La “chatarra humana de Occidente”
En Chichigalpa, Giorgio Trucchi
© Rel-Uita
7 de febrero de 2006
Fotografías del autor
El drama y la lucha de los cañeros
Testimonios de ex trabajadores y viudas
El
tiempo, como concepción y ritmo de vida, tiene una forma muy
particular en Nicaragua. Es frecuente oir hablar de la “hora nica”
que institucionaliza todo atrasao. Llego a Chichigalpa, en el
Occidente del país, para reunirme con los ex trabajadores de la caña
de azúcar que están sufriendo los efectos de los agrotóxicos
utilizados por toneladas en los cañaverales de la zona. En los
últimos cinco años se han contabilizado 1383 muertos por
Insuficiencia Renal Crónica (IRC) y son miles los ex trabajadores
que están graves y desempleados. Nadie les ofrece trabajo y tienen
que arreglársela para poder sobrevivir.
Al
llegar, me encuentro con un grupo importante, impaciente, con ganas
de hablar, estrechar manos, mirar fijo a los ojos, dar palmaditas en
los hombros. Tienen ya media hora de estar esperándome, a pesar de
haber llegado puntual me doy cuenta que esta vez la “hora nica”
falló, porque el deseo y la urgente necesidad de hablar, contar sus
dolorosas historias y hacerme partícipe de su lucha, cuenta más que
los rituales y la idiosincrasia de un pueblo. Más tarde, Pedro Rivas
Varela, uno de los afectados, me dirá “para nosotros es importante
que el mundo sepa y conozca lo que está pasando en este lugar,
y necesitamos que internacionalmente se respalde nuestra lucha".
Chichigalpa es un pueblo chiquito, pero bien conocido en toda
Nicaragua porque su nombre está vinculado a la producción de azúcar
y ron. Aquí, en 1898, el empresario
Alfredo Francisco Pellas
fundó el Ingenio San Antonio, uno de lo más grande ingenios
azucareros de Centroamérica y las empresas Nicaragua Sugar State y
Compañía Licorera de Nicaragua S.A., dando origen a la tradición de
una de las familias más poderosas de la región.
Decenas de miles de trabajadores han dado los mejores años de sus
vidas “matándose” en los inmensos cañaverales que forman el Ingenio
San Antonio y sus alrededores (aproximadamente 55 mil manzanas),
muchos de ellos salieron gravemente afectados de IRC y fueron
despedidos, quedando al desamparo, otros murieron sin haber podido
conseguir una pensión que, ahora, sus viudas estan reclamando.
Nos
reunimos en la casa de Carmen Ríos, viuda y Presidenta de la
Asociación Nicaragüense de Afectados por IRC “Domingo Téllez”, una
de las organizaciones de cañeros que se han formado en estos últimos
años.
La
gente llega, se asoma, mira adentro de la casa y lentamente entra
buscando un espacio donde sentarse, lista para hablar, contar su
vida. Historias que van más allá del drama, porque también son una
expresión de la lucha y la resistencia.
Rufino
Benito Somarriba
tiene 53 años y trabajó en el Ingenio San Antonio desde 1975 hasta
1984. Está sentado frente a mí, casi recostado en su silla,
mirándome y hablando en voz baja.
“Trabajé como temporal regando herbicida por varios años y nunca me
contrataron como permanente. Llevaba la bomba de riego en mi
espalda. El veneno se derramaba y me mojaba todo el cuerpo.
Trabajaba de 9 de la mañana hasta las 3-4 de la tarde seguido. Me
tocaba recorrer grandes distancias en el ingenio, había que cruzar
ríos y charcos, yo no sabía que estaban contaminados.
Se
sudaba muchísimo y el agua se terminaba rápido, así que me tocaba
tomar agua del río o de la que se utilizaba para riego.
Nunca pensé que esa agua estuviera contaminada o que el líquido que
me mojaba el cuerpo me iba a dejar en el estado en que estoy ahora.
Tal vez fue por el atraso cultural en que vivimos, pero ellos se
aprovecharon y no nos dijeron nada. Nunca nos dieron equipo para
protegernos, sólo una mascarilla que no servía para nada.
Trabajé también en 'riego de pala' o sea tenía que entrar en los
lagos artificiales, donde convergen las aguas negras, altamente
contaminadas, que salen del proceso industrial del azúcar y
desatascar las presas para regar los campos. Un trabajo sucio y
duro, porque el agua hedía, me empapaba todo y me agarraba una
grande picazón en todo el cuerpo. Nosotros le llamamos la
'mierdosa'. Una vez me salí y me dí cuenta que estaba sangrando del
pene.
En
2002 supe que estaba enfermo. La presión se me disparó y me dolía
todo el cuerpo, pero sobre todo la nuca. Ya había dejado de trabajar
en el ingenio y me habían trasladado en la licorera.
Me
hicieron los exámenes y salí 'pegado', con 5.2 de creatinina.
Actualmente tengo 16, pero hubo momentos que llegué a tener 24”.
La
creatinina es un valor que determina la funcionalidad de los riñones
y el valor normal no llega a 1. Cuentan los afectados que después de
que se descubrieron muchos casos de IRC, el Ingenio San Antonio
decidió sacar a más de 5 mil personas que trabajaban y vivían en los
terrenos del ingenio o en sus alrededores, obligando a los
trabajadores a hacerse análisis en la clínica del mismo ingenio. Si
una persona salía con una creatinina de 1.2 para arriba, de
inmediato se le despedía o se le negaba el trabajo temporal,
aconsejándoles recurrir al Instituto de Seguridad Social (INSS) para
comenzar los trámites para la pensión.
A
veces a lo que no se “enganchaban”, los hacían trabajar por contrato
sin ningún tipo de derecho a prestaciones. Como no podían recurrir
contra la empresa, se los podía explotar otro poquito…
Pedro
Joaquín Rivas Varela
se
involucra en la discusión y habla de su situación. “Tengo 42 años y
entré a trabajar en el Ingenio con 0.4 de creatinina y hoy tengo
2.3.
Me
acuerdo que el trabajo era muy duro. Comenzaba a las 6 de la mañana
y terminaba después de haber cortado por lo menos 2 hectáreas de
caña. Trabajábamos descalzos y no teníamos ni siquiera tiempo para
comer. Uno andaba con su pichinga colgada y comía sin parar
de trabajar, sino no te daba tiempo de terminar el trabajo.
No
nos podíamos organizar sindicalmente o protestar, porque éramos
trabajadores temporales y te sacaban de inmediato.
A
las 10 de la mañana llegaba la pipa del agua y de allí nosotros
agarrábamos para beber. Agua del mismo ingenio. Todas estas
enfermedades están relacionadas con el agua del ingenio, contaminada
por la gran cantidad de pesticidas que se utilizaron.
Las
avionetas pasaban entre seis y siete de la mañana, porque había poco
viento y el sereno de la noche humedecía la tierra y
facilitaba la penetración del pesticida.
Todo
eso pasaba mientras nosotros estábamos trabajando y tiraban el
veneno sin importarles que nosotros estuviéramos allí. También las
casas de la gente que vivía cerca de los cañaverales salían
afectadas.
Hoy
siguen tirando un veneno que llamamos “madurador” y que sirve para
que la caña acelere el proceso de maduración. Lo tiran varias veces
antes de la zafra y es bien dañino.
A
veces los trabajadores se desmayaban y los llevaban al hospital para
darles suero, pero después regresaban al campo para seguir
trabajando. En 1998, cuando la empresa supo que aproximadamente 3
mil personas estaban afectadas, sacó a las familias que vivían en el
ingenio o cerca de él y comenzó a practicar exámenes clínicos a
todos los que se presentaban para participar en la zafra.
En
el año 2000 la misma empresa aceptó que el agua estaba contaminada.
Lo que más nos preocupa es que el Ministerio de Salud sabía
perfectamente de la situación y en Nicaragua existe la Ley 274 que
reglamenta el uso de herbicidas, pesticidas y agrotóxicos
sintéticos, pero no la aplicó. No hizo nada.
Hasta el mismo Gobierno dijo que somos 'chatarras humanas', pero
esto es el resultado de años de explotación y contaminación, donde
nadie dijo nada.
Los
resultados son dramáticos. Según nuestros cálculos han muerto 1383
compañeros y en los últimos años hay un promedio de 46 muertos
mensuales. Justo la semana pasada enterramos a ocho.
Estamos luchando para que se nos dé una pensión vitalicia por riesgo
laboral y para que se reforme la Ley 456 en su artículo 1, donde se
reconozca la Insuficiencia Renal Crónica como enfermedad profesional
para todos los trabajadores de la agroindustria azucarera.
Pero
no termina allí, porque queremos que los dueños del Ingenio San
Antonio nos indemnicen por los daños que nos han causado y por los
muertos”.
La
gente sigue hablando y los casos son muy similares.
Bismark Velásquez
explica que la IRC es una enfermedad que te quita la energía y que
seguir trabajando empeora la situación. Tiene un hermano y su padre
muertos y él está afectado con “piedras” en los riñones y con 1.6 de
creatinina después de 15 años de trabajo. Ahora está desempleado y
no sabe cómo resolver las necesidades de su hogar.
Gonzalo López
trabajó 35 años como técnico informático en el Ingenio San Antonio.
Nunca tuvo contacto con el corte de la caña o el riego de herbicida,
pero sí con el agua que tomaba a diario en su oficina. Ahora tiene
dos años de haberse jubilado. La empresa lo sacó cuando se dio
cuenta de la enfermedad.
Comenzó con una creatinina de 2.3 y en pocos años se le subió a 7.
Casi no camina y ha gastado toda su liquidación para curarse, ya que
el Seguro no pasa nada y una sóla inyección vale 68 dólares. “A la
empresa no le interesa el trabajador -dice- no me ayudaron y sólo me
dijeron que me fuera”.
Para
José Luis Suárez, quien nos atiende en el patio de su casa,
tendido en una cama, la situación es aún más dramática.
“Tengo 59 años y trabajé 38 años en el ingenio haciendo de todo. Los
dueños de la empresa han traído la muerte a ese lugar y a sus
habitantes. Desde hace tres meses estoy en esta cama y no puedo
levantarme. Tengo 14 de creatinina y me siento como uno de los
héroes y mártires que han aguantado hasta el final esta enfermedad.
Cuando en 1999 me presenté para trabajar en la zafra, me sacaron
sangre y resulté enfermo de IRC. Entonces me rechazaron y me tiraron
a la calle a morir. Me dieron una pensión de 1.500 córdobas
mensuales (85 dólares) que no me alcanza ni para una semana.
La
vida es sagrada y vale mucho y nosotros que fuimos trabajadores,
necesitamos que se denuncie todo esto a nivel mundial, porque fue
criminal tirar todos estos pesticidas y contaminar el agua de esta
manera.
Aquí
no fueron sólo los trabajadores los afectados, sino todo el pueblo,
pero como esos señores son ricos y poderosos, gozan del apoyo del
Gobierno y de los políticos, y también los medios de comunicación
los cubren. En el ingenio hay siete ríos que la empresa utiliza para
el proceso industrial del azúcar y están totalmente contaminados”.
Con
José Luis fuimos a un cañaveral para ver de cerca las pozas de
desechos del proceso industrial. Nos paramos en la entrada del
ingenio. Quería tomar una foto al rótulo que delimita la propiedad,
pero un guardia de seguridad me lo prohibió. “No se puede. Tenés que
pedir permiso a la administración”, me dijo y de nada sirvió
explicarle que estaba en suelo público. El arma que andaba fue una
razón suficiente para no seguir discutiendo.
Llegamos al Centro de Salud donde el INSS y el Ingenio San Antonio
financiaron un pequeño cuarto para atender a la gente enferma de
IRC. Entramos para hablar con la doctora y saber un poco de la
atención que dan a los enfermos.
La
sala estaba repleta de gente y la consulta comenzaba a las 12.30.
Un minuto después de la hora señalada tocamos a la puerta una, dos,
tres veces y al final oímos la voz hostíl de la doctora gritando
“¡Estoy comiendo!” “Vaya atención”, me dije. Más tarde los cañeros
me informaron que de todas maneras ese lugar no sirve para nada,
porque sólo te preguntan cómo sigue la enfermedad y te dan
acetominofen. Los medicamentos específicos para la enfermedad nunca
están y la palabra que más se escucha en este lugar es “¡no hay!”
La isla de las mujeres solas
Finalicé esta entrevista con una persona que completa el cuadro
dramático que se vive en Chichigalpa. En el recorrido que hicimos
por los cañaverales me indicaron un lugar que le llaman “La isla
de las mujeres solas”. Aquí no hay hombres, todos murieron de
IRC.
El
fenómeno de las viudas es tan dramático como el de los afectados.
Piden que se les dé una pensión, como prevé la Ley del Seguro
Social, pero cada vez hay una excusa o un falso elemento legal para
no otorgarles nada.
Carmen
Ríos
es la presidenta de la Asociación “Domingo Téllez”. Risa contagiosa
y ojos que se le salen cuando se enoja al recordar el drama que
viven las viudas.
“La
situación es bien difícil para todas las viudas. El INSS utiliza
muchas estrategias para no dar las pensiones. A veces dicen que sus
maridos murieron antes de la aprobación de la Ley 456 (que ordena la
materia jurídica), pero cuando cumplen el requisito tampoco se la
dan.
Hay
232 viudas sin pensión y la lucha de nuestra Asociación es lograr
esaas pensiónes. Además de reformar la Ley 456, para que se
reconozca la IRC como enfermedad profesional para todos los sectores
de la agroindustria azucarera y no sólo para los que trabajaban en
el campo.
Tenemos pruebas de actos de fraude y corrupción en el INSS y los
estamos denunciando. Hay que dejar en claro una cosa, la enfermedad
que sufren y se han muerto miles de personas no es por el exceso de
trabajo, sino por el agua contaminada por los pesticidas y estamos
luchando para que se realicen análisis serios del agua.
La
riqueza de los empresarios viene a costa de la sangre de los
obreros. Levantamos nuestro grito de dolor para que el mundo nos
escuche, para que mire hacia ese lugar donde la gente muere cada
día. La muerte se ha vuelto algo normal y nos estamos acostumbrando
a despertar y esperar la noticia de un nuevo fallecido. Se mueren
muchachos de 18 y 20 años y hasta niños de 10 años. Mi marido se
murió a los 46 años después de trabajar 24 en el ingenio. Se murió
soñando con una pensión que nunca vio.
Ahora dicen que no tengo derecho a recibirla porque no cotizó las
750 semanas como prevé la ley, pero eso no tiene nada que ver porque
él tiene derecho a una pensión por riesgo laboral,
independientemente de las semanas que trabajó. Pero lo peor es que
me di cuenta que desde hace varios años esta pensión existe y que
alguien la está cobrando. ¡Así es la corrupción aquí!
Hay
cientos de viudas solas, de niños y niñas sin protección y miles de
hombres enfermos y sin trabajo, quienes deambulan por las calles.
Estamos dispuestos a luchar. Si nuestros padres y abuelos no
pudieron llevar adelante una lucha, que no crea el gobierno, el
Seguro Social y los empresarios que por ser campesinos no tenemos la
capacidad de luchar. Hay gente preparada entre nosotros y llevaremos
esta lucha hasta el final.
Tengo 50 años y soy mujer, viuda y lucho por mis derechos, los de
mis hijas y los de mi marido ya fallecido, y esto a pesar de ser la
'chatarra humana de Occidente'”.