ALGO
MÁS QUE PALABRAS
LO QUE CREAMOS Y LO QUE NOS ACONTECE
Los
tiempos cambian porque las generaciones crean distintas formas de vivir.
Es una consecuencia de estar vivo:
lo que creamos y lo que nos viene como efecto de lo que producimos. Poniéndonos
en los tiempos que vivimos, a poco que sepamos mirar y ver, no es nada
humano lo que hacemos; y por ende, lo que nos pasa, suele ser bastante
inhumano. Ahí está como botón de muestra tantas mezquindades y
culturas de extinción. A juzgar por lo visto, a veces da la sensación
que somos pura mercancía. Ya se salda y se revende hasta la propia
intimidad de la persona. Nada importa. Hemos perdido hasta la virginidad
de la vergüenza. Por dinero, todo es posible, hasta sumarse al carro de
la violencia y de la permisividad. ¡Cuántas desventuras a la aventura
apasionante de la vida!. El terror se apodera del mundo y el mundo lo
retransmite como si nada. Unas veces nos prima con sucesos leoníferos,
hasta oprimirnos el corazón y dejarnos un vacío difícil de reanimar;
y otras, nos reprime como espectadores pasivos, contenidos en unas películas
tan reales, que se confunden, porque superan la ficción.
Los momentos presentes nos revelan
descarnadamente el hambre espiritual que padece medio mundo (el de los
ricos), mientras el otro medio, sufre el azote del hambre de un trozo de
pan que llevarse a la boca (el de los pobres endeudados hasta los
dientes por los ricos). Esta tierra producida así, espiga contiendas
que casi siempre las sufre el más débil. Los medios audiovisuales nos
trasladan imágenes escalofriantes: la terrible situación en que se
encuentran muchos niños afectados por los conflictos armados. O la
violencia contra las mujeres, que en vez de pararse, va creciendo. Como
si tuviésemos la posesión de sus vidas. Guerras contra guerras inútiles.
Olvidamos que nunca se entra, por la intimidación y brutalidad, dentro
de un corazón. Por eso, creo que debemos crear, a la mayor urgencia
posible, un pensamiento fuerte; tan fuerte como espacial y tan
planetario como claro.
De un tiempo a esta parte, hemos dado en
llamar a todo cultura. Cualquier cosa lleva ese calificativo. Y nada más
lejano de ello. Si fuésemos más amantes de ese grandioso cultivo, seríamos
personas más cultivadas, y sabríamos discernir
lo uno de lo otro. Precisamente, hoy más que nunca, necesitamos profundizar en
las dimensiones de la verdad, del bien y de la belleza. Sólo ese
alimento nos hará más gozosos, más divertidos, mejores personas
humanas. (La cátedra de verdad/bondad, bien/donación,
belleza/magnificencia: es el más alto nivel de culto a la cultura).
Perder el sentido de la vida, tan descarriada en ocasiones, es como tirar piedras al propio
tejado del alma.
Frente
a tantas tristezas que cabalgan por nosotros, necesitamos cambios
culturales que nos emocionen sanamente y nos hagan más tolerantes a las
discrepancias de los otros, desde el diálogo y la comprensión. De ahí,
la necesidad de abonar la sabiduría y de crecer en la sapiencia, en la
capacidad de discernimiento. Sin
duda, distinguir las expresiones culturales y anticulturales de la
propia sociedad, sin dejarse confundir por las aberraciones que en su
ceguera genera la locura humana, nos ayudará a caminar
por horizontes más llevaderos, que no disuelve las diferencias,
sino que potencia la mutua donación de acoger al otro. Tanto el arte,
como la ciencia, pueden confluir en esa trascendencia de sujetos
pensantes, con capacidad de discernir, lo que vale de lo que no vale, lo
que es auténtico de lo que es sucedáneo.
De
acuerdo con los postulados que orientan hoy a la sociedad moderna, tan
globalizada, estamos llamados a descubrir en la tolerancia, la urgencia
a escuchar para poder convivir. De ahí, también, la premura de un
orden social más equilibrado y menos jerarquizado, más justo y menos
violador de derechos. Los malos tratos físicos y el abandono, causan la
muerte a miles de menores en los países desarrollados, publicó
recientemente el Centro de Investigación Innocenti del Fondo de las
Naciones Unidas para la Infancia Un dato curioso. Los países con menos muertes de niños por
abuso también registran un índice bajo de muertes de abuelos. La
pobreza y el estrés son factores estrechamente relacionados con los
malos tratos y el abandono infantil, devela el estudio. Aquí, al
parecer, los ricos no lloran. En cualquier caso, marginamos a esos niños
que son el futuro y a esos mayores que son la vida vivida. A diario, los
medios de comunicación, nos hablan de abuelos que mueren en soledad y
de niños que lo tienen todo, menos cariño. Y nos quedamos tan frescos.
Necesitamos, pues, con apresuramiento, crear un mundo para todos y una
sociedad para todas las edades.
Víctor Corcoba Herrero
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Escritor -