Almería reconvierte los invernaderos en urbanizaciones y golf

La Vanguardia/José Bejarano. 13-02-06

Podría ser el lema de una campaña de promoción turística: Andalucía, sol y quirófanos. O sol y salud. El fenómeno del veraneo, exclusivista primero, dio después paso al turismo de residencia, a la residencia a secas. Al disfrute del clima se une ahora la proximidad que facilitan los vuelos de bajo coste, el uso de los servicios sanitarios y la inversión inmobiliaria. Además de europeos, especialmente ingleses, los nuevos pobladores del levante almeriense son madrileños y cántabros. Los vascos prefieren la Costa del Sol y Cádiz. La novedad es la llegada masiva de irlandeses y el estancamiento de los alemanes por la recesión económica y de las pensiones. Forman colonias aisladas del entorno y sus habitantes apenas se relacionan entre sí, mucho menos con los lugareños. En los últimos años se observa la llegada de personas con menos recursos económicos, que tienden a establecerse tierra adentro, y un fenómeno de turismo sanitario.

Lo que ocurre se debe a la democratización del ladrillo, los vuelos baratos, la ampliación de horizontes en el seno de la UE y la irrupción del trabajo a distancia... La sociología de la costa andaluza cambia de este a oeste y de exterior a interior. Juan José Pérez, coordinador del Pulsímetro Inmobiliario que realiza en Málaga el Instituto de Práctica Empresarial, afirma que en el centro está Marbella, una ciudad en la que los ricos y famosos se han diluido en un mar de clase media. Por supuesto, quedan urbanizaciones tan exclusivas como La Zagaleta, en cuyas casas sus propietarios tienen salas de reuniones para sus empresas, habitaciones reservadas para directivos, permanecen en contacto on line con todo el mundo, organizan reuniones virtuales por videoconferencia y en pocas horas pueden presentarse en cualquier punto del planeta.

Por el oeste, el recipiente desbordado de la Costa del Sol vierte ya su contenido hacía el litoral granadino. En Andalucía quedan espacios relativamente vírgenes en Granada y Almería, los dos territorios que ambicionan los grandes promotores. El municipio granadino de Almuñécar, cuyo plan de urbanismo ha sido rechazado por la Junta de Andalucía por la desmesura de los proyectos, es una olla a presión. La Junta asegura que si se diera luz verde habría en poco tiempo un millón de viviendas nuevas en el litoral, pero sin equipamientos suficientes en carreteras, suministro de agua, saneamiento, colegios...

Puede que sea una anécdota, pero los conocedores de la realidad de la costa almeriense explican que en algunos pueblos el cabrero se ha convertido en promotor inmobiliario y el panadero en vendedor de apartamentos. En otras palabras, si hace unos años había en España unos pocos miles de especuladores inmobiliarios, ahora hay alrededor de cuarenta millones. Pocos son lo que no han soñado con tener su apartamento en la playa y, si es posible, ganarle unos millones a la vuelta de unos años. Eso, y que los grandes promotores han multiplicado su capacidad de negocio e influencia sobre los ayuntamientos para la recalificación de suelos.

El cabrero de Albox (Almería) que tenía una finca en medio del erial, lejos de la playa, ha aprendido inglés, lo mismo que el panadero. Donde sólo se criaban lagartos, en el valle del Almanzora entre Albox y Arboleas, viven ahora cinco mil ingleses en casas levantadas muchas veces de forma ilegal. Las ocupan ex funcionarios, ex trabajadores por cuenta ajena o ex autónomos con pensiones de tipo medio que acuden atraídos por el clima cálido, en medio de un paisaje sin atractivo, pero donde todo es más barato y disfrutan de un sistema de seguridad social gratuito y más eficiente que el de su país de origen.

La ocupación desaforada de la costa llega a Almería, como una mancha de aceite, desde el norte murciano. Hay proyectos para levantar un cuarto de millón de viviendas, lo que aumentaría la población hasta cerca de dos millones de personas. En el Atlántico, Huelva empieza a parecerse a Málaga. Cádiz mantiene un grado aceptable de urbanización entre Conil y Algeciras. Las costas de Cádiz y Huelva están bajo la influencia de Sevilla, aunque también los vascos, madrileños y extremeños se han instalado en sus playas. Una parte de Huelva se salva por el freno del parque de Doñana, prácticamente cercado por urbanizaciones. El caso de Cádiz se debe, en parte, a los embates del viento de levante, aunque algunos de los mayores promotores han empezado a adquirir terrenos. Otra parte de Almería resiste gracias al parque natural del Cabo de Gata, aunque sufre envites como el macrohotel El Algarrobico.La mayor efervescencia constructora se localiza ahora precisamente en el levante almeriense, desde el límite con Murcia hasta la zona de Vera, Mojácar, Carboneras y, hacia el interior, hasta Sorbas. Las organizaciones ecologistas han logrado parar el mastodóntico hotel Algarrobico, en el término municipal de Carboneras. Pero han caído las salinas de Terreros, el salar de los Canos, la rambla de Macenas, los acantilados de Aguadulce, el Charcón del Hornillo, la Cañada de las Norias y las Albuferas de Adra. Las tierras situadas en primera línea de playa que durante las últimas décadas han estado dedicadas a invernaderos empiezan un proceso imparable de reconversión en urbanizaciones y campos de golf. Es el caso de Balerma, pedanía de El Ejido, donde el ayuntamiento ha recalificado cientos de hectáreas. La principal transformación es que los inquilinos de antes son ahora propietarios. Miles de veraneantes que alquilaban apartamentos para veranear, los ofrecen ahora, pero son tantos que han provocado la caída del mercado. Los estudios estiman que el 80% de las viviendas de la costa permanecen cerradas la mayor parte del año. El 20% de residentes habituales son trabajadores de otras urbanizaciones o de hoteles de la zona.

 

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