ALGO
MÁS QUE PALABRAS
LA
PESTE PUTREFACTA
La
corrupción es una de las grandes lacras del momento actual que vive el
mundo, epidemia que debiéramos atajar de raíz, para que no tome cuerpo
el vicio, y se enraíce en la vida de los pueblos, como si nada. Se
necesitan verdaderos gestores, con capacidad de servicio y de rendir
cuentas en cualquier momento. La resignación no cabe. Tampoco la
pasividad. Todo ello, nos empobrece y alienta a que el virus se extienda
a todos los ámbitos. Es de justicia, pues, que las administraciones y
los gobiernos sean transparentes, y sus gentes actúen con ética,
requisito que debiera ser imprescindible para acceder a los distintos
cargos. Don dinero no puede callar bocas corruptas, y las penas deben
ser cumplidas. El corporativismo de la tapadera es un mal rollo, puesto
que la cooperación de todos, incluso entre países, en todos los aspectos
de la lucha contra la corrupción, incluyendo la prevención,
investigación y persecución de los delincuentes, es la mejor manera de
frenar la inmoralidad.
Los altos niveles de corrupción, tanto en
gobiernos municipales, autonómicos o estatales, frenan, cuando no
hunden, la riqueza que es de todos sus ciudadanos. El derroche también
es otra forma de perversión. Con la Hacienda Pública hay que ser muy
cautelosos y establecer un criterio de prioridades. Las prácticas
corruptas pueden también dar lugar a escasez de recursos que son
malgastados en proyectos inútiles, pero que generan lucrativas
rentabilidades, mientras que sectores prioritarios como puede ser la
educación y la salud, se encuentran desatendidos por falta de dinero.
Sin duda, cualquier país que luche por competir en una economía mundial,
ha de considerar como vital importancia, que en sus gobiernos no exista
la corrupción, con todos sus significados de soborno y cohecho, de
criminalidad y violencia.
Ciertamente la podredumbre de gentes que
utilizan el poder en su provecho, constituye un fenómeno político,
social y económico a nivel mundial. Es un mal universal que corroe las
sociedades y las culturas, pero que hemos de contener para que no surjan
contiendas de revancha. La corrupción afecta a todos los poderes, a la
administración de justicia, a los procesos electorales, al pago de
impuestos, a las relaciones económicas y comerciales nacionales e
internacionales, a la comunicación social. El intercambio de favores y
tráfico de influencias, ha dado lugar a que la cultura del pelotazo, tan
de boga en España a través de la política del ladrillo, genere un
enriquecimiento fácil e inmediato. Sin embargo, el que los escándalos de
este tipo sean un mal universal, no puede consolar a ningún Estado o
Entidad mínima territorial, que goce de autonomía para la gestión de sus
respectivos intereses.
Se necesita, a mi juicio, inmovilizar a
los corruptos, ya que estas plagas endémicas, se enquistan en
instituciones y personas, y los más afectados siempre son los mismos,
los que menos tienen, los marginados, los que viven en polígonos de
chabolas. La deseada cohesión social, exigirá aún más esa solidaridad
fraterna que deriva de la conciencia de ser una sola familia de
personas, llamadas a construir un mundo más justo y fraterno, donde no
es posible lo putrefacto. Desde luego es un “logro notable”, y así lo
calificó Kofi Annan, Secretario General de la ONU, la adopción por parte
de la Asamblea General de la Convención contra la Corrupción, ya que
envía un mensaje claro de que la comunidad internacional está decidida a
prevenir y controlar el problema. La Convención “advierte a los
corruptos que la traición de la confianza pública dejará de ser
tolerada”, dijo Annan en un discurso ante la Asamblea.
Conviene recordar cómo definió el
Secretario General de la ONU la corrupción. La calificó como una plaga
perniciosa de grandes efectos corrosivos en las sociedades: “Mina la
democracia y el imperio de la ley, conduce a la violación de los
derechos humanos, distorsiona los mercados, erosiona la calidad de vida
y permite el florecimiento del crimen organizado, el terrorismo y otras
amenazas a la humanidad”. Sin duda, es urgente eliminar la peste de
corrupciones que se da en todo el mundo, cuestión que requiere el apoyo
comprometido de todos los ciudadanos, poner en claro la transparencia de
actuaciones públicas de autoridades e instituciones, y una firme
conciencia moral que hemos perdido.
Sería de utilidad para sentirse más justo,
poner de moda diversos compromisos, como el de caminar en la justicia,
es decir, considerar la ley como lámpara que ilumina la senda de la
vida. Da seguridad jurídica a los ciudadanos, tantas veces en
desconfianza con ella. Otro podría ser la lealtad y sinceridad a la hora
de hablar, signo de relaciones sociales correctas y auténticas. A veces
da la sensación que vivimos en una auténtica mentira. Como tercer
encargo, podríamos proponernos rehusar el lucro de la opresión,
combatiendo de este modo el abuso de los pobres y la riqueza injusta,
rechazando todo tipo de sobornos. Nada de lavarse las manos. Tan crueles
son los autores como los cómplices. Se precisa, pues, un comprometerse,
si quiere, al estilo de la Real Academia Española, de limpiar, fijar y
dar esplendor. En suma, la claridad, como la hondura en el pensamiento,
siempre es gozosa para el bienestar de todos.
Víctor Corcoba Herrero
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Escritor -