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EL
FIN DE LA PAX ROMANA: ¿DECADENCIA DE UN IMPERIO?.
Por José Javier Matamala
García
Almería
- España
e-mail:
almedioambiente@terra.es
"La
violencia es el último recurso del incompetente". Isaac Asimov"
24-09-02
En
el siglo II d.C. unos cincuenta millones de personas, distribuidas en tres
continentes –África, Asia y Europa-, vivían pacífica y prósperamente
en una sociedad multirracial, durante el momento de mayor expansión y
esplendor del mundo romano. La Pax romana, que se había mantenido
durante dos siglos, comenzó a desmoronarse con Marco Aurelio, quien
embarcó al imperio en cuatro guerras durante las dos décadas que duró
su mandato (161-180). Para algunos historiadores este fue el principio del
fin del imperio romano que desaparecería como tal, como cualquiera otra
de las grandes potencias que han existido, bajo el gobierno de
Constantino.
La
historia de la humanidad está repleta de situaciones como la
anteriormente descrita y es un libro abierto para aquellos que quieran
leerla. La experiencia acumulada por nuestros ancestros, sus aciertos y
sus errores, parecen jugar un papel incómodo, casi irreverente, cuando el
presente pierde su memoria y comienza a completar el círculo en esa
especie de maldición que parece avocarnos a repetirla.
Cualquier
análisis de las relaciones internacionales en la actualidad pasa
inexorablemente por dos situaciones distantes en el tiempo y el espacio,
pero a la vez ligadas íntimamente en cuanto a su repercusión global en
el recién estrenado tercer milenio. La caída del Muro de Berlín y los
atentados del 11S constituyen dos puntos de inflexión con un peso específico
tan considerable, como para cambiar la realidad del presente y formar
parte de los futuros textos de historia contemporanea de la humanidad.
El
desmembramiento de la URRSS supuso un cambio sin precedentes en la política
de confrontación de bloques que surgió al finalizar la II Guerra
Mundial. Tras décadas de una anacrónica “guerra fría”, ante el
enfrentamiento de dos sistemas ideológicos y políticos antagónicos, y
con la espada de Damocles convertida en amenaza nuclear permanente, el
hundimiento del “imperio soviético” y la posterior desaparición del
Pacto de Varsovia abrieron un panorama esperanzador lleno de cambios
sociales, que hasta ese momento eran del todo inimaginables.
La reunificación de Alemania, la
emancipación de naciones de Europa del Este y la formación de la propia
Confederación Rusa, establecieron un escenario radicalmente distinto al
anterior, donde la rivalidad entre los dos gigantes militares del planeta
desapareció progresivamente, como lo hicieron las imágenes apocalípticas
del “hongo radiactivo” que acompañó a las generaciones que vivimos
directamente este proceso.
Sin
embargo, lo que se intuía como un replanteamiento de los valores en el ámbito
de las relaciones globales dio paso a la consolidación hegemónica de los
EE.UU., como potencia militar y política de planeta. Desde ese momento el
gigante americano ya no solo practica una política imperialista, sino que
se proclama “imperio” y deja de ser potencia para convertirse en
“prepotencia”. El neoliberalismo más radical va asentándose como la
base ideológica del nuevo imperio y, paralelamente a este, la
“globalización empresarial”.
Conocedores de su poder militar y económico los EE.UU. no dudan en
imponer sus criterios frente a la comunidad mundial y en enarbolar la
bandera de la “libertad” en defensa de sus propios intereses. Como en
la antigua Roma, las legiones se despliegan por las distintas colonias y
sus generales permanecen atentos a las órdenes del Cesar de turno. Un
ejercito en el exterior de dos millones y medio de soldados perfectamente
armados y listos para el combate en cualquier punto del planeta, además
de contar con el mayor arsenal de armas de destrucción masiva conocido en
la historia de la humanidad. Desde el final de la II Guerra Mundial
las intervenciones militares de los EE.UU. en el exterior han sido
incesantes y sin parangón con cualquier otro país del mundo. También
destacan con luz propia las ingerencias internas en otros Estados en forma
de golpes de estado, atentados y terrorismo de estado que han llevado a
cabo de forma directa o indirecta –con la financiación o asesoramiento
militar- en todos los continentes. Entre los países “beneficiarios”
se encuentran Yugoslavia, Bosnia, Croacia, Chipre,
Corea, Camboya, Laos,
Vietnam, Bangla
Desh, Filipinas, Macedonia, Afganistán, Cuba,
Guatemala, Panamá, El Salvador, Uruguay, República
Dominicana, Chile,
Argentina, Isla de Granada, Líbano, Libia, Omán,
Somalia, Zaire, Zambia, Liberia, Sudan,
Palestina, Yemen, Egipto, Irán,
Irak, o
África del Sur, entre otros.
Parece
que no queremos recordar la barbarie de Vietnam donde el napal y las
bombas químicas, entonces empleadas, aún continúan haciendo estragos,
en forma de malformaciones, sobre la población que nació después de la
conflagración. Pocos saben de los más de 200.000 muertos en Guatemala
hace tan solo dos décadas –principalmente indígenas- en uno de los
holocaustos menos comentados o de los más de 150.000 muertos iraquíes en
la Guerra del Golfo, que nunca fueron retransmitidos por la CNN y, por lo
tanto, no existen.
Tampoco son ya noticia las bombas con uranio enriquecido empleadas en la
Guerra del Golfo y en Yugoslavia, o las de racimo en Afganistán.
El
derrumbe de las torres gemelas del World
Trade Center en Nueva
York y el ataque al Pentágono, como consecuencia de los execrables
atentados del 11S, han producido una radicalización en la política
estadounidense tanto exterior, como interior. El imperio era atacado por
primera vez en su historia dentro de suelo americano y el orgullo de la
“prepotencia” clamó “justicia infinita”. A partir de este momento
el maniqueísmo más pueril se ha adueñado de los argumentos de la Casa
Blanca, donde se ha instalado
un régimen fascista, que abomina de las más básicas cuestiones de la
humanidad y que busca en la exacerbación de un patriotismo trasnochado y
del miedo fomentado por los medios a disposición del poder, la
justificación a su política militarista y autoritaria.
Sin embargo, son muchas las incógnitas
aún pendientes en cuanto a la preparación y ejecución de estos
atentados. Se ha declarado públicamente por parte de altos cargos de la
inteligencia americana, que poseían información detallada acerca del
entrenamiento como pilotos en suelo estadounidense de los camicaces que
estrellaron los aviones. Esto parece evidente ya que la preparación de un
atentado de estas dimensiones y con el grado de sofisticación con el que
se realizó, no pudo pasar desapercibido. Por otro lado, el supuesto avión
estrellado en el Pentágono aún continúa constituyendo un enigma y
siguen sin aparecer en ninguna imagen los restos del aparato. Incluso se
ha llegado a proponer una “teoría de la conspiración”, donde el
gobierno estadounidense habría permitido conscientemente la realización
de estos actos terroristas.
Lo
que a priori parece un macabro e increíble argumento podría
tener, sin embargo, antecedentes históricos. Se ha comparado
insistentemente este incidente con el ataque japonés a Pearl Harbor que,
según algunos analistas estadounidenses, se debió a un “error”
deliberado a la hora de actuar y detener dicho bombardeo por parte de la
administración Roosevelt,
cuyo objetivo fue crear el ambiente de indignación nacional suficiente
como para participar directamente en la II Guerra Mundial.
La
“guerra contra el terrorismo” que se inicia en Afganistán no es más
que una tremenda tapadera de oscuros intereses políticos, militares,
geoestratégicos y, sobre todo, económicos del imperio.
La
invasión de Afganistán tras el 11S, con la supuesta intención de
capturar y eliminar a
Osama Ben Laden y el grupo terrorista Al Qaeda, corresponde a un plan
estratégico planificado desde Washington años atrás de los atentados y
cuyas verdaderas
intenciones son bien distintas. Los objetivos principales son el control y
canalización de los combustibles fósiles de Asia Central que han estado
en el punto de mira del imperio tras el derrumbamiento de la URRSS,
mediante multinacionales petroleras norteamericanas, creando una puerta
abierta al Pacífico a través las antiguas repúblicas soviéticas de Kazajstán,
Uzbekistán y Turkmenistán, además de Afganistán.
La instalación de bases
militares en una zona de alto interés estratégico para el control de
Oriente Medio, y la colonización de las repúblicas de la antigua Unión
Soviética, completan los
objetivos reales de esta invasión.
El
gobierno títere impuesto por el imperio en Afganistán y compuesto por
los “señores de la guerra”, no deja de ser tan execrable como el
Talibán. Violación sistemática de los derechos humanos, tiranía,
anulación de la mujer como elemento de la sociedad, lapidaciones públicas,
miseria y hambruna, sitúan de nuevo a este país al borde de una guerra
civil inacabada, tras más de dos décadas de continuos enfrentamientos
internos y externos. Realmente al imperio jamás le han importado los
problemas de este Estado, ni de todos aquellos a los que ha “bendecido
con la imposición de sus libertades”. Lo que importan son los
beneficios obtenidos y para el actual gobierno estadounidense el fin
justifica siempre los medios.
Dentro
de este marco belicista, quizá uno de los momentos también históricos más
“entrañables” haya sido el ingreso de Rusia en la OTAN. Puede que jamás
sepamos los miles de millones de dólares que habrá costado este montaje,
pero Putin no ha perdido el tiempo y ha comenzado a masacrar de nuevo a la
población chechena, mientras el mundo mira hacia otro lado y el
noticiario del imperio –la CNN- no se hace eco de la noticia.
Es
curioso que todo el aparato de inteligencia con el que cuenta EE.UU. haya
sido incapaz de capturar a Osama
Ben Laden, cuyos enigmáticos mensajes aparecen siempre en momentos
oportunos y claves para mantener viva la llama del odio y la venganza
entre la población. Vivo o muerto, capturado o libre, parece que mantener
el fantasma latente de este hombre, entrenado por la CIA y estrecho
colaborador de la misma durante años, es una justificación suficiente
como para continuar su búsqueda, aunque esto suponga bombardear y
destruir países enteros con el pretexto de desarticular definitivamente a
la banda terrorista Al Qaeda. En cualquier caso, resulta paradójico que
la CIA, a través de otros organismos como el ISI, reclutara a más de
100.000 extremistas radicales para luchar contra el ejército soviético
durante su ocupación de Afganistán.
Tras
la asolación de Afganistán, el imperio continúa oteando y perfilando
nuevos campos de batalla para el despliegue de sus legiones. El “eje del
mal”, una burda copia del “imperio del mal” ideado por los asesores
militares del gobierno Reagan, aparece inicialmente constituido por Irak,
Irán y Corea del Norte, aunque ya se apuntaban nombres como Cuba, Yemen,
Libia o Sudan, que son considerados por la Secretaría de Estado como
enemigos potenciales y donde las acciones bélicas de los EE.UU. contarían
con total legitimidad. Como afirma el prestigioso escritor uruguayo
Eduardo Galeano “Tal como marchan las cosas, de aquí a poco será
culpable de terrorismo toda persona que no camine de rodillas, aunque se
pruebe lo contrario”.
Pero
la demencial “política preventiva“ de Bush no acaba ahí. Actualmente
62 países se encuentran en la lista de “non gratos” para el
imperio, por lo que podrían ser atacados sin previo aviso. Según informó
el diario estadounidense Los Angeles Times el nueve de marzo de
este año, el gobierno Bush solicitó al Pentágono la fabricación de
armas atómicas con potencial destructivo “reducido”, así como la
realización de planes de ataque contra al menos siete países, donde se
emplearían este tipo de artefactos nucleares. En este sentido, el
discurso del Cesar en West Point fue bastante claro y rotundo al
manifestar su determinación de atacar, mediante armas de destrucción
masiva –privilegio exclusivo del imperio y sus fieles colonias-, a
cualquier país con capacidad para el desarrollo de acciones terroristas.
Realmente los EE.UU. han asumido su papel de potencia hegemónica que
desprecia abiertamente el derecho internacional y el de los pueblos.
Este
carácter prepotente y al margen de cualquier respeto a los acuerdos y
convenios internacionales ha crecido exponencialmente desde el 11S, aunque
los antecedentes al respecto tienen ya una larga trayectoria en el
imperio. Entre algunas de las acciones que ponen de manifiesto esta
actitud pueden destacarse la negativa a ratificar el convenio
de Kioto, el convenio de diversidad biológica, el protocolo de
bioseguridad, el tratado de prohibición total de pruebas nucleares, el
protocolo para verificar la aplicación del tratado que prohíbe las armas
biológicas, el tratado de prohibición de las minas antipersonas o la
negativa a aplicar
la convención de ginebra a los presos de Al Qaeda en Guantánamo, entre
otros muchos, además del boicot permanente de gran parte de las
propuestas ligadas a la defensa de los derechos humanos presentadas en la
ONU.
Mención
aparte merece la negativa de los EE.UU. a firmar el Estatuto de Roma de la
Corte Penal Internacional, que entró en vigor en 1 de junio de este año
y que extraditará y enjuiciará a los acusados de genocidio, crímenes de
lesa humanidad y crímenes de guerra. Es más, el imperio ha conseguido
acuerdos ilegales con cinco países -Timor Oriental, Israel, Rumania,
Tayikistán y Honduras- para garantizar la impunidad de ciudadanos
estadounidenses.
La
política interior de EE.UU. ha creado, amén de un estado de paranoia
colectiva, una situación inimaginable en este país que se ha
vanagloriado de sus libertades sociales e individuales. Lo que se inició
con ridículas prohibiciones contra la emisión de una larga lista de
“canciones subversivas”, como Image de John Lennon, se ha
transformado en una persecución contra todos aquellas personas u
organizaciones que mantengan criterios divergentes a la política
establecida por el imperio. Así, el FBI considera como “asociaciones
terroristas” a algunos grupos antiglobalización y socialistas, no
porque estén o hayan estado vinculados a ningún tipo de delito, sino tan
solo por su ideología.
“Acabar”
la guerra contra Irak que declarara “Bush padre” a principio de los
noventa, se ha convertido ahora en el principal objetivo y obsesión de su
perspicaz hijo. Sin embargo, esta guerra por activa y por pasiva nunca ha
concluido. Las violaciones de los paralelos de exclusión por parte de los
aviones de guerra norteamericanos y sus bombardeos de “objetivos
militares”, han constituido una constante desde entonces. Pero sin duda
mucho más grave ha sido el bloqueo comercial y las sanciones que han
sumido a este país en la miseria y la hambruna. En 1996 se le preguntaba
a la Secretaria de Estado de EE.UU., Madeleine Albright, su opinión
acerca de la muerte, hasta ese año, de más de quinientos mil niños
iraquíes por desnutrición y enfermedades ligadas a la hambruna, debido a
las sanciones impuestas por el imperio contra este país tras la Guerra
del Golfo; su respuesta fue rotunda y esclarecedora: “creemos que es
un precio que valía la pena pagar”.
Como
contrapunto cabe destacar la estremecedora carta dirigida al presidente
Bush por Robert Bowan, obispo católico y teniente coronel de ejército
estadounidense en junio de este año, donde afirma: “en vez de
continuar matando diariamente a millares de niños y niñas iraquíes con
nuestras sanciones económicas, deberíamos ayudar a los iraquíes a
reconstruir sus usinas eléctricas, sus estaciones de tratamiento de agua,
sus hospitales y todas las otras cosas que destruimos y les impedimos
reconstruir con sanciones económicas. En lugar de entrenar terroristas y
escuadrones de la muerte, deberíamos cerrar la Escuela de las Américas”.
Según
la Casa Blanca existen pruebas irrefutables de la tenencia de armas de
destrucción masiva en este país, a pesar de que el ex inspector de la
ONU en Irak Scott Ritter
haya acusado públicamente a Donald
Rumsfeld - secretario de defensa de EE.UU. - de "mentir" a la
opinión pública mundial al asegurar que Irak posee fábricas subterráneas
para la producción de este tipo de armamento. Lo cierto es que solo son
conjeturas y no existen pruebas que demuestren dichas acusaciones, pese a
que el procónsul Tony Blair y sus servicios de inteligencia intenten
sacar agua de un pozo seco. “La ausencia de pruebas no prueba la
ausencia” es el “argumento de peso” de Donald Rumsfeld, uno de los más
furibundos partidarios de iniciar cuanto antes la invasión de Irak y el
derrocamiento de Hussein.
De
poco va a servir la visita anunciada para octubre de los inspectores de la
ONU, ni la aceptación de las resoluciones impuestas por parte del
gobierno iraquí, o las reticencias de algunos de los miembros de la
“alianza internacional contra el terrorismo”. El imperio ya ha
decidido por todos quién es el enemigo número uno de la humanidad y van
a “defender los intereses colectivos” derrocando al gobierno de Sadam
Hussein mediante la fuerza. Las legiones ya están desplegadas y solo hace
falta la orden del Cesar para que comiencen a actuar, con toda
probabilidad antes de las elecciones de noviembre en EE.UU. Así que
pronto veremos en las pantallas de televisión las mismas imágenes
fantasmagóricas del cielo de Bagdad, iluminado por las baterías antiaéreas
y la explosión de los misiles balísticos. No habrá sangre, esto ya lo
aprendieron los estadounidenses desde la guerra de Vietnam, tan solo la
mostrada por el “enemigo” ante los “daños colaterales”.
Las
consecuencias políticas y económicas de esta situación pueden ser mucho
más graves de lo apriorísticamente esperado. Por un lado, la coalición
internacional contra el terrorismo se ha deshojado y no precisamente por
la llegada del otoño. La mayor parte de los países que la componían no
están dispuestos a participar en una guerra injustificada, declarada por
el imperio que se autoproclama unilateralmente como potencia hegemónica
del planeta, obviando el derecho y las relaciones internacionales y
humillando públicamente a la ONU. Al apoyo incondicional del procónsul
británico se le han sumado la de los cónsules de Hispania e
Italia, y de algún grupo de bárbaros del Norte –Polonia- en contra de
la opinión mayoritaria de sus propios ciudadanos a los que supuestamente
representan. Esta situación pone de manifiesto una vez más el auténtico
caos en la política exterior de la UE, que es incapaz de mantener
criterios conjuntos y que continúa con una dinámica ancestral de
intereses particulares. Por otro lado, las consecuencias económicas a
medio plazo son imprevisibles y el derrumbe de las bolsas puede ser uno de
los efectos más inmediatos. Lo que es evidente es que la ayuda destinada
al “tercer mundo” y los convenios establecidos con países en vía de
desarrollo pasarán automáticamente a un plano oculto y silencioso,
desbaratando las legítimas aspiraciones de estos pueblos.
La
retransmisión en directo de los actos conmemorativos del 11S, emitidos
por la practica totalidad de los medios de comunicación del orbe, ha
servido para establecer el clima de indignación apropiado entre la
población americana que no va a cuestionar las decisiones del Cesar y su
guardia pretoriana, aunque queden muchos eslabones perdidos sobre el
origen de estos atentados, como ya se ha comentado.
Los objetivos son claros: derrocar al gobierno de Sadam, imponer
uno títere y mantener el control sobre el país que posee las mayores
reservas de crudo del planeta. En realidad es un “juego de
estrategia”, planificado al milímetro desde el Pentágono y ya
negociado con las multinacionales petrolíferas americanas.
En
este sentido, parece importante señalar algunos aspectos poco conocidos del
Plan Nacional de Energía -PNE- presentado por el presidente Bush en mayo
del año pasado, donde se propone un crecimiento del 50% en la importación
de petróleo para su consumo interno de los EE.UU.. El catedrático
estadounidense Michael Klare, especialista en seguridad mundial, afirma en
su artículo titulado “petropolítica global”, que para conseguir
estos propósitos serán necesarias injerencias en los países
productores, tanto en lo político y financiero, como en lo militar.
Resulta curioso que las principales áreas productoras de crudo –o
con reservas de estos depósitos fósiles- coincidan
con algunos países el "eje del mal" -ya polígono de
"n" lados- situados en Asia, Oriente Medio, África y Latinoamérica.
El PNE es una herramienta para justificar cualquier intervención de la
primera potencia mundial en todo el planeta, para garantizar su supremacía
política y su actual ritmo de crecimiento sin importarle el del resto de
estos países.
El
reciente golpe de estado contra el gobierno de Hugo Chávez, que fue
apoyado y diseñado desde los EE.UU., es una prueba de este tipo de
“ingerencias”. Venezuela ocupa el tercer puesto en cuanto a los países
que nutren al imperio de crudo. Sin embargo, el petróleo está controlado
en este país por el Estado lo que supone un menoscabo tremendo para las
multinacionales norteamericanas. En la vecina Colombia los atentados de
las guerrillas contra oleoductos e infraestructuras energéticas
limitan y trastornan el incremento de las importaciones por parte de los
EE.UU. La "colaboración" estadounidense con las fuerzas armadas
de este país a través del Plan Colombia, multiplicado durante los
últimos meses mediante la "lucha contra el terrorismo",
persigue un objetivo evidente: disminuir la actividad rebelde para aumentar
la producción petrolera.
En
definitivas, es imperioso retomar el camino de la sensatez y la prudencia,
rescatar los valores morales del respeto mutuo y la convivencia, sustituir
la razón de la fuerza por la fuerza de la razón y aprender a construir
un mundo donde la tolerancia y la multiculturalidad sean los cimientos
para la construcción de una aldea global estable y solidaria. No es utopía;
tan solo depende de todos y cada uno de nosotros. En cualquier caso no
existe más bella lucha que aquella que se emprende contra lo
irremediable.
Artículo
publicado en Amigos de Honduras, Los Verdes Andalucía, Diario digital de
Granada, entre otros medios
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