Tortugas marinas: fósiles vivientes

Portal del Medioambiente. 15-12-03

Pedro Pozas Terrados

Hace más de 250 millones de años, unos reptiles, llamados Cotylosaurios, emprendieron un largo proceso evolutivo. Acumulando hueso en la piel unieron costillas, vértebras y placas óseas, formando un sólido caparazón en el cual estos animales podían retraer sus cuerpos para protegerse. Algunos adoptaron costumbres totalmente terrestres, al tiempo que otros abandonaron las marismas en las que vivían, hace 90 millones de años, para conquistar el mundo marino. Para ello, transformaron sus patas en aletas y sus caparazones se redujeron adoptando formas hidrodinámicas para facilitar su locomoción acuática, convirtiéndose en las tortugas marinas tal y como las conocemos hoy.

Han sobrevivido a numerosos peligros a lo largo de millones de años y han sabido adaptarse a sus cambios evolutivos de una forma sorprendente. A pesar de ello, una grave amenaza se cierne sobre las siete especies que pueblan los océanos y mares de nuestro planeta: el hombre. La contaminación de las aguas, los métodos empleados en la pesca comercial que ocasionan miles de capturas accidentales, la reducción de zonas libres de presencia humana para que puedan desovar en las playas , el tráfico existente basado en los productos extraídos de sus caparazones, los pretendidos refinamientos culinarios como es el caso de la famosa sopa de tortuga y la explotación a gran escala de los cuerpos y huevos aprovechando el desove de las hembras en tierra firme; hacen que haya sido necesario incluir a estas siete especies de tortugas marinas en la lista roja de animales en peligro de extinción y en consecuencia, protegidas por Leyes Nacionales e Internacionales.

Como animales terrestres que eran originariamente, poseen respiración pulmonar, lo que les obliga a subir cada cierto tiempo a la superficie para respirar. Su adaptación al mar no es total y necesitan acercarse a las playas arenosas del continente e islas cada época de reproducción. Sin embargo, sólo son las hembras las que con mucho esfuerzo pero con pasos decididos, abandonan las aguas para adentrarse a tierra y poner los huevos que entierran en la arena.

Hábitat

En el Mediterráneo se ha mencionado la presencia de cinco especies diferentes de tortugas marinas: tortuga boba (Caretta caretta), tortuga verde (Chelonia mydas), tortuga laúd (Dermochelys coriacea), tortuga carey (Eretmochelys imbricata) y tortuga golfina o bastarda (Lepidochelys kempii). Si bien la frecuencia con la que estas son encontradas difiere en gran medida de una especie a otra.

La tortuga boba es la más frecuente de todas ellas. Tiene playas de puesta en el Mediterráneo Oriental, en especial en Grecia y Turquía.

La tortuga verde es la segunda especie más común del Mediterráneo y también mantiene algunas playas de puesta en la cuenca oriental, especialmente en Turquia y Chipre. Al contrario de lo que ocurre con la tortuga boba, son escasos los datos sobre la presencia de esta especie en el Mediterráneo Occidental.

Las tres restantes especies no tienen playas de puestas en el Mediterráneo y su presencia en este mar se cree debida a la entrada de ejemplares del Atlántico, a través del Estrecho de Gibraltar o bien del Indico o Mar Rojo por el Canal de Suez. Si bien ninguna de estas tres especies es numerosa, prácticamente todos los años existe alguna mención sobre la presencia de la tortuga laúd. Los datos sobre tortugas carey y golfina son muy escasos, en especial de la última.

En las costas gallegas y al contrario del Mediterráneo, la tortuga laúd es la más avistada, seguida de la boba. No faltan citas aunque en menor medida de las tortugas verde, carey y golfina según los datos facilitados por la Coordinadora para el Estudio de Mamíferos Marinos de Molladoiro (Coruña).

En las Islas Canarias la más común es la boba sobre todo en verano, seguida de la verde que aparece también con cierta frecuencia en los meses más calurosos. La tortuga laúd se ha observado ocasionalmente y siempre tratándose de ejemplares solitarios de gran tamaño. La carey y golfina son raras en el archipiélago habiéndose dado el caso del avistamiento de dos ejemplares de cada especie en las islas más occidentales.

En líneas generales y en vista de los datos de que se disponen, se puede afirmar que las especies de tortugas marinas más frecuentes en España y las que se observan con mayor facilidad son la boba, la verde y la laúd.

Reproducción

Esta función de las tortugas marinas, es sin duda alguna el único episodio bien conocido de su ciclo biológico, ya que se desconoce muchas de sus actividades en alta mar.

Cada dos o tres años, cuando las hembras han alcanzado la madurez sexual que oscila entre 25 50 años, dejan sus áreas habituales para dirigirse a desovar en la playa cerca de donde nacieron.

Durante la noche y si no existe ninguna señal de peligro (ruidos, movimientos o luces artificiales, etc.), la tortuga empieza a remontar la playa en busca de un lugar de arena fina con la humedad y temperatura adecuadas para la incubación.

Su pesado corpachón dificulta su respiración y la movilidad en tierra. Si encuentran algún obstáculo en su avance que no puede esquivar (un tronco caído, una roca, una tumbona o incluso una barca), es capaz de inmovilizarse y, si no es liberada pronto, puede producirle incluso la muerte.

Encontrando el lugar adecuado para efectuar la puesta, la tortuga comienza a apartar la arena seca, primero con las patas delanteras para a continuación, por medio de movimientos excavatorios de las patas traseras, empezar a configurar un hueco en forma de bota de unos 35 70 cms. Este es un momento muy delicado, ya que encontrar un objeto entre la arena podría provocar el derrumbamiento de las paredes del nido. Cualquier molestia o sobresalto durante este proceso, podría obligar a la tortuga a retirarse al mar y a realizar el desove en el agua perdiendo así toda la puesta.

Una vez excavado el agujero en la arena, coloca sus patas posteriores sobre el borde de este y empieza a desovar unos 100 huevos esféricos del tamaño de una pelota de ping pong. El esfuerzo durante la puesta es enorme, por lo que queda sumida en una especie de trance. Al cubrir los huevos, la hembra apisona la arena para dar consistencia al nido y dejar aire suficiente para el buen desarrollo de la puesta. Finalmente regresa al mar, donde permanecerá unos 15 días antes de realizar una segunda puesta, generalmente en la misma playa. Todo este proceso lo realiza durante la noche y normalmente en unos quince minutos.

Una hembra puede desovar de 3 a 10 veces en una temporada reproductora. El sol se encarga de incubar los huevos a una temperatura que oscila los 28 y 29 grados centígrados. La temperatura determinará el sexo de las futuras tortugas. Mediante esta estrategia ecológica, logran mantener una proporción de sexos adecuada. Las sombras provocadas por la presencia humana (sombrillas, altos edificios a pie de playa o árboles plantados) pueden y de hecho lo hacen afectar a la proporción de ambos sexos, produciendo generalmente más machos. Al igual que la temperatura, la humedad y constitución del nido deben mantener niveles óptimos para el éxito de la incubación. Al cabo de unos 50 60 días, se produce la eclosión de los huevos y las nuevas tortuguitas, al salir de ellos siempre de noche, absorben los restos de la membrana vitelina. Ayudándose entre ellas, abandonan y emprenden su carrera hacia el mar. Se cree que es en este momento cuando adquieren el increíble sentido de orientación que les servirá para viajar por los océanos.

La mayoría de las tortugas no llegarán a sobrevivir. Durante su carrera al mar, e incluso al llegar al agua, gran cantidad de ellas perecen víctimas de sus depredadores (gaviotas y otras aves marinas, grandes cangrejos, perros vagabundos y otros mamíferos) que han esperado con ansiedad dicho momento. Otras, sin embargo, ni siquiera llegarán a salir del huevo. Sé calcula que sólo un 1% llega al estado adulto. Pero en el mar les esperan aún más peligros.

Navegación

Nadie ha podido todavía seguir el rastro de las tortuguitas adentradas en mar abierto. Su desaparición en una prolongada navegación y la reaparición cuando su caparazón mide ya más de medio metro, es un misterio de otros tantos que aún encierran los mares. Tampoco se conocen con exactitud de qué forma se orientan las adultas al navegar por prácticamente todos los mares y volver al mismo lugar para desovar.

Investigaciones de un grupo encabezado por John C. Avise de la Universidad de Georgia, ha demostrado que el ADN mitocondrial de las tortugas verdes de la isla Ascensión, difiere del que caracteriza a otras poblaciones de tortugas verdes. Este estudio genético supone una prueba más de que la especie navega, una y otra vez, de vuelta a sus playas natales para nidificar, sin mezclarse con otras poblaciones.

Existen muchas teorías en torno a la capacidad de estos reptiles marinos de recorrer miles de kilómetros para después llegar al mismo lugar mediante una orientación digna de envidia de cualquier marino. Se ha dicho en alguna ocasión que pudieran guiarse por las estrellas como lo hacían los polinesios en sus largas travesías por el Océano Pacífico. Sin embargo, David W. Ehrenfeld, de la Universidad de Rutgers, ha revelado la extrema miopía de las tortugas marinas adultas cuando sacan la cabeza del agua. Lo cual, de ser ciertas estas investigaciones, serian incapaces de discernir configuraciones estelares durante la noche.

Lo cierto es que son grandes e incansables nadadoras, dotadas de una brújula natural que les guía en medio de los inmensos océanos a su lugar de destino, lo que ha contribuido a su éxito evolutivo, permitiéndolas explotar áreas de alimentación muy alejadas de las zonas de nidificación.

TORTUGA BOBA (Caretta caretta)

Su área de distribución se extiende por el norte y sur de los trópicos, habiendo sido observada en las costas del Reino Unido, Bélgica y Holanda. En el Mediterráneo y Canarias, su presencia es habitual sobre todo en los meses de verano. En la actualidad existe una controversia científica sobre esta especie, ya que algunos científicos afirman existir diferencias genéticas suficientes como para estableces diferentes subespecies. Una sería la Caretta caretta caretta que habitaría en el Mediterráneo, Mar Negro y Océano Atlántico, mientras que la Carettas caretta gigas (que se diferencia por dos garras que tiene en las patas anteriores) se encontraría distribuida en el Pacífico y el Indico.

Un adulto de tortuga boba alcanza normalmente un peso de 200 Kg. y los extremos de su caparazón, medidos perpendicularmente, alcanzan entre los 120 130 cm. Su coloración en el dorso es marrón rojiza, mientras que la parte ventral presenta un tono entre el crema y el amarillo. Esta estrategia de dorso oscuro y parte ventral clara es muy común en las especies marinas, de manera que se confunden con el fondo cuando son observadas desde arriba y encuentran un mimetismo más adecuado por abajo al simular la claridad de la superficie.

Es carnívora. Se alimenta principalmente de moluscos y crustáceos, pero devoran también gambas, medusas, erizos de mar, esponjas, calamares, estrellas de mar y peces. Tiene muy desarrollado el sentido del olfato, que utiliza para localizar la comida. Un área de alimento preferente puede ser determinante a la hora de escoger una playa de puesta. Ponen huevos en número de hasta 150 (12 por minuto) de unos 40 mm. de diámetro. Las crías, al romper el cascarón miden unos 5 cm. y son de color marrón oscuro a negro.

Se considera la especie más amenazada en cuanto a las capturas accidentales por los barcos palangreros. Según datos aportados por "El libro rojo de los vertebrados de España" editado por el ICONA, se estima que entre 17.000 y 20.000 ejemplares son capturados anualmente.

TORTUGA VERDE (Chelonia mydas)

La subespecie Chelonia mydas mydas, habita en el Mediterráneo y el Atlántico, mientras que la Chelonia mydas japonica se encuentra principalmente en los Océanos Indico y Pacífico.

Los jóvenes alcanzan una gran dispersión siguiendo las corrientes en el océano abierto. Necesitan alimentarse cerca de las costas, ya que al ser herbívora se alimenta normalmente de vegetación submarina, teniendo predilección por la planta acuática Zortera.

Pueden alcanzar una longitud de más de 100 cm., pesando unos 250 Kilogramos. Se han encontrado ejemplares de hasta 140 cm. de 450 Kg. Duermen en el agua, pero la más ligera perturbación las hace bucear hacía las profundidades, en donde pueden permanecer una hora habiendo respirado sólo una vez.

La hembra pone de 75 200 huevos de 40 mm. de diámetro, en 2 5 puestas a lo largo del año. Tienen un colorido marronáceo oscuro con manchas amarillas y jaspeadas. El lado inferior es amarillo o blancuzco. Las placas del espaldar son contiguas y no se superponen. La cabeza es tan grande que no puede meterla en la concha. Las patas anteriores son del tipo aleta, como las otras tortugas marinas, y en cada una de ellas tiene una sola garra. La cabeza y las patas de las jóvenes son desproporcionadamente grandes en relación con su cuerpo.

Apreciada por su carne, esta especie ha sido perseguida durante siglos para la elaboración de la conocida "sopa de tortuga".

TORTUGA LAÚD (Dermochelys coriacea)

Esta tortuga es la mayor de todas las marinas. Miden entre 190 200 cm. pesando unos 500 Kg. aunque se han encontrado ejemplares mayores. En 1931 en Vancouver (Canadá) se apresó una que pesaba 652 Kg. y en el Pacífico otra que media 230 cm. pesando 700 Kg.

Se distribuye por todo el mundo, pero es más común en los mares tropicales. Ampliamente distribuida por el Atlántico y Mediterráneo. En Canarias existen datos confirmados sobre una puesta en la costa sur de Fuerteventura en 1991. Existen sospechas de que la especie podría criar de forma regular, pero en número muy escaso, en las islas orientales de Canarias.

Vive principalmente de medusas, peces, crustáceos y determinados moluscos. Buena nadadora en mar abierto, se acerca a la costa estacionalmente. Los huevos tienen unos 53 mm. de diámetro y pone de 90 150 unidades.

La tortuga laúd es anatómicamente muy distinta de los otros quelonios vivos. Sus vértebras y costillas no se funden con el espaldar. Este último se compone de placas óseas poligonales y, como la cabeza y las patas, está cubierta por una piel gruesa.

Uno de los rasgos más notables, a parte de su caparazón, son los bordes córneos de su mandíbula superior, que tiene a cada lado tres muescas con un diente en medio.

Los plásticos flotantes son una seria amenaza para la vida de estas tortugas ya que son confundidos con medusas y al ingerirlos les producen la muerte. Este grave problema afecta al resto de las especies de tortugas marinas y a los cetáceos en general.

TORTUGA CAREY (Eretmochelys imbricata)

El caparazón suele medir unos 90 cm. de longitud. Es típico, especialmente en los ejemplares jóvenes, que las planchas del espaldar se superpongan como las tejas de un tejado. Como todas las tortugas marinas, las patas anteriores más fuertes, se utilizan para nadar y las posteriores para seguir el rumbo

Esta especie pelágica migradora, también se comporta como sedentaria viviendo en arrecifes de coral y fondos rocosos someros. Habita en todos los mares templados del mundo.

La subespecie llamada Eretmochelys imbricata imbricata, vive en el Atlántico, mientras que la Eretmochelys imbricata bissa se extiende por el Pacífico y el Indico.

Se alimenta principalmente de carne, sobre todo moluscos y crustáceos, aunque no le importa comer pescado muerto y algas. Cada hembra pone entre 150 y 200 huevos, parecidos en el tamaño y con aspecto de pelotas de ping pong. Las planchas de su espaldar se han utilizado para hacer diversos artículos. Al calentarse, el carey se vuelve flexible y es fácil de cortar y pulimentar. Es una de las especies más amenazadas, ya que la belleza de su caparazón (motas de color ámbar claro sobre un fondo oscuro) la convierten en un material muy apreciado, tanto para complementos de joyería como para la manufactura de peines, molduras de gafas, etc.

TORTUGA GOLGINA O BASTARDA (Lepidochelys Kempi)

El caparazón mide entre 70 y 80 cm. Es propia del Mar Caribe y en aguas tropicales y subtropicales del Golfo de México. Se la ha visto en el Atlántico ocasionalmente.

Se alimenta parcialmente de vegetales, en especial algas marinas, pero también come cangrejos o camarones. La hembra pone hasta 100 huevos.

En 1966 se puso en marcha un plan destinado a proteger a estas tortugas marinas. Con el nombre de "Operación Padre", se recogió huevos de tortugas a lo largo de la costa mejicana, en donde su seguridad se veía amenazada, tanto por los hombres como por los coyotes, que devoraban los huevos y las tortuguitas recién empolladas. De esta forma se salvó a un gran número de crías, llevando los huevos a las costas seguras de la deshabitada isla de Padre. Por ello, las tortugas que rompieron el cascarón en esa isla, regresan allí a poner sus huevos.

No está incluida en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas como se encuentran las anteriores tortugas marinas, por lo que se hace necesario su catalogación como tal.

Amenazas

Aunque la pesca de las tortugas marinas está totalmente prohibida, existe un grave problema a causa del gran número de capturas accidentales que se realizan. Un caso similar se daba en la zona del Pacífico, donde las tortugas eran víctimas de los artes de arrastre utilizados para la pesca de gambas. Este problema en parte ha sido solucionado con la introducción del TED, un mecanismo que permite la salida de tortugas de la red sin afectar a la pesca de los crustáceos. En el Mediterráneo miles de tortugas son víctimas de los anzuelos de los palangres dedicados a la pesca de marrajos y el pez espada, entre las que cabe destacar la tortuga boba. El aumento en la longitud de los palangres y la reducción en el tamaño de los anzuelos, además de causar la sobrepesca de los peces espada incrementa, sin duda, el número de tortugas marinas capturadas. Estas tortugas son generalmente liberadas por los pescadores que, incapaces de extraer el anzuelo, cortan el sedal que las sujeta. Algunas consiguen expulsar el metal, pero de no hacerlo, puede acabar con su vida en espacios de tiempo de dos horas hasta varios meses (por hemorragia interna u obstrucción intestinal).

Las toneladas de residuos de plástico arrojados al mar diariamente, amenazan a las tortugas y a los mamíferos marinos en general al confundirlos con comida. Además, estos residuos sólidos que se depositan en grandes cantidades en las playas se mezclan con la arena, provocando grandes interferencias en el proceso de puesta o incluso su abandono.

Igualmente se han detectado grandes concentraciones de PCBs en las poblaciones de tortugas y son cada vez más numerosos los varamientos en las playas de nuestras costas por contaminación de productos tóxicos. En 1993 se produjo una masiva mortandad (más de 100) de tortugas laud y boba encontradas muertas en la isla de Lobos y Lanzarote, junto a ellas aparecieron muertos varios delfines.

El petróleo que se acumula en las algas, también causa graves estragos entre sus poblaciones sobre todo en las juveniles.

En Grecia la tortuga boba parece estar muy amenazada sobre todo en la Isla Jónica de Zante por los dueños de los restaurantes.

Espero que haya podido acercar al lector, a las tortugas marinas, a esas que las vemos en los dibujos animados nadando junto al padre de Nemo en busca de su hijo, en esos barcos pesqueros que son pescadas involuntariamente al haber tragado el señuelo de un anzuelo o en esas playas varadas o muertas donde llegan tras haber muerto por asfixia (al comer algún plástico creyendo que es comida o por otras diversas causas).

El mundo marino es una joya a proteger y en este caso, hemos conocido más de cerca a las tortugas marinas, verdaderos reptiles míticos del pasado, verdaderos fósiles vivientes del presente.