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Una
guerra anunciada
José Javier Matamala
García
Enero de 2002
Conocedores de su poder
militar y económico los EE.UU. no dudan en imponer sus criterios frente a
la comunidad mundial y en enarbolar la bandera de la “libertad” en
defensa de sus propios intereses. Un ejercito en el
exterior de dos millones y medio de soldados perfectamente armados y
listos para el combate en cualquier punto del planeta, además de contar
con el mayor arsenal de armas de destrucción masiva conocido en la
historia de la humanidad.
El derrumbe de las torres
gemelas del World Trade Center en Nueva York y el ataque al Pentágono,
como consecuencia de los execrables atentados del 11S, han producido una
radicalización en la política estadounidense tanto exterior, como
interior. El imperio era atacado por primera vez en su historia dentro de
suelo americano y el orgullo de la “prepotencia” clamó “justicia
infinita”. A partir de este momento el maniqueísmo más pueril se ha
adueñado de los argumentos de la Casa Blanca, donde se ha instalado un régimen
fascista, que abomina de las más básicas cuestiones de la humanidad y
que busca en la exacerbación de un patriotismo trasnochado y del miedo
fomentado por los medios a disposición del poder, la justificación a su
política militarista y autoritaria.
La “guerra contra el terrorismo” que se inicia en Afganistán no es más
que una tremenda tapadera de oscuros intereses políticos, militares,
geoestratégicos y, sobre todo, económicos del imperio.
La invasión de Afganistán
tras el 11S, con la supuesta intención de capturar y eliminar a Osama Ben
Laden y el grupo terrorista Al Qaeda, corresponde a un plan estratégico
planificado desde Washington años atrás de los atentados y cuyas
verdaderas intenciones son bien distintas. Los objetivos principales son
el control y canalización de los combustibles fósiles de Asia Central
que han estado en el punto de mira del imperio tras el derrumbamiento de
la URRSS, mediante multinacionales petroleras norteamericanas, creando una
puerta abierta al Pacífico a través las antiguas repúblicas soviéticas
de Kazajstán, Uzbekistán y Turkmenistán, además de Afganistán. La
instalación de bases militares en una zona de alto interés estratégico
para el control de Oriente Medio, y la colonización de las repúblicas de
la antigua Unión Soviética, completan los objetivos reales de esta
invasión.
Este carácter prepotente y
al margen de cualquier respeto a los acuerdos y convenios internacionales
ha crecido exponencialmente desde el 11S, aunque los antecedentes al
respecto tienen ya una larga trayectoria en el imperio. Entre algunas de
las acciones que ponen de manifiesto esta actitud pueden destacarse la
negativa a ratificar el convenio de Kioto, el convenio de diversidad biológica,
el protocolo de bioseguridad, el tratado de prohibición total de pruebas
nucleares, el protocolo para verificar la aplicación del tratado que prohíbe
las armas biológicas, el tratado de prohibición de las minas
antipersonas o la negativa a aplicar la convención de Ginebra a los
presos de Al Qaeda en Guantánamo, entre otros muchos, además del boicot
permanente de gran parte de las propuestas ligadas a la defensa de los
derechos humanos presentadas en la ONU.
Mención aparte merece la
negativa de los EE.UU. a firmar el Estatuto de Roma de la Corte Penal
Internacional, que entró en vigor en 1 de junio de este año y que
extraditará y enjuiciará a los acusados de genocidio, crímenes de lesa
humanidad y crímenes de guerra. Es más, el imperio ha conseguido
acuerdos ilegales con cinco países -Timor Oriental, Israel, Rumania,
Tayikistán y Honduras- para garantizar la impunidad de ciudadanos
estadounidenses.
Según la Casa Blanca
existen pruebas irrefutables de la tenencia de armas de destrucción
masiva en este país, a pesar de que el ex inspector de la ONU en Irak
Scott Ritter haya acusado públicamente a Donald Rumsfeld - secretario de
defensa de EE.UU. - de "mentir" a la opinión pública mundial
al asegurar que Irak posee fábricas subterráneas para la producción de
este tipo de armamento. Lo cierto es que solo son conjeturas y no existen
pruebas que demuestren dichas acusaciones, pese a que el procónsul Tony
Blair y sus servicios de inteligencia intenten sacar agua de un pozo seco.
“La ausencia de pruebas no prueba la ausencia” es el “argumento de
peso” de Donald Rumsfeld, uno de los más furibundos partidarios de
iniciar cuanto antes la invasión de Irak y el derrocamiento de Hussein.
La retransmisión en directo
de los actos conmemorativos del 11S, emitidos por la practica totalidad de
los medios de comunicación del orbe, sirvió para establecer el clima de
indignación apropiado entre la población americana que no va a
cuestionar las decisiones del Cesar y su guardia pretoriana. Los objetivos
son claros: derrocar al gobierno de Sadam, imponer uno títere y mantener
el control sobre el país que posee las mayores reservas de crudo del
planeta. En realidad es un “juego de estrategia”, planificado al milímetro
desde el Pentágono y ya negociado con las multinacionales petrolíferas
americanas.
En este sentido, parece
importante señalar algunos aspectos poco conocidos del Plan Nacional de
Energía -PNE- presentado por el presidente Bush en mayo de 2001, donde se
propone un crecimiento del 50% en la importación de petróleo para su
consumo interno de los EE.UU.. El catedrático estadounidense Michael
Klare, especialista en seguridad mundial, afirma en su artículo titulado
“petropolítica global”, que para conseguir estos propósitos serán
necesarias injerencias en los países productores, tanto en lo político y
financiero, como en lo militar. Resulta curioso que las principales áreas
productoras de crudo –o con reservas de estos depósitos fósiles-
coincidan con algunos países el "eje del mal" -ya polígono de
"n" lados- situados en Asia, Oriente Medio, África y Latinoamérica.
El PNE es una herramienta para justificar cualquier intervención de la
primera potencia mundial en todo el planeta, para garantizar su supremacía
política y su actual ritmo de crecimiento sin importarle el del resto de
estos países.
El intento de golpe de
Estado contra el gobierno de Hugo Chávez durante 2002, que fue apoyado y
diseñado desde los EE.UU., como la actual situación de intento de
derrocamiento de un régimen democrático, es una prueba de este tipo de
“injerencias”. Venezuela ocupa el tercer puesto en cuanto a los países
que nutren al imperio de crudo. Sin embargo, el petróleo está controlado
en este país por el Estado lo que supone un menoscabo tremendo para las
multinacionales norteamericanas. En la vecina Colombia los atentados de
las guerrillas contra oleoductos e infraestructuras energéticas limitan y
trastornan el incremento de las importaciones por parte de los EE.UU. La
"colaboración" estadounidense con las fuerzas armadas de este
país a través del Plan Colombia, multiplicado durante los últimos meses
mediante la "lucha contra el terrorismo", persigue un objetivo
evidente: disminuir la actividad rebelde para aumentar la producción
petrolera.
En definitivas, es imperioso
retomar el camino de la sensatez y la prudencia, rescatar los valores
morales del respeto mutuo y la convivencia, sustituir la razón de la
fuerza por la fuerza de la razón y aprender a construir un mundo donde la
tolerancia y la multiculturalidad sean los cimientos para la construcción
de una aldea global estable y solidaria. No es utopía; tan solo depende
de todos y cada uno de nosotros. En cualquier caso no existe más bella
lucha que aquella que se emprende contra lo irremediable.
Artículo
publicado en Estrella
Digital
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