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El derecho a la opinión
divergente
Desde
los primitivos sistemas tribales, hasta la “era tecnológica” en la que
actualmente vivimos, la relación entre en el ser humano y su entorno más
inmediato ha estado encorsetada al arbitrio de diferentes esquemas
sociales, más o menos “complejos”, cuyo objetivo primordial siempre ha
sido el de encauzar las sinergias colectivas hacia comportamientos
“aceptables”, para el “bien común” del grupo en cuestión. Sin embargo, a
lo largo de nuestro efímero paso por la historia geológica del Planeta
Azul, puede afirmarse –con cierto criterio y rigor- que en los últimos
cinco mil años de “civilización” – desde la China milenaria, hasta la
Grecia “occidental”-, nuestros pasos por esta infinitesimal, y a la vez,
fantástica “perla del Universo”, han dejado mucho que desear, además de
dejar asolada gran parte de la faz de la Tierra.
Desde la más anciana
espiritualidad “maniquea”, hasta el distanciamiento filosófico - religioso
“descartiano”, los “poderes cósmicos” han imperado en un mundo al que no
entendemos; o mejor dicho, al que somos incapaces de adaptarnos. Realmente
nuestra evolución “Darwiniana” está basada en la traslación cultural de
generación en generación de una serie de convicciones y recuerdos de
nuestro aprendizaje a lo largo de diferentes épocas, y transmitidos por
nuestros ancestros. Somos pues el resultado de nuestra propia historia y
de la idiosincrasia particular de cada uno de los lugares donde nacemos,
crecemos y nos educamos. Pese a todo ello seguimos remedando los errores
aprendidos. Existe una facultad innata en nuestra mente que tiende a no
recordar los momentos conflictivos de nuestra existencia. Sin
embargo, repetimos una y otra vez los mismos errores, heredándolos de esa
especie de “consciente colectivo”, que más que quimera, parece una
auténtica realidad.
Nuestra entrada en el
tercer milenio ha sido catastrófica. La guerra –el asesinato
indiscriminado y en masa de congéneres - está marcando los albores de este
nuevo siglo. De los antiguos imperios, no sólo queda el recuerdo, sino la
continuidad. Millones de niños siguen muriendo por inanición,
especialmente en el Sur de un prepotente Norte, que perdió la brújula y
los conocimientos astronómicos desde hace siglos. Los “procederes”
bélicos continúan abrazando los mismos cánones milenarios de dominación,
explotación y enriquecimiento, a costa del silenciamiento de otras
comunidades, de otros pensamientos y de otras culturas. El principio de
“la razón de la fuerza”, sigue imperando a sus anchas ante la “fuerza de
la razón”. “Misiles inteligentes” que exterminan y llenan de radiación
atómica a países enteros –gracias al Uranio empobrecido- constituyen la
gran hazaña de la maquinaria de exterminio que se usa en estos
campos de batalla.
Aparte de lo
anteriormente expuesto, donde la irracionalidad y los intereses creados
forman una unión indivisible; donde Afganistán pasó al recuerdo, al igual
que pasará con Irak y todos aquellos puntos estratégicos que conforman el
“eje del mal”, lo más dramático es la sacralización de la democracia –en
minúsculas- como la mayor aportación de “occidente” a los países asolados.
Democracia que hace aguas en el propio centro del "imperio" en cuestión y
donde, tan sólo unos votos, separan a un “esquizoide malhumorado e
ignaro”, de una persona con sentido común. Una democracia –en minúsculas-
que persigue a la opinión divergente, a cualquier crítica constructiva que
nos haga crecer culturalmente a todos un poco más. Una democracia “en
minúsculas” que se impone en el continente africano, en Mesoamérica y en
gran parte de América del Sur –con honrosas excepciones- Una democracia,
en minúsculas, que “excomulga” como a “herejes” a todos aquellos que
hablamos de paz y que luchamos activamente por la misma, que intentamos
aportar ideas a un sistema “tan estrecho o más” que aquellos que
impusieron la dictadura del proletariado o que hicieron del nacional
socialismo su estandarte. Una democracia, en minúsculas, que apuesta
descaradamente por un modelo de globalización neoliberal, basado en el
libre comercio con los “países pobres” para enriquecer a los de siempre y
hundirlos aún más en la miseria con sus superestructuras financieras.
La Democracia, en
mayúsculas, ha de ser un mecanismo de relación social abierta e
interdependiente, dinámica y en continuo cambio. Donde la guerra y el
asesinato legal –la pena de muerte- queden abolidos – y formen parte de
los libros de historia. La Democracia, en mayúsculas, debe asumir como
frentes de trabajo la transparencia institucional y la lucha contra
cualquier tipo de corrupción desde la misma o desde sus distintos
“engranajes”. La Democracia, en mayúsculas, ha de ser un sistema capaz, y
con la suficiente integridad ética y moral, como para asumir las demandas
populares, sin distinción de niveles culturales. La Democracia, en
mayúsculas, tiene que respetar la opinión de los librepensadores y
perseguir el “mobbing”, la discriminación sexista o ideológica allá donde
se encuentre. La Democracia, en mayúsculas jamás podrá ser un "ente
hermético", sino directamente relacionado con la ciudadanía, con el
suficiente rigor de sopesar las necesidades y aportes –no partidistas- de
la misma.
Este tipo de
“Democracia”, en mayúsculas, si merece el esfuerzo solidario de todos, la
contribución en la medida de las posibilidades de cada uno y la aceptación
sin ecuanum de la opinión divergente, aquella que nace de espíritus
libres y sin ataduras ideológicas, que van a galope sobre Rocinante y que
entienden la injusticia social como una afrenta directa por la que merece
la pena luchar.
Los que nos encontramos
dentro de la denominada “opinión divergente”, que critica a la democracia
–con minúsculas-, que apuesta por la pluralidad y la “multiculturalidad”,
por la abolición de las guerras y de los “asesinatos legales”, que
luchamos abiertamente por la conservación y protección de nuestro entorno
natural, somos supuestamente una “minoría mayoritaria”, y nuestros
descendientes probablemente emprendan la mayor “epopeya” de la época a
mediados del siglo XXI… un mundo más justo, más respetuoso con su entorno
natural y, ante todo, con sus congéneres estén donde estén. Quizá muchos
de los que ahora apostamos por estas nuevas fórmulas no lo veamos, pero si
la razón y el sentido común del hombre imperan, las generaciones futuras
hablaran de “Aldea Global”; nunca de un trasnochado imperio neoliberal,
representado actualmente por esa antítesis de la razón denominada
“globalización”. Esto no es utopía, tan sólo una proyección racional hacia
el futuro inmediato basado en datos tangibles.
José Javier Matamala
García.
Almería - España
Editor y Webmaster de
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