ALGO
MÁS QUE PALABRAS
EN EL OCIO DEL ALMA,
ANIDA LA ALEGRÍA
Media
España apura sus últimos días de vacaciones y ya piensa en Navidad para
un nuevo descanso. Eso es bueno. Soy de los que creo que debemos
fomentar la quietud y hacerla extensiva a todas las personas, puesto que
tan saludable es que un país esté ocupado como que tenga tiempo para el
ocio, que sepa vivirlo a fondo, o sea, emplearlo bien. Es sano reposar
y repasar la lección de la vida. Relegar el trajín diario y el ajetreo
cotidiano. Llenarse de versos por dentro para achicar las emergencias
del planeta. Prevalece demasiado fuego en el corazón del ser humano. Nos
encendemos más que aplacamos. Cualquier cosa nos incita a perder la
cabeza y nos excita a romper los buenos modales. Cuando no se encuentra
sosiego en uno mismo, ya me dirán dónde buscarlo. Aristóteles, en su
tiempo, ya nos donó la llave, para abrirnos a un horizonte más poético.
Pasa por querernos a nosotros mismos. De ahí que, lo vital para una
mejor existencia, sea potenciar el ocio del espíritu. Verán cómo se
refuerza la felicidad.
Tan importante, pues, debiera ser trabajar
con niveles salariales adecuados al mantenimiento del trabajador y de
sus familias, como avivar unos horarios más humanos de trabajo y
descanso. Esto requiere esfuerzos, sobre todo de los empresarios,
propietarios o poseedores de los medios de producción, para dar a los
asalariados conocimientos y aptitudes, donde se garantice un mejor
sistema productivo, del que no se puede desligar el tiempo de ocio, para
que prevalezca el individuo sobre el instrumento-capital, la primacía
del ser humano sobre las cosas. ¿Cuántos jefes tienen asumido que el
trabajo es para la persona y no la persona para el trabajo? Algunos de
ellos viven sólo para él, pretendiendo, además, que sus súbditos hagan
lo mismo. Por desgracia, a poco que ahondemos en las resoluciones de
conflictos laborales, veremos repetitivos fenómenos vergonzosos de
explotación, sobre todo entre los trabajadores marginales. Si no
valoramos, por consiguiente, ese trabajo humano realizado por el último
de los servidores, que también necesita de sus tiempos de respiro, la
persona dejará de ser ella misma y la sociedad por muchos derechos
democráticos que cobije en su Carta Magna, carecerá de legitimación
ética, puesto que el trabajo debe caminar en la dirección de hacer la
vida humana más humana y solidaria, más gozosa para todos, y no una
penuria.
Ciertamente tenemos derecho al tiempo
libre, sobre todo porque es una necesidad. Lo pide el cuerpo y el alma.
Pero ese momento de recreo, que a mi juicio hemos de ampliarlo a
distintos meses del año, deben ser unas fechas para compartir y
cultivarse, sobre todo en familia. Verían como bajaba el absentismo
laboral. El ocio no equivale a ociosidad. Los antiguos hablaban del
asueto como una realidad espiritual; casi mística, un aliento de vida
para gozar de lo grande, de lo verdadero, de lo bello, para poder
apreciar otros entornos y otros mundos, otras atmósferas y otras
sensaciones, para cultivarse uno personalmente. Para eso sirven las
vacaciones, para hacer un alto en el camino y reconocerse en la senda,
si es la que nos satisface tomar en el rumbo de nuestra vida.
Por tanto, necesitamos potenciar la
cultura del ocio, el descanso como forma de conocerse y unirse. Los
ratos de ocio bien ejercitados son el mejor de los estímulos.
Desgraciadamente, de nadie huimos tanto como de nosotros mismos. Sin
embargo, debiera desvivirnos el oírnos interiormente e internamente.
Pero esto no está de moda. Lo que mola es el glamour. Lo superficial. El
usar y tirar seres humanos como pañuelos de papel. Y así surge una
generación de problemas que no dejan crecer ni una pizca de felicidad.
Nos hemos cepillado el ocio del espíritu, que es tan necesario como
beber agua, para hallarnos bien. Desarrollar la cultura del ocio es una
asignatura pendiente. El bienestar no se obtiene con unas relajadas
vacaciones o con un montón de dinero en el bolsillo, la alegría la dan
otras formas que no coinciden con el placer efímero de los sentidos.
En suma, más que un negocio, el ocio debe
ser una acción y una reacción para lograr un mayor estado de gozos
interiores. Una cultura viva que nos renueve por dentro, como dice un
anuncio de la tele. La señora que nos domina hoy en día. Sin duda, el
descanso no cansa, cuando se rentabiliza sensatamente. Es un tiempo
propicio para hacer cosas distintas. Tomar diferentes opciones
(vacaciones culturales, solidarias, familiares...), siempre nos sentará
bien. Redescubrir la naturaleza, volver al pueblo, conocer a otras
personas, bañarse de silencio, recluirse y dejarse acompañar por
soledad, es la mejor terapia salvavidas. Lope de Vega selló la más
gozosa receta de vida, cuando dijo: “Soy rey de mi voluntad, / no me
la ocupan negocios, / y ser muy rico de ocios/ es suma felicidad”.
Sin olvidar el remate de Goethe, que subrayó la vida ociosa como una
muerte anticipada. Toda una fórmula reflexiva. En cualquier caso, se
necesita tiempo libre para recuperar la
dimensión espiritual de la persona humana, para pensar sobre lo que
somos. En efecto, la “ecología interior” favorece la “ecología
exterior”, con consecuencias positivas inmediatas que pasan por el
respeto. Es una línea que se ha de alentar para lograr que prevalezca
cada vez más la cultura del ocio frente a la cultura de la ociosidad y
el aburrimiento, así como la cultura del descanso frente a la cultura de
aquel que vive sólo para el trabajo, creyéndose imprescindible en el
engranaje de la maquinaria productiva. Gran cosa
es el trabajo. Pero también el ocio. Porque el ser humano, en
definitiva, es incomparablemente mayor. No lo olvidemos.
Víctor
Corcoba Herrero
-Escritor-