ALGO MÁS QUE PALABRAS
ACEPTAR AL OTRO
A los hombres de ciencia
les encandilan las especies. A ciertos artistas, como el pintor
granadino Santiago Moreno Jiménez, les entusiasman las razas. Y así
prepara una exposición que llevará por título “la cultura del
mestizaje”, para finales del actual mes de agosto, en San Lorenzo del
Escorial (Madrid), donde al
pie de uno de sus cuadros, refrenda: “No importa quien seas, de donde seas, o si vas o vienes...”
También a determinados pensadores les ha preocupado el
individuo, sobre todo el que es diferente a nosotros. Ya lo advirtió
Rousseau en el “Emilio”,
cuando escribió: “Todo patriota
es duro con los extranjeros... lo esencial es ser bueno con las personas
con las que uno vive”. Pero resulta que ahora llega el momento de
convivir con el diferente, con el “otro”, con el que no es nativo y
se producen los grandes choques, las nefastas contiendas.
A pesar de los alientos
científicos por la supervivencia de las especies, sobre todo la humana,
y de los frenesíes del mundo del arte por la cultivo del mestizaje, es
un traspiés considerar a la humanidad por su relación al que es
distinto. Nadie es sólo una cosa. Ni nadie es el cielo y el otro, por
ser diferente, el infierno. Somos eso y mucho más, ciudadanos de un
mundo, que ha de borrar la palabra extranjero. Todos vivimos en un mismo
planeta, bajo un mismo firmamento. Estamos, pues, predestinados a
aceptar al otro y formar la gran familia humana, donde ya no es posible
levantar fronteras ni frentes. Ningún ser humano debe considerarse
forastero en esta vida. Y si nadie lo es, ¿cómo pueden defender
ciertos grupos determinadas identidades, sí la especie humana es sólo
una y en relación con todas?
Los ordenamientos jurídicos
de las naciones deben salvaguardar la especie humana, en relación a
proteger la vida comunitaria, desde el derecho a la existencia. Todos
somos dignos de existir, con nuestras maneras de vivir. Siempre que para
vivir se deje vivir al otro. Será posible soñar un mundo nuevo sin
perder las raíces de la aldea, cuando los planes de estudios,
consideren que la educación de una sociedad pluralista, como la que se
nos avecina, debe ser abierta a todas las diversidades. El derecho a la
coexistencia implica, naturalmente, para todas las gentes y Estados, el
respeto más escrupuloso a su propia lengua y a su cultura. Es a través
de su expresión como un pueblo defiende su soberanía y singularidad.

En el delirio xenófobo,
que tanto nos inunda por desgracia, se hallan autoestimas lesionadas e identidades extraviadas. El problema no se solventa
encarcelando a los autores de los hechos delictivos, a esos jóvenes que
para divertirse se empapan de alcohol y drogas, sino transmitiendo
valores que nos humanicen; y que, sobre todo, nos hagan valorar más la
vida, la existencia humana. Cada día son más las dificultades para
aceptar al otro porque es diverso, incómodo, extranjero, enfermo,
minusválido, viejo... Nos falta esa atmósfera de respeto y de recíproca
acogida y nos sobran movimientos de altanería, contrarios al humanismo,
a la liberación de ataduras, al auténtico avance humano. No hay
progreso si no hay humanidad.
Hemos perdido la moda de
amar sin condiciones, de donarnos sin letra de cambio. A veces da la
sensación de que todo el mundo se mueve bajo sospecha. Nadie se fía de
nadie. Todo lo enseñamos sin un mínimo de amor. Estudiamos el cuerpo
humano sin alma. El lenguaje sin estilo. El habla sin docencia. La
historia sin lenguaje. No se si la conciencia ha muerto en el ser
humano, pero en las aulas tampoco se enseña humanísticamente. Cuestión
que es preocupante. Por eso, a mi juicio, es tan importante que los
científicos aviven la ciencia de la vida, los artistas cultiven la
cultura del mestizaje y los filósofos unjan el culto a la estética de
la ética. Mediante esa unificación inventiva, se me ocurre que, hay
que aclamar otro futuro, que no está en la titulación académica
obtenida, sino en el talento a convivir con el otro. Se buscan talentos
con otro talante: el del amor de amar amor.
Necesitamos que el mundo
se impregne de cultura. Tanto de arte como de ciencia y de ética.
Precisamente, hace unos meses acudí a la presentación de uno de los últimos
libros del poeta Rafael Guillén, donde un físico desgranaba la teoría
científica en sus poemas. Esa observación del físico y del poeta, del
poeta y del físico, fue enriquecedora. Por eso, es saludable para que
permanezca la heterogeneidad en el mundo, el entusiasmo con que muchos
científicos buscan la belleza. O la de poetas y escritores que bucean a
la inversa, autoproclamándose escritores cuánticos. Ni la ciencia, ni
el arte, ni las personas, pueden permanecer autosuficientes y aislados.
Es muy de agradecer, el esfuerzo de individuos y asociaciones, que
dedican su tiempo en animar la integración. Sólo desde un espíritu
de entendimiento, se puede aceptar al otro. Y en esto, hoy por
hoy, sí que andamos rondando el deficiente, los pueblos, las naciones
y, el mismo mundo, con sus humanos / hermanos. Desde luego, sería un
absurdo, que teniendo grandes científicos, artistas y filósofos,
desapareciese la especie humana, la que verdaderamente hemos de proteger
por encima de todo.
Víctor Corcoba Herrero
-Escritor-
Víctor Corcoba Herrero.
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