|
IEA, 25 años: Luces y sombras IDEAL/OPINIÓN/JOSÉ DOMINGO LENTISCO PUCHE. 28-11-06 Ayer mismo se daba a conocer la voluminosa memoria-reflexión personal del veterano y perspicaz periodista Miguel Ángel Blanco sobre los 25 años del IEA. Obra de encargo donde se medita sobre la trayectoria institucional; aporta los testimonios de sus protagonistas (directores, presidentes, jefes de departamento y algunos miembros); reseña informalmente la práctica totalidad de las actividades y publicaciones producidas durante el cuarto de siglo y, sobre todo, nos refresca los entresijos de muchas de las decisiones internas. Más o menos ordenado (a veces, repetitivo o machacón) el paciente lector podrá, si lo desea y no desiste del empeño por la exhaustividad de la información, hallar los diversos puntos de vista de los eventos políticos o culturales más destacados del IEA, tarea que se hubiera facilitado extraordinariamente con adición del correspondiente índice onomástico o, incluso, temático, de que, desgraciadamente, carece la obra, así como de una corrección. En cualquier caso, estamos ante una obra mitad testimonio personal, mitad memoria-balance institucional, donde cuesta deslindar el límite entre ambos territorios, porque, al peculiar estilo literario, memoria y compromiso intelectual del autor, se añade un nuevo ingrediente: la valoración del ambiente cultural de la Almería de las últimas décadas del siglo XX y primer lustro del XXI. Consultando sus acertadas o discutibles opiniones y, sobre todo, las declaraciones de muchos de sus protagonistas, contemporáneas a los hechos o aportadas ahora con motivo de la obra, a uno, que es miembro del IEA desde hace la tira de años, ex-empleado de la institución (1992-1999), integrante del Departamento de Historia; que ha propuesto, informado y participado en numerosísimas actividades y publicaciones y que ha dedicado afanes, anhelos y demasiados (quizás) desvelos por la institución (por amistad, interés o voluntariado cultural), se le antoja que la crítica, abultada y desordenada, pero siempre valiente, aportación del sagaz y comprometido periodista, con ser eje vertebrador de futuros debates y fuente indispensable para estudios posteriores, ni es definitiva, ni profundiza en muchos casos, ni conoce la actividad interior del organismo. En este sentido resulta chocante que no haya ni una sola referencia a las decenas de trabajadores (unos más significados que otros) que han ejercido su labor en la institución. En el autor se entiende; en las declaraciones de directores y presidentes, decepciona, duele, agravia. Con todo, en esta bendita Almería, como casi todo es lo primero, 'La memoria cultural de Almería (1980-2005)' aporta una buena cosecha, refresca memorias dormidas, arroja luz sobre semioscuridades. Pero, insisto, hay mucho más. Hay que conocer las actas, los acuerdos, las memorias anuales (que casi nadie consulta o compara); la legislación (me pregunto qué tiene que ver el IEA hasta 1987 con el posterior); las dependencias físicas; el volumen, tirada o venta de sus publicaciones; los balances de las actividades; las demoras en los proyectos o publicaciones por la pesadísima maquinaria burocrática; la valoración de las actividades; las observaciones verbales o escritas de algún funcionario desvelado por el IEA; el peso de las decisiones diarias; las ruindades internas; el perfil de los que 'hablan' y, porqué no, el grado de amistad o distanciamiento de los protagonistas, etc. Asuntos, casi todos, que no parecen preocupar demasiado a los directivos y menos, obviamente, a los miembros. Para algún dirigente político era primordial mantener ocupada a la 'inteligencia almeriense' por 100 millones al año (aunque más del mitad del presupuesto vaya a gastos de personal y similares), sin que dé mucho 'por saco'; presidir mesas y ruedas de prensa, inaugurar o clausurar actividades, aparecer decentemente en los medios, etc; pero para qué plantearse peligrosas investigaciones sobre la rentabilidad o utilidad de lo que se produce. Quizás hubiera sido conveniente un esfuerzo mayor y más democrático en la reflexión sobre el 25 Aniversario; por ejemplo, fomentando el debate, dando a la luz testimonios personales y, especialmente, valorando seria y rigurosamente sus actividades. Miguel Ángel, con quien me unen más cuestiones que nos separan, se vuelca, y con éxito, en las declaraciones personales, en la información cotidiana de los medios, en los asuntos políticos, en los conflictos ante el relevo de cada Corporación... en los 'dimes y diretes'. Entiendo que es imprescindible para comprender la institución, pero también recalar, desde otros puntos de vista, en la propia gestión y resultados de libros, actividades, proyectos, becas, itinerarios, subvenciones, etc. Entre otras razones, porque nos ayudaría a enmendar el camino futuro y no caer, una y otra vez, en los mismos errores, como ha ocurrido a la entrada de cada un nuevo director-virrey. Parece que los problemas fundamentales del IEA han sido sólo los agravios personales, los proyectos frustrados, las intrigas palaciegas y, desde luego, los tres supuestos antagonismos sobre los que, casi siempre, gira el trucado debate: autonomía-intervención política; localismo-aperturismo; investigación-divulgación. Naturalmente todas las declaraciones de directivos se muestran aperturistas, autonomistas y cientifistas (faltaría más); eso sí, sin olvidar la sana divulgación, los intereses de la provincia (¿qué es eso?) y las líneas 'maestras' de investigación. Cuando leo esas declaraciones y las cotejo con su gestión se me caen los palos del sombrajo. Hasta dónde puede llegar el cinismo, el afán de aparentar una sólida formación o tener claros los objetivos de una institución cultural que camina a rebujo del día a día. Esas dicotomías son un falso debate que no se corresponden con la gestión de cada uno de ellos: se hace lo que se puede, lo que se propone en su seno o desde la calle, o, simplemente, lo que da la mata en cada coyuntura, sin disponer de una filosofía provincialista o universalista, en ausencia de una metodología rigurosa, empleando grandes energías en el proceso burocrático y, desde luego, sin atender a si somos más o menos aperturistas. Con datos en la mano se puede demostrar que es una falacia lo del aperturismo de la época de Maresca o el provincianismo de Azorín. Una ilusión, más que una realidad. Por cierto, porqué tanto miedo a las 'directrices políticas', acaso no estamos en el seno de una institución política. ¿Porqué tantos aspavientos con el 'localismo'; no manejamos un presupuesto provincial? Quienes tanto detestan 'el provincianismo' ¿han hecho algo más que estudiar los rincones o los habitantes de este cornijal peninsular? Más de uno se sonrojaría si analizara determinadas declaraciones de los directores o presidentes y tuviera a mano el balance de su gestión. No trato con ello de zaherir o culpar a los directores, presidentes o jefes de Departamento, ni meterlos todos en el mismo saco. ¿Dios me libre de tal atrevimiento! Los ha habido serios, rigurosos, trabajadores, educados, eficaces gestores, responsables, capaces, leales con la institución; pero también, aunque menos, cínicos, resabiados, rencorosos, revanchistas, ambiciosos, aprovechados, miserables, intrigantes, negligentes, desinteresados y hasta rematadamente gandules. El corto espacio de un artículo periodístico no permite profundizar en los temas básicos de 25 años de vida intelectual, pero, al menos sí quisiera apuntar al lector algunos temas para comerse el coco (si es que alguien lo desea): ¿porqué nunca han salido bien los grandes planes del IEA (atlas etnográfico o geográfico, historia de Almería, proyectos de investigación donde se han gastado estimables sumas de dinero a cambio de 10-20 miserables folios de memoria); ¿porqué el IEA es incapaz de afrontar los decisivos retos de investigación o divulgación, es acaso por su organigrama interior, por la falta de un presupuesto que prácticamente está congelado desde finales de los 90; por el desinterés de sus miembros?; ¿porqué no se han cumplido ninguno de los objetivos de los supuestos magníficos legados documentales (Gómez Arcos, Goytisolo, Navieros, Padre Tapia, Perceval), en qué situación se encuentran, los ha consultado alguien?; ¿cómo se ha podido llegar al actual marasmo y el caos editorial, cuando cada director entrante le ha parecido conveniente remodelar las colecciones?; ¿porqué hay muchos seminarios y jornadas fantasmas que no han cubierto las mínimas expectativas y seguían machaconamente celebrándose?; ¿alguien es capaz de hablar del gran fiasco que han sido los planes de reorganización de archivos de la provincia (no se llegó a ordenar ni uno solo de ellos); ¿porqué somos siempre las mismas 60-70-80 caras las que nos vemos en los plenos? (esto lleva camino de convertirse en una gerontocracia); ¿qué ha ganado realmente el IEA con su nueva sede?: Más espacio, sí; pero menos tiempo para los miembros y ciudadanos, más gasto (compensado con la rebaja de actividades o publicaciones) y, en general, alejamiento de la población; ¿en qué han quedado los grandes homenajes o premios de investigación?; ¿porqué los almacenes están repletos de publicaciones?; ¿es válido el sistema de edición?; ¿dónde están los frutos de la becas y proyectos de investigación?, cuando no se ha sido capaz de ponerlas disposición de los investigadores o interesados. Para qué seguir... Es cierto que el IEA ha posibilitado la realización de decenas de actividades, permitido la edición de numerosísimos originales, satisfecho las expectativas de muchos voluntarios culturales, aportado importante información para el conocimiento físico y humano de la provincia, abierto ventanas al exterior, celebrado un sinnúmero de actos, apoyado proyectos culturales municipales... Nadie puede negar las evidencias, pero, ¿cuánto tiempo llevamos jugando a la política cultural y obviando la complicada problemática interna del IEA?
|