
El derecho a la opinión
divergente
27-08-03
Desde los primitivos
sistemas tribales, hasta la “era tecnológica” en la que actualmente vivimos,
la relación entre en el ser humano y su entorno más inmediato ha estado
encorsetada al arbitrio de diferentes esquemas sociales, más o menos
“complejos”, cuyo objetivo primordial siempre ha sido el de encauzar las
sinergias colectivas hacia comportamientos “aceptables”, para el “bien
común” del grupo en cuestión. Sin embargo, a lo largo de nuestro efímero
paso por la historia geológica del Planeta Azul, puede afirmarse –con cierto
criterio y rigor- que en los últimos cinco mil años de “civilización” –
desde la China milenaria, hasta la Grecia “occidental”-, nuestros pasos por
esta infinitesimal, y a la vez, fantástica “perla del Universo”, han dejado
mucho que desear, además de dejar asolada gran parte de la faz de la Tierra.
Desde la más anciana
espiritualidad “maniquea”, hasta el distanciamiento filosófico - religioso “descartiano”,
los “poderes cósmicos” han imperado en un mundo al que no entendemos; o
mejor dicho, al que somos incapaces de adaptarnos. Realmente nuestra
evolución “Darwiniana” está basada en la traslación cultural de generación
en generación de una serie de convicciones y recuerdos de nuestro
aprendizaje a lo largo de diferentes épocas, y transmitidos por nuestros
ancestros. Somos pues el resultado de nuestra propia historia y de la
idiosincrasia particular de cada uno de los lugares donde nacemos, crecemos
y nos educamos. Pese a todo ello seguimos remedando los errores aprendidos.
Existe una facultad innata en nuestra mente que tiende a no recordar los
momentos conflictivos de nuestra existencia. Sin embargo, repetimos una y
otra vez los mismos errores, heredándolos de esa especie de “consciente
colectivo”, que más que quimera, parece una auténtica realidad.
Nuestra entrada en el
tercer milenio ha sido catastrófica. La guerra –el asesinato indiscriminado
y en masa de congéneres - está marcando los albores de este nuevo siglo. De
los antiguos imperios, no sólo queda el recuerdo, sino la continuidad.
Millones de niños siguen muriendo por inanición, especialmente en el Sur de
un prepotente Norte, que perdió la brújula y los conocimientos astronómicos
desde hace siglos. Los “procederes” bélicos continúan abrazando los mismos
cánones milenarios de dominación, explotación y enriquecimiento, a costa del
silenciamiento de otras comunidades, de otros pensamientos y de otras
culturas. El principio de “la razón de la fuerza”, sigue imperando a sus
anchas ante la “fuerza de la razón”. “Misiles inteligentes” que exterminan y
llenan de radiación atómica a países enteros –gracias al Uranio empobrecido-
constituyen la gran hazaña de la maquinaria de exterminio que se usa
en estos campos de batalla.
Aparte de lo
anteriormente expuesto, donde la irracionalidad y los intereses creados
forman una unión indivisible; donde Afganistán pasó al recuerdo, al igual
que pasará con Irak y todos aquellos puntos estratégicos que conforman el
“eje del mal”, lo más dramático es la sacralización de la democracia –en
minúsculas- como la mayor aportación de “occidente” a los países asolados.
Democracia que hace aguas en el propio centro del "imperio" en cuestión y
donde, tan sólo unos votos, separan a un “esquizoide malhumorado e ignaro”,
de una persona con sentido común. Una democracia –en minúsculas- que
persigue a la opinión divergente, a cualquier crítica constructiva que nos
haga crecer culturalmente a todos un poco más. Una democracia “en
minúsculas” que se impone en el continente africano, en Mesoamérica y en
gran parte de América del Sur –con honrosas excepciones- Una democracia, en
minúsculas, que “excomulga” como a “herejes” a todos aquellos que hablamos
de paz y que luchamos activamente por la misma, que intentamos aportar ideas
a un sistema “tan estrecho o más” que aquellos que impusieron la dictadura
del proletariado o que hicieron del nacional socialismo su estandarte. Una
democracia, en minúsculas, que apuesta descaradamente por un modelo de
globalización neoliberal, basado en el libre comercio con los “países
pobres” para enriquecer a los de siempre y hundirlos aún más en la miseria
con sus superestructuras financieras.
La Democracia, en
mayúsculas, ha de ser un mecanismo de relación social abierta e
interdependiente, dinámica y en continuo cambio. Donde la guerra y el
asesinato legal –la pena de muerte- queden abolidos – y formen parte de los
libros de historia. La Democracia, en mayúsculas, debe asumir como frentes
de trabajo la transparencia institucional y la lucha contra cualquier tipo
de corrupción desde la misma o desde sus distintos “engranajes”. La
Democracia, en mayúsculas, ha de ser un sistema capaz, y con la suficiente
integridad ética y moral, como para asumir las demandas populares, sin
distinción de niveles culturales. La Democracia, en mayúsculas, tiene que
respetar la opinión de los librepensadores y perseguir el “mobbing”, la
discriminación sexista o ideológica allá donde se encuentre. La Democracia,
en mayúsculas jamás podrá ser un "ente hermético", sino directamente
relacionado con la ciudadanía, con el suficiente rigor de sopesar las
necesidades y aportes –no partidistas- de la misma.
Este tipo de
“Democracia”, en mayúsculas, si merece el esfuerzo solidario de todos, la
contribución en la medida de las posibilidades de cada uno y la aceptación
sin ecuanum de la opinión divergente, aquella que nace de espíritus
libres y sin ataduras ideológicas, que van a galope sobre Rocinante y que
entienden la injusticia social como una afrenta directa por la que merece la
pena luchar.
Los que nos encontramos
dentro de la denominada “opinión divergente”, que critica a la democracia
–con minúsculas-, que apuesta por la pluralidad y la “multiculturalidad”,
por la abolición de las guerras y de los “asesinatos legales”, que luchamos
abiertamente por la conservación y protección de nuestro entorno natural,
somos supuestamente una “minoría mayoritaria”, y nuestros descendientes
probablemente emprendan la mayor “epopeya” de la época a mediados del siglo
XXI… un mundo más justo, más respetuoso con su entorno natural y, ante todo,
con sus congéneres estén donde estén. Quizá muchos de los que ahora
apostamos por estas nuevas fórmulas no lo veamos, pero si la razón y el
sentido común del hombre imperan, las generaciones futuras hablaran de
“Aldea Global”; nunca de un trasnochado imperio neoliberal, representado
actualmente por esa antítesis de la razón denominada “globalización”. Esto
no es utopía, tan sólo una proyección racional hacia el futuro inmediato
basado en datos tangibles.
José Javier Matamala
García
Editor y Webmaster de Almediam: http://almeriware.net/almediam/
Artículo publicado en:
Andalucía 24 horas. 28-08-03
El Debate
30-08-03
Granada Digital 30-08-03
El Confidencial Digital 08-09-03
Los Verdes de Andalucía 09-09-03