ALGO
MÁS QUE PALABRAS
SOCORRER A LA HUMANIDAD ES TAREA DE TODOS
El
mes de diciembre suele ser un tiempo propicio para los grandes
festivales solidarios, para la acogida y celebraciones. Es un tiempo
como muy humano y hermano. Parece que la atmósfera late de otra forma,
más sensible, más corazón, más poética. Y, en consecuencia, también
nuestras emociones son más intensas y verdaderas, estimulantes para el
goce de la vida. Es bueno olvidar penas, emocionarse y dejarse
emocionar; porque, al fin y al cabo, el que más o el que menos, camina
sediento de vida. Cada día hay más fuerzas contrarias hacia el ser
humano, que ni vive, ni lo dejan vivir. Nadie está seguro en la tierra,
sobre todo los más pobres de entre los pobres. Otra injusticia más, por
la diferencia. Por eso, aunque sea por un día o por un mes, no me parece
mal que los ricos donen algo de su riqueza a los desamparados de las
ciudades y pueblos. Sabemos que no es una caridad auténtica, puesto que
ésta no es simplemente manifestación de solidaridad humana (con foto
pública incluida), es participación total, amor desinteresado, a todas
horas y para todos. ¿Cómo se explica, pues, que mientras unos se mueren
de hambre otros nadamos en la abundancia? Puede ser una buena reflexión
a tener en cuenta en este mes de derroches y reuniones familiares.
Creo que nos faltan emociones sanas, las que pasan por el corazón antes
que por el cuerpo, un goce que no lo sustituye estimulante alguno.
Andamos escasos de disponibilidades para servir incondicionalmente a los
que menos saben y tienen. La esclavitud de los nuevos tiempos es otro
tipo de servilismo absurdo, la de estar subordinado al dinero por encima
de cualquier otra cosa. Seguramente no necesitamos tanto dinero para
comer y vestir. Seguro que mucho menos para llenarnos de objetos
inútiles, que luego dormitan en cualquier esquina, ocupándonos un
espacio que no tenemos en los pisos actuales. En vez de fomentar una
cultura que nos proteja y nos cultive en el amor, se aviva la cultura
del lucro, la del intelectual que no aporta idea alguna, ni se moja para
aniquilar el rencor, la desconfianza, el odio, la indiferencia social,
la impunidad, venganza o resentimiento. Anda más preocupado por figurar,
que por ser persona de luces, o lo que es lo mismo, de cátedra viva, que
nos avive a la vida.
La humanidad pierde su propio tren, buscando el desarrollo tan sólo en
lo económico, olvidando ese otro avance, el humanista; aquel que nos
alienta a progresar como personas humanas. El dinero no nos humaniza,
más bien todo lo contrario, nos deshumaniza. Todo se soporta, hasta la
pérdida de la dignidad humana, para tener más, no para vivir. Para
muestra, ahí tenemos los espacios televisivos tan de moda hoy, donde
todo se compra y se vende, y donde todo está permitido: vilipendiarse
con palabras y obras, matarse con la mirada, odiarse y aborrecerse,
pegarse con las manos, fornicarse como animales metidos en una jaula...
Todo es posible en este mundo leonero, donde lo material impera sobre lo
humano. Precisamente, si hubiéramos desarrollado una cultura sana y
sólida, no estarían ausentes los valores más elementales para poder
convivir los unos con los otros. ¿Qué busca el ser humano con ese amor
desmedido por el dinero? Sin duda, su propia ruina.
Ciertamente, el ser humano, cada día está más desprotegido. Nadie
escucha a nadie. Nadie respeta a nadie. Nadie tolera a nadie. Lo
posmoderno es la disolución y el divorcio de relaciones humanas,
produciendo personas que no sienten, manejados por una masa acaudalada
que le interesa aborregarnos, alejándonos de proyecto culturales vivos,
verdaderos y trascendentes. Para ellos, para los tipos poderosos y
dominantes de la tierra, la historia es mentira y los pensadores
clásicos, gentes inútiles. La persona es algo más que él mismo; el “yo”,
no es nada sin el otro, sin los demás; aunque a los dominantes les
resulte más fácil dominar individualidades que comunidades y, así, lo
potencien. Para atajar tanto dominio, se me ocurre tan solo uno, crear
verdaderos centros de cultura popular, sin ánimo de lucro alguno
–insisto en ello-, capaces de discernir lo que es cultura de lo que no
es, que no tiene porque ser uniforme y homogénea. Es más, no debe serlo,
para crecer unidos en verdad. Téngase en cuenta, volviendo los ojos a la
historia, que siempre ha sido saludable discernir para ascender y
provocar encuentros para reencontrarse.
A veces las guerras, las de las familias y del mundo, las de los pueblos
y de los estados, comienzan por no haberse oído antes, sacar pecho de
poder, y abrir fuego. Una violencia que es difícil atajar, porque las
batallas multiplican los males. Por desgracia, ni el hambre en el
hombre, ni las guerras con sus injustas garras, son historia de nuestra
historia. Están más vivas que nunca. Las noticias debieran ponernos en
movimiento para aplacar furias y achicar odios. Resignarse no es la
solución. Sin duda, las organizaciones humanitarias, con su gran labor
de aliviar los sufrimientos, son los guardianes del ser humano, los
ilustres socorristas de la humanidad actual. Ellos sí que tienen ganados
todos los honores. Ante ellos, uno se quita el sombrero, y lo que haga
falta.
En este sentido, nuestras fuerzas armadas españolas, han dado muestra de
tesón y valentía en favor de la vida y de la reconstrucción de países,
algunos dejando su propia vida en el combate por la paz en el mundo. Un
gesto que merece el mayor de los enaltecimientos, al ser constructores
de la concordia y de las alianzas. Su ejemplo ha de servirnos para
movilizarnos, cada uno desde su potencialidad, en detener y prevenir la
violencia, la intolerancia y extirpar las raíces del terror en un mundo
dividido. No hay justicia sin vida como tampoco hay paz sin justicia.
Nos conviene, por tanto, sumarnos a la defensa de los derechos humanos,
a la batalla por la paz, a la lucha contra la miseria y el racismo, al
amor por socorrer a la humanidad de la que también nosotros formamos
parte. Todos a una, ¡por la vida del ser humano!
Víctor Corcoba Herrero
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Escritor -