ALGO
MÁS QUE PALABRAS
ANDAR POR EL MUNDO DE LA CULTURA
Recuerdo
un acertado consejo del que fue fundador y presidente de la Asociación
Colegial de Escritores, Ángel María de Lera, (hombre de verbo), cuando
le confesé el deseo de entregarme a las letras, bajo la alianza de
soledad, en coalición con el silencio. Todo por deseo propio. Jamás
olvidaré su respuesta: “Me
parece bien, pero déjate acompañar por tus descendientes”.
Tras una pequeña pausa de no entender nada de lo que me quería
decir, (hablábamos por teléfono),
se me ocurrió referirle que yo no tenía ningún descendiente
escritor, filósofo, ni artista. A lo que me respondió con una sana
sonrisa, seguida de unas palabras que sellaron mi afán y desvelo. Toda
una lección instructiva y una acción orientadora, la más fructífera
que había oído, a pesar de haber finalizado el Bachiller Superior y la
Reválida, por entonces. Esta fue su enseñanza: “Los amantes de las letras, los que piensan cultivarlas, aquellos que
andan por el mundo de la cultura, deben dejarse acompañar por las
humanidades clásicas”
Siguiendo
la estela de Lera, pronto descubrí lo apasionante que era bucear por
los siglos a través de los literatos y artistas. Me hice un epigónico
de estas gentes del tiempo y para el tiempo, para todas las edades y
mundos. Ya se sabe, la epigonía, es un motivo para enraizarse a los
verdaderos maestros, seguir sus huellas, y crecer a horizontes
superiores. Proponía
recluirme en silencio –en el taller de soledad- . Con las ventanas
abiertas al horizonte, para mejor beber del libro del universo, eterno
poema cantado por todos los poetas. Otras veces me dejaba acompañar por
los jardineros de belleza. El reclinatorio de Azorín fue siempre una
debilidad para mí. Antes que poeta quise ser novelista. Siempre tenía
a mano su consejo: “Nos
encontramos en un taller- el taller de un novelista. Vamos a elaborar
una novela, como se labra la reja de una Catedral, en una forja; el
moblaje de un palacio, en una ebanistería; las piezas de una rica
vajilla, en una fábrica de porcelana. Necesitamos, ante todo, un embrión,
una idea, una figura central; nos remontamos, ya en marcha la imaginación,
a los finales del siglo...”
Todo
este caudal de sensaciones, me motivó a continuar los pasos de
escritores. Caí en la cuenta de que andar por el mundo de la cultura es
volver la mirada a los clásicos, tanto en el campo de las letras y de
la filosofía, como en el de las ciencias y de las artes. Ellos nos
abren los ojos a la contemplación, nos vivifican para poder discernir,
o simplemente nos hacen soñar. En cualquier caso, ellos forman parte de
nosotros, van con la vida. Como las olas del mar se alzan eternos y
distintos. Su reinado está ahí, como purificación y revitalizante de
las potencias creativas del ser humano. Así, orientados a través de
los epígonos, podremos irradiar mejores vibraciones. Basta recordar los
distintos temperamentos de nuestros literatos, científicos o artistas,
sus actitudes y su sentido innato,
para hacernos reflexionar. Eso tiene su miga, es bueno que nos
pongamos a cavilar. El iluminado Descartes, ya nos lo subrayó: “pienso,
luego existo”.
Ciertamente,
los epígonos, suelen dar distinción a la estirpe, honor al linaje. A
cambio, se le reverencia. No estaría demás, siguiendo esa misma línea
devocionaria, que penetrásemos más en nuestros reputados clásicos.
Sería como fomentar un mayor culto a la cultura. Ellos son la más alta
distinción a la existencia humana, al hacer de la cultura una forma de
vida. Nada le es indiferente a un pensador. La autocomplacencia
no suele ser espejo de ningún sabio. Desde una perspectiva de
sintonía con los clásicos, la cultura se impregna de una savia vital,
necesario zumo para renovar diálogos más humanos y visiones más
pacificadoras. ¿Cómo olvidar las hazañas de don Quijote, la picaresca
del Lazarillo o los amores de Ulises? En verdad, cuando un pueblo ama
sus ancestrales raíces, fecundadas por el tiempo como elemento de crítica,
vive y profesa su culto en esa cultura. Para bien o para mal. Lo
importante es reencontrarse en el ser humano, para humanizarse.
Los
que andamos por el mundo de la cultura con mayúsculas, que más bien
somos minoría, afanados en la búsqueda del bien para todos y de la
verdad como norma; no es tarea fácil. Cada día son más los que no
practican la buena educación del entendimiento. Sólo hay que escuchar
a algunos dirigentes políticos, que nos gobiernan o pretenden
gobernarnos. En nuestra cultura, marcada por un torrente de imágenes
frecuentemente banales y crueles, que a diario se difunden en
televisiones, películas y videocasetes, un baño de cultura auténtica
(no sirve el barniz), sin duda, motivará nuevas epifanías de belleza,
o lo que es lo mismo, faros de autenticidad (la mentira es otra de las
epidemias actuales) y foros de lucidez. Nos inunda la mediocridad. Pido
un respiro. La mejor vacuna, un clásico al estilo de Unamuno, con su
receta de “entregarnos a los demás es desvivirnos”. ¿Se apunta?.
Víctor Corcoba Herrero