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Consejos
médicos para malhumores de verano
Federico
Utrera*
06-07-03
Un
buen amigo funcionario me ha enviado a mi correo electrónico uno de esos
chistes virtuales que circulan por internet con un hilarante "curso
de Windows para funcionarios". Tras permitir unos minutos de relax
"como de costumbre" mientras comienzan las explicaciones, el
programa advierte que "si el curso le exige desplazamiento a la máquina
de café, su Consejería le abonará los gastos". Primero enseña el
uso del escritorio en la pantalla: "puede colgar la foto del niño y
así se acuerda de llamar a la chica para ver si ha desayunado sus
galletitas", pero el "botón de inicio" no es menos baladí
por lo que esconde: "preste atención para ver como se llega a los
juegos de cartas". En el software también tiene su transcendencia el
reloj: "esté siempre pendiente de él: cuando indique 14,30 es hora
de salir zumbando (si es antes, tampoco pasa nada)". Por último, el
descubrimiento del nuevo siglo, el e-mail: "sirve para
intercambiar datos e imágenes" y expone un gráfico ejemplo:
"aquí te mando unos cuantos chistes verdes y algunas fotos guarras.
Por cierto, hoy no voy a desayunar con vosotros porque voy a salir a
comprar un regalo a mi cuñado, que mañana es su cumpleaños".
Lo
cómico, lo sarcástico, lo irónico, lo satírico, lo humorístico...
Desde que Platón alumbrara sus diálogos no se ha registrado
acontecimiento literario parecido. A mí me gusta la ironía, pero no
siempre atino por mis limitaciones cerebrales y mis excesos
cardiovasculares y aunque esto ultimo es curable, sobre lo primero tengo más
dudas. La ironía nace de mentes sutiles, agudas, clarividentes, que han
canjeado la pasión por la sensibilidad. Los pueblos de sentimientos
moderados se caracterizan por el predominio del buen sentido sobre la pasión,
prefieren ocultar la indignación con la risa. Es muy difícil ser irónico
cuando nos indignamos y con la boca llena de razones lo más fácil no es
la carcajada sino el insulto. Tengo por más eficaz la burla, sabiendo
siempre que, como decía Anatole France, comprenderlo todo sea perdonarlo
todo.
!Pero
bueno! ¿No es acaso la del perdonavidas la actitud menos irónica que
existe?, se preguntarán algunos. Sí, pero como riesgo, mal menor y más
llevadero no está nada mal, aunque navegue contracorriente en un país
donde, por herencia seguramente, estemos tan dispuestos a condenarlo todo,
no sé si por no comprender nada o por comprenderlo demasiado bien. Y esa
actitud de anatema, de inquisidores permanentes, delata que no estamos
bien avenidos con la vida, transparenta a veces nuestro pesimismo. ¿Pesimista
yo, que me he "tragado" media docena de capítulos de
"Operación Triunfo" sin rechistar o, todo lo más, tarareando?
Puede que a ratos, lo confieso. También Santa Teresa se reconocía una
"histérica", pero eso no invalida en nada su doctrina, ya
Unamuno exploró las relaciones entre nuestros místicos y escritores ascéticos
(tan contemplativos como moralizantes) con nuestros satíricos y
moralizadores graves.
Hace
años, quizás no tantos porque ni quiero acordarme, también por tradición
familiar inicié estudios de Biología y Medicina. Creo que el destino
libró a la humanidad de lo que podía haber sido una de sus peores
plagas, aunque bien pensado, tampoco creo que limase tanto el yerro. Pero
alcancé a aprender lo suficiente sobre los humores del cuerpo, que también
los tiene, buenos y malos. Y otro remedio para el verano: estos últimos
proceden sobre todo de las malas digestiones, un ex-ulceroso podría
hablar con cierto conocimiento de causa. ¿Enfermo yo, que poseo salud y
cabeza de hojalata (metal, al fin y al cabo), nado dos veces en semana,
juego al fútbol de higos a brevas sin perder demasiado la dignidad y me
veo Mundiales y Olimpiadas enteritos? Sí, todos tenemos nuestras
enfermedades, yo detesto mi generosa ración per capita de fútbol
semanal y de telebasura diaria -!el día que echemos cuentas!- y el tiempo
para leer se me ha multiplicado como en el milagro de los panes y los
peces, pero sé de casos más graves. No hay mas que oír a la gente lo
que se queja todo el día, ningún ser humano puede presumir de ser
"normal" o "puro". La sangre pura carece de
estimulantes necesarios para regar el cerebro y vivir, el agua químicamente
pura nos haría vomitar o morir, el alcohol puro carece de la poesía de
un Cutty Sark o un Arehucas. Además, querer librarse de las
enfermedades es inútil y dañino, es como querer librarnos de nosotros
mismos. Un conocido doctor decía que el problema reside en acomodarse lo
suficiente a ellas tanto como a nuestro temperamento y que nos molesten
solo lo preciso para no dormirnos en los laureles del dolor. Y es que toda
persona que no se limite a comer, beber, dormir, trabajar y jugar, en el más
profundo sentido de lo lúdico, es un enfermo. Solo cuando carecemos de
salud valoramos la vida en su justo término, el resto del tiempo
permanecemos ciegos en nuestros cómodos espejismos.
Pensaba
yo que algo de eso debo estar incubando cuando mi amigo el funcionario me
pregunta que le recomendaría a una mujer embarazada, con sífilis y ocho
hijos bajo el brazo, tres de ellos sordos, dos ciegos y uno disminuido psíquico,
si quisiera abortar. Le recuerdo que eso no es ironía sino sarcasmo y
compruebo que nunca es tarde para callarse un consejo: el nonato se
apellidaba Beethoven. También me inquiere a quien respaldaría como líder
mundial: a un candidato consultor de astrólogos, con dos amantes y ocho
martinis diarios como dieta, a otro dos veces despedido del trabajo,
dormilón hasta el mediodía, consumidor universitario de opio que pasó
en la madurez al whisky, o por ultimo a un político héroe de guerra
condecorado, vegetariano que además no fuma y no se le conocen relaciones
extramaritales. Gracias a dios que enmudecí, pues eran Franklin D.
Roosevelt, Winston Churchill y... Adolf Hitler.
Con
estos antecedentes, líbranos señor de los petulantes que portan ideas
imprescindibles sin permiso de armas, pero no está de más recordar que
en la vida todo es cuestión de psicología, cuanto antes aprendamos esto,
más sosegadamente llevaremos este tránsito que algunos quieren
transformar en valle de lágrimas, esa debería ser otra recomendación
sanitaria veraniega oficial. Hasta las ostras tienen psicología y se
pueden abrir a la fuerza o por convencimiento. ¿Convencer a una ostra?
Usted ha perdido el escaso juicio que le quedaba, me dirán otros, pero yo
siempre he preferido la persuasión (más lenta, claro), por eso las pongo
a remojo un par de horas antes en agua salada y así el molusco se confía
creyéndose en el mar y se abre sola. Yo me como la carne y dejo la perla.
Otros prefieren destrozarse las manos con una navaja.
Cuentan
que el rey Federico de Prusia, de quien envidio más su talento que su
cargo o su patrimonio, era un gran psicólogo. Gustaba de disfrazarse y
pasear desapercibido por su reino para observar el comportamiento de sus
ciudadanos y así gobernar con mejor ley. Escondido una vez en un muelle
del puerto, vió a un marinero que se esforzaba en introducir a la fuerza
una piara de cerdos por la pasarela de un barco. Los puercos gruñían con
fuertes alaridos y reculaban por el pasadizo, no había forma humana de
hacerles entrar en aquel carguero. El rey Federico se acercó al pobre
hombre y le indicó que si los ponía de espaldas al casco y tiraba de
ellos hacia adelante, los cochinos se arrastrarían marcha atrás
solamente por llevarle la contraria. Así ocurrió, y el estibador,
agradecido, le dijo a su real y anónimo ayudante: "!como se conoce
que ha sido usted porquero!". Clamoroso error: su vocación frustrada
era la literatura y el periodismo.
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Federico Utrera es periodista andaluz
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