la Casa, rompió el
silencio: “Aquí no, ya nos gustaría ampliar las plazas para acoger a más
jóvenes. Tenemos lista de espera. Estamos desbordados como sabéis”.
Realmente, sin apenas darme cuenta, caí en
la cuenta de haber vivido y convivido en comunidad, con estos jóvenes
que nadie quiere verles, ni encontrarse en ningún sitio, la auténtica
Navidad; la del amor transparente, la de la donación de latidos. Aquel
ambiente sí que era de paz, y de cualidades humanas, algunas de las
cuales requieren un delicado equilibrio de aparente oposición:
disponibilidad/estabilidad, iniciativa/obediencia, escucha/ urge,
animación/liderazgo, sencillez/prudencia, flexibilidad/firmeza,
servicio/gobierno, humildad/creatividad, espontaneidad/planificación.
Hasta siempre y hasta pronto. Porque la paz sea la estrella, que nos
congregue a futuros encuentros. Porque ni somos tan diferentes, ni somos
tan iguales. Simplemente queremos ser en la vida, y con la vida en paz,
vivir la vida.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -