El parral que daba la vida

IDEAL/MÓNICA SÁNCHEZ //PADULES. 27-02-07

Los municipios del valle del Andarax deben sus momentos de esplendor y decadencia a la uva de mesa, un producto que llevó el nombre de Almería a todos los rincones del planeta.

CUENTAN los paduleños que, en los años buenos, se podía llegar a exportar más de un millón de kilos de uvas en una campaña, y que el precio podía rondar las doscientas pesetas por el barril de veinticinco kilos.

Estas cifras, que ahora pueden parecer ridículas, han permitido que Padules, al igual que otros municipios del valle del Andarax, hayan podido vivir durante décadas de la producción y venta de la uva conocida como 'del barco'. Según aseguran, una buena cosecha, de unos cien o doscientos barriles, generaba ingresos suficientes como para vivir hasta la faena, o recogida de la uva, de la siguiente temporada. Y lo normal era que incluso sobrara un poco.

Pero no todas las campañas reflejaban un balance tan positivo. Ni todos los vecinos del pueblo podían presumir de tener tantos parrales como para asegurarse con su fruto el sustento de todo un año.

De hecho, la comercialización de la uva almeriense que dio fama a la provincia en los mercados internacionales, la de la variedad 'Ohanes', se ha caracterizado siempre por la irregularidad. Y es que a los años de bonanza han seguido otros de crisis, en ocasiones tan pronunciadas que han provocado no sólo el abandono casi definitivo de ese cultivo, sino también la pérdida considerable de población en toda la comarca.

La uva, y más concretamente la de Ohanes, ha jugado un importante papel en la historia de la provincia, y también, a un nivel más humilde, pero no menos relevante, en las vidas de numerosos municipios que, como Padules, han dependido de ella durante más de un siglo.

Auge y declive

Según se refleja en publicaciones como 'La uva de Almería. Dos siglos de cultivo e historia de la variedad Ohanes', de la Fundación Cajamar, la producción tuvo dos momentos de esplendor, los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, hasta la Primera Guerra Mundial, y las décadas de los años 50 y 60 de éste último. Estos periodos han estado acompañados por otros de declive, que han desembocado en la práctica desaparición de este tipo de fruto en las dos décadas finales del pasado siglo XX.

Así lo aseguran también los parraleros de Padules, que desvelan unos recuerdos teñidos de añoranza. «Con lo que se sacaba de la uva se vivía todo el año. Quien más y quien menos, vendía entre cien y doscientos barriles. Y como los pagaban a ocho duros el peso -barril de veinticinco kilos-, se ganaba bastante dinero», rememoran.

Las uvas del valle del Andarax se enviaban a diferentes puntos del planeta. «Venían muchos exportadores, aunque la mayoría de la uva se canalizaba a través de Inglaterra. Los ingleses se encargaban de mandarla luego a otros países. Se vendía en Noruega, Brasil, Estados Unidos, Alemania...», enumeran.

Aunque la variedad que se cultivaba y exportaba en casi toda la provincia era la misma, la 'Ohanes', todos los municipios presumían de tener la de mejor calidad. «Había competencia entre nosotros, y la verdad es que había diferencias porque en unos sitios era más temprana que en otros. La nuestra era muy fina», subrayan en Padules con orgullo.

La faena era un momento de trabajo para toda la familia. Y también la ocasión esperada por numerosas mujeres para ganar un pequeño salario, que podía rondar las veinte pesetas diarias en los años buenos.

Pero a pesar de las apariencias, no todo eran parabienes. La incertidumbre estaba siempre presente en los pensamientos de los parraleros. «¿Será buena la cosecha? ¿Vendrá alguna plaga? ¿Y si viene un temporal y acaban todas las uvas en el suelo? ¿Habrá compradores este año? ¿La pagarán bien?», se cuestionaban siempre que la dureza de la vida del campo alpujarreño se lo permitía. Porque, en lo que todos coinciden al unísono, es en que hubo una época en que se podía vivir de las parras, pero a costa de mucho sacrificio.

«La vida aquí nunca ha sido fácil. Lo hacíamos todo sin ningún tipo de maquinaria, sólo con la ayuda de las bestias, y cuando no había que levantarse de madrugada para ir a regar una finca había que ir a labrar otra», explican. «Además, aquí no se paraba nunca, porque antes de la uva se cogía la almendra, y después la aceituna. Además, también se criaban trigo, tomates y otras cosas para las casas, así que siempre había trabajo para toda la familia», prosiguen.

Toda esa producción conformaba lo que se ha denominado 'economía de subsistencia', el modelo de vida imperante en los pueblos de la Alpujarra almeriense, en donde el terreno ha estado, históricamente, muy parcelado y repartido entre prácticamente todos los vecinos.

«Aquí casi todo el mundo tenía sus fincas. Unos más y otros menos, pero era raro el que no tenía nada. Eso sí, los que tenían menos echaban jornales en las de otros. No se pagaba mucho -unos doce reales más la comida en los años 50 y entre quince y veinte pesetas en los 60 y 70-, pero era una ayuda para algunas familias», manifiestan.

La emigración

Tal vez fuera lo sacrificado de la vida del accidentado campo alpujarreño. O tal vez los altibajos experimentados por la comercialización de la uva. Pero lo cierto es que los pueblos de la comarca, y Padules también, han visto como, a lo largo del siglo pasado, su población se ha ido reduciendo paulatinamente. Los más de mil habitantes que recuerdan sus vecinos que residían allí en las primeras décadas del XX han dado paso a los poco más de quinientos que registra actualmente.

El descenso de la población ha sido paulatino. Y se han producido dos tipos de emigración, la de los que se fueron y se establecieron en otras tierras, y la de los que pasaron unos años fuera y volvieron al pueblo con dinero.

En los primeros años del siglo XX, fueron numerosos los paduleños que se marcharon en busca de fortuna. El destino entonces fueron 'las Américas', y la mayoría de los que cruzaron el océano lo hicieron con billete de vuelta. También parte de los que se fueron en los años 50 lo hicieron para regresar a sus orígenes. Pero, en este caso, les superaron en número los que decidieron establecerse en otros lugares.

«En esa época emigró mucha gente. La verdad es que aquí, si tenías fincas podías vivir bien, pero trabajando mucho. La vida era dura», reconocen los que se quedaron.

Gracias a ellos, se salvaron de la despoblación las localidades pequeñas. «Lo peor fue cuando, en los años 80, dejaron de venir los compradores. Había temporadas en las que se acababan vendiendo las uvas a precios de risa porque no las pagaban. Y al final, mucha gente dejó que se secaran los parrales. La gente empezó a vivir del paro, y a cultivar otras cosas, como habillas, tomates... Fueron tiempos duros», lamentan.

La vida ha cambiado. Y también lo ha hecho el paisaje, que poco se parece al que se podía contemplar hace unas décadas, cuando el manto verde de las parras lo cubría todo. Ahora, entre la abundancia de los parrales invadidos por la mala hierba, se vislumbran algunos bancales de olivos y de viñas de variedades de vino, que parecen erigirse en una nota de esperanza entre el abandono.

 

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