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¿QUÉ ESCONDE PALOMARES?
FOCO-SUR, NÚM.
118., PAG. 22-23. NOVIEMBRE DE 2006
DIEGO G. CAMPOS
Han tenido que pasar 40 años desde el dramático accidente nuclear de Palomares para que el Estado español reconozca que existen importantes restos radiactivos, cuya acción se ha incrementado en los últimos años por el movimiento de tierras para agricultura y construcción, y que hay que actuar en la zona realizando una amplia descontaminación, bloqueando el uso de algunos suelos y expropiando otros. Han tenido que pasar también 40 años para
que el Gobierno de EEUU, culpable de
aquella catástrofe radiactiva, reconozca que no se hicieron bien las cosas y que ahora colaborará en la descontaminación. Sin embargo, hay algo que ha puesto de nuevo en alerta a los habitantes, víctimas de aquella catástrofe y de la losa en sus actividades durante estos largos 40 años. ¿De qué se trata? De que EEUU, que controló la zona y las labores de descontaminación tras el accidente nuclear, asegura que en realidad no sabe lo que ahí aquí en Palomares, lo que quedó en estos montes, en simas o en algún pozo.
Ese es uno de los grandes dilemas a los que se deberán enfrentar los equipos técnicos que quizá este mismo mes comiencen las tareas de estudio y descontaminación de las parcelas expropiadas, que suponen menos del 5% de las más de 200 hectáreas contaminadas.
La valentía de este Gobierno, que ha cambiado la táctica de negar la
realidad de Palomares y los posibles efectos, como habían hecho gobiernos anteriores, por la de
enfrentarse a los hechos no estará exenta
denumerosos riesgos y dudas.
Estados Unidos no sabe lo qué dejó aquí.
Lo que sí podemos saber sin necesidad de acudir a EEUU es que tan sólo en 2,2 hectáreas de las más de 200 contaminadas se recogió tierra y una parte fue enviada a EEUU. El resto se dejó allí en zonas de difícil acceso y otra parte se recogió y fue enterrada en un pozo construido al efecto, según consta en un informe del Consejo de Seguridad Nuclear de 1995 enviado al Parlamento.
¿Dónde está ese pozo? ¿Hay otras zonas donde se enterraran restos radiactivos? ¿Qué zonas se obviaron en las tareas de descontaminación desarrolladas por el ejército de EEUU apoyado por personal civil español contratado? ¿Podría estar minimizado el informe inicial de 220 hectáreas afectadas?
Tras el accidente, el equipo de técnicos de EEUU se plantea descontaminar la zona. Para ello la dividen en distintas subáreas
según el índice de contaminación radiactiva y elaboran el mapa radiométrico que se ve en la parte superior. Por la forma de actuar, y según recoge el mismo informe citado, los
americanos deciden recoger y retirar a
EEUU sólo las tierras con contaminación radiactiva superior a 31,5
µCi x m-2 (1,17 Mbq x m-2), lo que sólo supone unas 2,2 de las 226 hectáreas contaminadas. De estas tierras se recogió una capa de entre 10 y 15 centímetros. Esos serían los cerca de 5.000 barriles envasados y transportados al cementerio nuclear de Savanha River Plant
de Estados Unidos. Sin embargo, como se reconoce en el mismo informe, otras 17 hectáreas estaban considerablemente contaminadas
y no se metieron en bidones, y el resto se las sometió a riegos y labrados para sepultar a unos 40 o 50 centímetros los elementos radiactivos, fundamentalmente Plutonio 239 y Americio 241, aunque hace poco también se ha detectado uranio.
Muchos restos quedaron en estas tierras. Unos, los de menor contaminación, sepultados por el labrado. Otros, y he ahí lo más grave, enterrados en un pozo excavado en la zona. En efecto, según recoge el informe citado (n°
021275)
en el apartado b) se dice textualmente: «recolección de la vegetación cultivada y silvestre que tenía contaminación superior a 3,15
µCi x m-2 (1,17 x
10-1 Bq x cm-2), y su tratamiento, transporte y depósito como residuo radiactivo a un pozo construido
al efecto en las proximidades de la estación 2-1», cerca del impacto 2.
En ese pozo no sólo se enterraron esos residuos. En el apartado g) del mismo informe se dice: «Lavado de los árboles y arbustos contaminados con chorro de agua hasta eliminar de sus troncos y hojas los elementos contaminantes; se arrancaron aquellos en que los valores de contaminación eran elevados y no se pudieron descontaminar, y se llevaron al pozo mencionado anteriormente». El informe no dice dónde se llevaron los restos de casas que estaban altamente contaminadas, aunque se dice que se demolieron.
Si observamos el mapa, el citado pozo se habría
abierto en las cercanías de la estación 2-1, en el entorno del Cerro
Colorado y Cerro del Peñón, muy cerca de la zona donde explotó una de las bombas. Esta zona, situada al suroeste del pueblo, a menos
de dos kilómetros, es la que presentó mayores dificultades para la descontaminación, al tratarse de un terreno semimontañoso y de eriales. Las tareas de recogida de tierras y vegetales se hicieron a mano, con azadas y espuertas.
Curiosamente, la estación 2-1 desapareció tres años después del
accidente, siendo ésta la zona que ha recogido en las distintas
mediciones los índices más altos de partículas alfa radiactivas. Incluso
en uno de los análisis realizados a muestras vegetales, el esparto de la
zona 2-1 da unos índices altísimos de radiación acumulada.
Por otra parte, en las tierras de labor y cultivo la operación de descontaminación -que recoge el
informe- consistió en el riego, arado, rastrillado, mezcla y nuevo riego, para disminuir el riesgo de resuspensión y los valores de contaminación superficial. Estas
tierras han vuelto a ararse repetidas veces, con lo que el plutonio ha vuelto a las capas superiores. De ahí que en las sucesivas mediciones, las que coinciden con el laboreo de la tierra den índices más altos.
Curiosamente, tras el envío al Congreso del primer informe,
en octubre de 1985,
un posterior informe del CSN ya no recoge
el apartado en que se
explica cómo se desarrolló la operación de descontaminación, ni qué
parte de los restos de tierras y vegetales se dejaron
en Palomares.
Lo que sí hacía entonces
era dar una serie de recomendaciones sobre aspectos importantes que se deberían realizar para determinar con mayor precisión los efectos de la radiación, que se unirían a las ya realizadas a personas, animales y plantas. Así, el Consejo de Seguridad Nuclear (hoy CIEMAT) aconsejó realizar pruebas al agua de riego, aumentar las pruebas a animales que pasten sobre todo en la zona 2 (la mayor contaminada), estudiar los sedimentos marinos e invertebrados en la zona costera, estudios de las zonas cercanas a la zona 2, nuevos
estudios en la zona urbana, y estudios sobre contaminación por Americio, que no se habían realizado correctamente.
Aunque todos los estudios realizados con posterioridad se encuentran dentro de los límites permitidos, en los últimos años 6 años se ha apreciado un aumento de los valores de radiactividad en algunas zonas, debido a la intensa actividad de roturación de suelos y movimientos de tierras para construcción.
La alarma saltó en
2001
cuando se realizó una nueva medición de suelos y los índices fueron preocupantes, por no decir alarmantes.
Se encontraron incluso restos de chatarra radiactiva. Aparecieron
índices 20 veces superiores a lo que el CSN acepta para una población. Eso sí, es cien veces inferior a lo que se consideraría una instalación radiactiva. Por eso se decidió actuar de forma urgente. Así lo aconseja un extenso informe que señala las zonas y la forma de actuar, así como las medidas de prohibición que deben aplicarse a otras zonas cercanas, sobre todo para evitar
los cultivos y los movimientos de tierra, llegando a recomendar,
incluso, que los menores no acudan a los invernaderos y advirtiendo que los caracoles son los que más radiación acumulan.
La incógnita está abierta. No se sabe si las diez hectáreas expropiadas serán suficientes o sólo el principio de una larga y compleja operación de descontaminación.
EEUU no sabe qué dejó aquí. Lo ha dicho bien claro el director general del Ciemat, Juan Antonio Rubio: «ni los americanos saben qué hay allí. Puede que no haya nada, pero puede haber un problema y, si lo hay, quedará resuelto». Esa seguridad que manifiestan los técnicos y responsables políticos del Gobierno central es la que está consiguiendo algo de tranquilidad en la población de Palomares, harta ya de tantas bombas.

40 AÑOS DE ESPERA Y
DESESPERA
En
estos cuarenta años ha habido muchas ocasiones para refrescar el relato
de los hechos, detallado por testigos directos e informes oficiales. Aún
quedan documentos sin desclasificar por parte del Estado español, cuyo
contenido podrá arrogar luz a algunos aspectos destacados. Recordemos
unas vez más, de forma muy resumida cómo ocurrieron los hechos.
El
día 16 de enero de 1966 se produjo un accidente de aviación durante la
operación de abastecimiento de comb ustible en vuelo que provocó la
destrucción y caída de un B-52 norteamericano equipado con cuatro bombas
termonucleares de fusión sobre Palomares. Dos de las bombas cayeron con
sus paracaídas y se recuperaron intactas (una en el lecho seco del Río
Almanzora y otra en el mar), las otras dos bombas cayeron sin paracaídas
y a causa del choque con el suelo explotó la parte de explosivo
convencional, lo que provocó la ignición del parte del núcleo
fundamental de las bombas y la formación de un aerosol formado por
óxidos de transuránidos (elementos radiactivos), fundamentalmente
Plutonio y Americio.
La
acción del viento que soplaba en la zona dispersó el aerosol e hizo que
se depositaran posteriormente en una zona de 226 hectáreas (otros
estudios señalan 260 hectáreas), ocupada por monte bajo, zona urbana y
campos de cultivo.
Las
deficientes labores de descontaminación por parte del Ejército de los
EEUU, que se preocupó más por recoger la chatarra para evitar filtración
de tecnología militar en plena guerra fría que por los efectos
sobre la población civil, y el abandono y desinterés de las autoridades
españolas desde entonces hasta hace bien poco han sido las causas de que
Palomares sigua aún con radiactividad. Los grandes perjudicados han sido
los habitantes de la zona, primero por las dudas de los efectos sobre su
salud a lo largo plazo, y a corto plazo por los efectos sobre su
economía, basada en la agricultura y el turismo. Ahora, con la decisión
gubernamental de acometer una descontaminación y restauración de la
zona, esperan que sea ya el fin de esta pesadilla que dura ya cuarenta
años.
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