Luces y sombras de la energía de fusión nuclear

Portal del Medioambiente. 29-11-03

Iñigo Herraiz
Agencia de Información Solidaria (AIS)

Son múltiples las energías alternativas al uso de combustibles fósiles que ya han demostrado su viabilidad. Sin embargo, los países mas avanzados han decidido concentrar sus esfuerzos, a través del proyecto ITER, en la investigación y desarrollo de la energía de fusión nuclear como solución al problema energético que se avecina. Pese al entusiasmo que despierta, los grupos ecologistas advierten que no es tan limpia, ni tan segura como se proclama, y reivindican que el tiempo y el dinero a invertir en esa aventura sin garantías de éxito, se dediquen a tecnologías basadas en fuentes renovables.

Se buscan soluciones al colapso energético que se avecina. El catálogo de fuentes de energía alternativas al uso de combustibles fósiles es muy amplio: eólica, solar, biomasa,... Y, sin embargo, los países mas avanzados han decidido concentrar sus esfuerzos, a través del proyecto ITER (International Termonuclear Experimental Reactor), en la investigación y desarrollo de la energía de fusión nuclear, que promete ser limpia, segura e inagotable. Un extremo que cuestionan sus detractores, que además reivindican que el tiempo y el dinero a invertir en esa aventura sin garantías de éxito, se dedique a tecnologías basadas en fuentes renovables que ya han demostrado su viabilidad.

La fusión nuclear no es más que la síntesis de dos átomos ligeros para formar uno más pesado, en un proceso en el que se libera energía. A esto que, sobre el papel, parece muy sencillo le llevan dando vueltas los científicos durante casi medio siglo, sin haber obtenido grandes resultados. La dificultad estriba en conseguir unir los núcleos de los átomos que, cargados positivamente, al acercarse, se repelen con más fuerza. Una forma de lograrlo es alcanzando temperaturas de millones de grados.

Este el desafío al que se enfrenta el ITER, el proyecto científico más ambicioso después de la Estación Espacial Internacional, en el que se han volcado la Unión Europea, Rusia, Japón, Canadá, China y Estados Unidos. Sin que se conozca todavía su emplazamiento definitivo, los planes prevén la construcción del reactor en el plazo de 10 años y, sólo después de 20 años de funcionamiento (2035), se plantearía la posibilidad de construir un prototipo de demostración de reactor de fusión termonuclear (DEMO). Así pues, no sabremos si tanto esfuerzo habrá merecido la pena hasta la segunda mitad del presente siglo.

Un proyecto tan a largo plazo y tan costoso (se calculan unos 13 mil millones de euros) plantea múltiples interrogantes y levanta muchas suspicacias. Pese a todo, sus valedores encuentran justificada una empresa de estas dimensiones, en la medida en que puede ser muy útil para cubrir el esperado aumento de la demanda energética a escala mundial.

Subrayan asimismo con enorme entusiasmo las presuntas bondades de la energía de fusión, frente a la mala prensa de su hermana mayor, la fisión nuclear. Si el desarrollo de esta última dependía de un elemento escaso y altamente radiactivo como el Uranio, la fusión más fácil se lleva a cabo con dos isótopos del Hidrógeno (Deuterio y Tritio), combustibles primarios baratos, abundantes, no radiactivos en su mayoría, y repartidos geográficamente de manera uniforme (los científicos sostienen que lagos y océanos contienen hidrógeno pesado suficiente para millones de años, lo que la convertiría en una fuente de energía prácticamente inagotable).

Otro argumento recurrente en su defensa es el de la seguridad. La sombra del desastre de Chernobil planea sobre todo lo que huele a nuclear, pero el sistema del reactor termonuclear es, a decir de algunos expertos, “intrínsicamente seguro”, dado que sólo contiene combustible para los diez segundos siguientes a la operación. En medio de una creciente preocupación por el cambio climático, los paladines de esta nueva fuente de energía también se escudan en el hecho de que no emita gases de efecto invernadero.

Pero ninguna de estas razones convence a los grupos ecologistas y a determinados colectivos científicos, que consideran una pérdida de tiempo y de dinero la apuesta por la energía de fusión. Greenpeace, Ecologistas en Acción, WISE, y el Grup de Cientifics y Tècnics per un Futur No Nuclear, defienden en el informe "El ITER, un agujero negro en la economía energética" que no es necesario esperar hasta mediados de siglo para garantizar el suministro de energía. De un lado, apuntan la opción de aprovechar las enormes posibilidades de reducir el consumo energético mediante medidas de ahorro y eficiencia energética; de otro, la de volcarse en el uso “del amplio abanico de tecnologías basadas en fuentes renovables, limpias y con resultados reales”.

En este sentido, presentan, a modo de ejemplo, algunas de las cosas que se podrían hacer con los 13 mil millones del ITER. En apoyo al desarrollo tecnológico de África se podrían instalar 25.000 MW para el año 2020; se podría conseguir un ahorro de 400 euros anuales sobre un edificio con sistemas más eficientes (en 20 años el ahorro acumulado sería superior a 24 mil millones, casi el doble de lo invertido en el ITER); se podrían proporcionar cocinas solares a 90 millones de hogares y electricidad con paneles solares a más de 40 millones de hogares en países en desarrollo, etc.

Pero es que además los responsables del citado informe ponen en tela de juicio que se trate de una energía ni tan segura, ni tan limpia como se proclama, y recuerdan que la fusión Deuterio-Tritio “tiene que hacer frente a tres problemas ambientales que no se pueden minimizar: la manipulación de cantidades respetables de Tritio (material radiactivo), la radiactividad inducida en la estructura del reactor y los residuos radiactivos generados. Puestos a discrepar, también matizan la propaganda de “energía ilimitada” que se asocia a la fusión nuclear. El Litio es la base fundamental de la reacción, y este elemento se encuentra en proporciones parecidas a la del Uranio en la superficie de la tierra.

Hoy por hoy resulta imposible determinar las probabilidades de éxito que alberga un proyecto de estas características. En cualquier caso, parece más que justificado poner en cuarentena algunos de los mitos que rodean al ITER. No se puede aceptar como válida la excusa del cambio climático, cuando se trata de una cuestión que hay que atajar urgentemente y ante la que no se pueden esperar cincuenta años. Y tampoco se pueden despreciar los riesgos de seguridad y su posible contribución a la proliferación nuclear. Cuando, como señala el informe, “existen tecnologías limpias y renovables y un alto potencial de ahorro y eficiencia energética para hacer frente al cambio climático y combatir la pobreza”, es razonable rechazar una tecnología centralizada e intensiva en capital, con escasa capacidad para generar empleo, y que aumenta la brecha tecnológica con el Tercer Mundo. Más allá del interés científico del proyecto, el ITER parece una decisión política encaminada a garantizar los intereses de los señores del petróleo durante unas cuantas décadas más.