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"Seres inteligentes"
(Relato breve)
Por Manuel Francisco Matamala
García
La luz provenía de entre las ramas dibujando haces dorados, en
forma de dedos largos, intangibles, que acariciaban con el calor de un
dios creador, un nido, fuente de pequeñas vidas
que no era adorno del paraje, sino que formaba parte de él. Todo
era vida, hasta las sombras parecían mecer el entorno, al son de una
"nana", que tañía Eolo en una flauta soprano, improvisada con
las hojas de los árboles. Pequeñas voces anhelantes y agudas surgían de
aquella pequeña construcción inteligente, llamando a sus padres,
pidiendo algo con qué llenar sus estómagos insaciables y también, por
qué no, por miedo a la
soledad.
Nuevas voces algo menos agudas invaden el ambiente, esta vez
provienen de afuera y son articuladas. Tiemblan los cimientos hasta
entonces firmes y se oye, -"¡Un
nido!, vamos a por él". Para aquellos oídos diminutos pareció que
el cielo se rompía en un rugido ensordecedor, como el trueno, la voz de
Zeus cuando lanza enfurecido el rayo contra el hombre, muestra de su
enojo casi continuo con él. El cielo pareció juntarse con la
tierra ante aquellos pequeños ojos desorbitados que mostraban los
diminutos seres que habitaban allí. Un tremendo ejército de gigantes,
constituido por tres niños, había trepado hasta el nido, lo había
arrancado y ahora lo contemplaban desde arriba, contra el suelo.
-"¡Jo!; no hay huevos; por qué no nos lo cargamos...".
El silencio se cernió después de estas palabras, en un lapso de
tiempo que pareció una eternidad, para aquellas criaturas que desconocían
el significado de la asociación de estos sonidos. Una mano alzada con una
piedra se aproximó a velocidad
vertiginosa sobre los indefensos; de pronto, se oyó:
-"¡nooo!",
y se detuvo con igual prontitud que se había elevado. Uno de los que
formaban el pequeño ejército había gritado, las miradas se dirigieron
hacia él.
-"¡No; déjalos
vivir!". Risas con sarcasmo siguieron a la secuencia contenida, como
respuesta a la expresión de
perdón. Hubo después un tenso debate, un duelo a puñetazos; esta vez,
el más fuerte fue el que quiso perdonar; y él mismo devolvió el nido
con sus habitantes a la rama, tras lo cual desaparecieron.
Silbaba el viento en sus oídos a una gran altitud, las plumas
parecían arrancarse de aquel esbelto cuerpo; las alas cortaban el aire
como si tuviera textura. Allá abajo se veía el bosque entrañable que le
dio vida, al frente un hermoso valle se dibujaba entre montañas de roca
caliza, en un estallido de mil verdes entre ocres bajo un radiante cielo
azul.
Desde lejos oye aquellos sonidos articulados que en un momento lo
aterrorizaran; se aproxima, baja más y más; no, no eran las mismas
caras; era un gigante acompañado de otro más pequeño en los brazos, que
señalaba hacia lugar donde volaba. -"¡Si!; hijo, sí. Cuando yo era
pequeño como tu, salvé a unos pollitos de águila como aquel; ¡ojalá!
fuera uno de ellos".
Algo había de familiar en aquellos sonidos, pero eran más graves
que los que él recordaba; un impulso desconocido le hizo acercarse aún más.
Aquel ser gigantesco seguía profiriendo sonidos y seguía señalándolo,
como un dios griego con su brazo elevado;
para asombro de los dioses se posó sobre éste, como si de una
rama se tratara; con las miradas expresaron al cruzarse lo que en otro
tiempo ocurrió.
Desde entonces, en ese lugar secreto de la sierra,
se reúnen los seres inteligentes para otorgarse simplemente
admiración.
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