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El 'boom' de Palomares PEDRO ONTOSO / IDEAL / ALMERÍA: 16-01-05 Los vecinos del levante almeriense pretenden evitar que la onda expansiva de un suceso del que mañana se cumplen 39 años dañe su economía y espante a los turistas Dos aviones de EE UU chocaron en el aire y dejaron caer 4 bombas atómicas en Almería Los almerienses poco sabían, en aquel 17 de enero de 1966, de la agitada biografía de Harry Truman, el presidente de Estados Unidos que tomó la terrible decisión de lanzar dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, 25 años antes, lo que precipitaría el final de la Segunda Guerra Mundial. Truman, impulsor del millonario y letal Proyecto Manhattan para desarrollar el uso de la energía atómica contra el enemigo, también fue quien se había opuesto a que el Plan Marshall, la contrapartida económica de la doctrina intervencionista americana, alcanzara a España, lo que quizás hubiera reconfortado las penurias del campesinado andaluz. Aquel lunes, los agricultores de Palomares atendían sus campos, ajenos a los ataques del vietcong en el aeropuerto vietnamita de Tha Noc, a la primera reunión del Mercado Común o al fallido golpe de estado en Nigeria. Pasaban las diez de la mañana cuando crujió el cielo sobre Palomares, una pedanía del municipio de Cuevas de Almanzora, famoso ya entonces por sus sabrosos tomates, pero encadenado al minifundio en un paraje desértico sembrado de cicatrices por su pasado minero. Dos aviones norteamericanos, un bombardero B-52 y un aparato cisterna que le abastecía en vuelo, se incendiaron durante la maniobra y cayeron en pedazos sobre esta comarca del levante almeriense. Los lugareños, sorprendidos y aterrados, no podían imaginar que pocas horas después el nombre de su pueblo estaría colgado en las pizarras del Pentágono y de la Casa Blanca. Tampoco que habían burlado a una muerte segura en el día de San Antonio Abad. El bombardero, según se supo después, llevaba en sus bodegas cuatro bombas nucleares, que acumulaban 5.000 veces más potencia que la que destruyó Hiroshima. Tres cayeron en el perímetro del pueblo y fueron localizadas a las pocas horas: dos habían reventado y liberado uranio y plutonio radiactivo. La cuarta no fue encontrada hasta ochenta días después, gracias a las atinadas indicaciones de un pescador de la cercana Águilas, Francisco Simó, -'Paco el de la bomba'- que había presenciado la caída en paracaídas del ingenio atómico cuando faenaba en busca de gambas del golfo de Vera. Lo relata muy bien el periodista Christopher Morris, que cubrió el suceso para el periódico británico 'Daily Express', en el libro 'El día que perdieron la bomba' (Plaza y Janés, 1967). Durante casi tres meses, los norteamericanos montaron una de las más vastas y costosas -un millón de dólares diarios- operaciones de rescate -fueron trasladadas más de 1.400 toneladas de suelo radiactivo a un cementerio nuclear de EE UU- en la que participaron más de 3.000 militares, veinte barcos de guerra, varios sumergibles y científicos pertrechados con la tecnología más avanzada, que convirtieron a Palomares, muy a su pesar, en el epicentro del mundo. Después de varios años en el olvido, el pueblo recupera la actualidad tras la decisión del Consejo de Ministros de expropiar 67.500 metros cuadrados de terreno contaminado, aunque el Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT) ha garantizado que «no hay ningún peligro en la zona, ni para la población ni para la producción agrícola». Si la decisión llega ahora, después de años de vigilancia radiológica, es, precisamente, por la reactivación urbanística de la zona, que va a generar un movimiento importante de tierras. Un desierto en obras Treinta y nueve años después, los habitantes de la comarca rememoran, también muy a su pesar, una historia que les persigue desde entonces. «No nos dejan olvidar», se queja el alcalde pedáneo de Palomares, Juanjo Pérez, esquivo para los periodistas. Como él, la mayoría de los habitantes de la zona, dispuestos a beneficiarse de la avalancha turística y un pastel inmobiliario que se abre paso a ritmo trepidante, y al que puede perjudicar las historias de bombas de hidrógeno y radiactividad. Cuando en marzo de 1966 Fraga visitó Palomares, en compañía del embajador norteamericano Biddle Duke, algunos de los vecinos les recibieron con pancartas que rezaban 'Palomares necesita carreteras' y 'Haced de Palomares un centro turístico'. Pues bien, dicho y hecho. Hoy, una autovía traslada al viajero hasta los límites de Palomares y toda la comarca es un desierto en obras. Urbanizaciones de apartamentos y complejos hoteleros, que salpican toda la costa, desde Mojácar -en la raya con el Cabo de Gata- hasta Villaricos, cerca de la muga con Murcia. El alcalde de Cuevas de Almanzora está encantado. «Con este clima tan atractivo y los proyectos urbanísticos que tenemos en marcha esto se va a convertir en la milla de oro del Mediterráneo», anticipa Juan Caicedo, regidor independiente en las listas del PP. Se refiere a dos iniciativas que pretende emblemáticas para la zona, Dessert Spring y la Ciudad Lacustre. El primero de ellos ya está en marcha. Se trata de un extenso campo de golf semidesértico, rodeado de una urbanización con casa de lujo -están proyectadas 1.600, de la que se han construido la mitad, -levantado sobre una loma en la carretera que une Palomares con Cuevas de Almanzora. El segundo tropieza con dificultades. La Ciudad Lacustre contempla una urbanización de 2.000 viviendas junto a la costa, con canales artificiales para convertirla en una pequeña Venecia, pero se han pedido nuevos estudios para medir el impacto del proyecto. «Dessert Spring y la Ciudad Lacustre van a revolucionar la zona», afirma con seguridad Caicedo, que declina entrar en detalles del suceso de las bombas o hablar de las tierras contaminadas. «Las bombas no explotaron y algunos de los testigos que vivieron aquellos momentos, con más de 90 años, andan por la calle como un reloj. Aquello es ya una anécdota. Pertenece a la historia de Palomares y nunca nos vamos a poder desprender de ello, pero ahora miramos al futuro». «Necesitamos el agua» Palomares vive con el miedo de que la onda expansiva de aquellas bombas norteamericanas no se haya amortiguado todavía, dañe su economía -tiene una notable producción de hortalizas- y trunque el negocio turístico. Pero las excavadoras siguen trabajando y las grúas se superponen en un bosque de mecanotubo y hormigón. El precio del metro cuadrado se ha multiplicado por diez en los últimos siete años y solares desérticos se convierten en urbanizaciones de lujo. De un año para otro, cambia el paisaje en los pueblos de la comarca. En Villaricos, un apacible pueblo de pescadores que linda con Palomares, se abren nuevos restaurantes y los barcos de recreo amarran en un pequeño puerto deportivo junto a los yacimientos de los primeros pobladores de la villa, la antigua Barea, citada por Marco Aurelio. La furia inmobiliaria hace tiempo que desbordó Mojácar y se hizo fuerte en Garrucha, invadida por europeos quemados por el sol y a los que los lugareños comparan con sorna con las gambas rojas de la localidad, apreciadas por su inconfundible sabor y conocidas por su imparable factura. Los constructores miran ahora, seductores, hacia Vera playa y Palomares, que se dejan querer y se abrazan a la especulación. En Vera, los apartamentos han subido un 30% en tres años y todo lo que se construye se vende. La solitaria playa de los nudistas, pegada a urbanizaciones y cámping de uso exclusivo, blinda su refugio con la certeza de que tienen la batalla perdida. El turismo es el nuevo filón, agotadas ya las venas de los yacimientos de plata, plomo y hierro de Sierra Almagrera, que fueron crucial fuente de riqueza. Como Macael, famosa por sus extraordinarios mármoles, que sirvieron para decorar La Alhambra y la mezquita de Córdoba. |