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LA
ALMERÍA HERIDA I : BAJO EL MAR DE PLÁSTICOS ©
TEXTO
Y FOTOS: JOSÉ JAVIER MATAMALA GARCÍA Artículo
publicado por la revista Foco Sur (1997) : nº 16: 42-45 A
priori, la situación ambiental de la provincia de Almería parece estar
exenta de los graves problemas que afectan a otras regiones y rincones de
esta “piel de toro”. El secular ostracismo y el aislamiento de este
extremo de Europa provocó su marginalidad dentro del desarrollismo a
ultranza, que caracterizó a las últimas décadas de la dictadura
franquista. La escasez de agua y las pésimas comunicaciones, como
factores limitantes para el desarrollo socio-económico, mantuvieron a
estas tierras en una situación de “indisposición permanente” ante
las inversiones, tanto públicas, como privadas. Sin embargo, la saturación
de gran parte de la costa mediterránea en una época de apogeo turístico,
la revolución agrícola que ha pasado del secano al “milagro” del
invernadero, la ausencia de una legislación específica para la instalación
de industrias altamente impactantes como cementeras, hidroeléctricas y
minería a cielo abierto, ha transformado radicalmente el panorama
almeriense en los últimos lustros. Sería injusto no admitir la
importancia que estas intervenciones han tenido en la próspera economía
provincial, pero podría catalogarse de poco ético no advertir de la
onerosa factura sanitaria y ambiental que este espectacular progreso va a
pasar a los almerienses del año 2000.
Almería
bajo plástico: del secano al invernadero Los La
superficie de cultivo bajo plástico se ha incrementado espectacularmente
durante las dos últimas décadas, convirtiendo a Almería en la mayor
despensa hortícola europea y constituyendo el principal eje económico
provincial. Este desarrollo ha sido especialmente notable en el Poniente
Almeriense donde actualmente existen más de 24.000 Has. de invernadero,
lo que supone un 80% de su superficie territorial. En cualquier caso, es
un fenómeno en expansión que está afectando a grandes superficies de
otras zonas del litoral almeriense, como la Comarca de Níjar e incluso
del interior, como la Alpujarra o el Valle del Andarax.
El
problema del plástico
La
estructura molecular del plástico lo convierte en un elemento altamente
resistente al paso del tiempo y a su degradación natural, características
que se potencian en los desarrollados específicamente para uso agrícola.
El volumen de residuos plásticos que genera la agricultura almeriense es
difícil de cuantificar, aunque puede ser indicativo el hecho de que tan
solo en el término municipal de El Ejido se recojan anualmente más de 8
millones de kilos. Esta situación plantea una problemática ambiental sin
parangón en el resto de Europa, precisando de actuaciones, tan novedosas,
como urgentes. La
prohibición de la quema incontrolada de estos residuos por su efecto
contaminante, aunque sigue siendo un problema solo parcialmente resuelto,
ha derivado en la toma de diferentes iniciativas por parte de las
Administraciones implicadas. Una de ellas ha sido la puesta en marcha de
plantas de reciclado de plástico, en las que se aprovecha parte del
material usado para su reutilización. Esta medida, aunque acertada,
afecta actualmente a menos de un 50% de los residuos generados por lo que
es insuficiente para la resolución global del problema. Sería
recomendable desarrollar una política específica no solo de apoyo
estatal frente al mercado deficitario que caracteriza actualmente a estas
industrias, sino encaminado a potenciar y desarrollar la creación de
diferentes utensilios para su utilización en el propio sector agrícola,
como barras para la estructura de invernaderos, contenedores, cajas para
el transporte de productos, mobiliario urbano, etc. Otra
de las medidas planteadas es la incineración controlada de los residuos
plásticos en altos hornos, como los de la central térmica de Carboneras
o la cementera de Gádor, substituyendo puntualmente a los combustibles fósiles
de uso habitual. Es, sin duda, el método más efectivo y rápido y,
probablemente, la única solución eficaz a medio plazo. Además de la
emisión de dióxido de carbono, durante la combustión del plástico se
liberan diferentes gases, entre los cuales destacan como especialmente
nocivos los que se generan a partir de las combinaciones químicas del
cloro que contiene. En este sentido, se podrían aplicar medidas profilácticas,
como exigir a los fabricantes de plásticos para invernadero la eliminación
de este elemento en la manufacturación del mismo, así como su
participación económica en los gastos generados durante el proceso de
eliminación de los residuos, tal y como se viene realizando en otros países
de las U. E. Amén
de estas acciones de carácter genérico se debe seguir trabajando en el
ámbito doméstico y cotidiano. Puntos de recogida y acopio, transporte y
vigilancia, campañas de concienciación ciudadana, constituyen elementos
básicos dentro de los municipios afectados sin cuya participación el
problema será irresoluble. En este sentido, cabe destacar el “Plan de
Higiene Rural” desarrollado por el ayuntamiento de El Ejido al inicio de
esta década, que puede considerarse pionero y uno de los más innovadores
dentro de Almería. Sin embargo, si se pretende una mayor efectividad
deberán de estructurarse y potenciarse políticas conjuntas de carácter
comarcal y/o provincial. El hecho de que cada uno de los municipios
afectados realice planes específicos para la solución de un problema común,
contribuye a duplicar esfuerzos innecesariamente y a disipar la
efectividad pretendida.
Entre
venenos y residuos vegetales Jean
Dorst, en su libro “Antes que la naturaleza muera”, afirma: “Nadie
osará ingerir cantidades diez o cien veces superiores a las prescritas
por el médico para que el remedio actúe diez o cien veces más rápido;
esto es, sin embargo, lo que el hombre ha hecho con los plaguicidas”.
De forma gráfica y contundente este mismo argumento puede aplicarse a
ciertas comarcas de la Almería de finales del siglo XX. Los biocidas se
han convertido en un mal
Los
actuales organoclorados son parientes próximos del DDT, prohibido desde
hace décadas aunque todavía presente en la mayoría de los seres vivos
del planeta. Al igual que éste, se trata de potentes y eficaces venenos
capaces de producir cuadros de intoxicación crónica por la acumulación
de sus compuestos en nuestro organismo; entre las patologías más
frecuentes destacan afecciones del sistema nervioso central, lesiones
degenerativas de diversos órganos, especialmente del riñón e hígado, y
desarrollo de tumoraciones malignas, como se ha demostrado en animales de
laboratorio. Asimismo, poseen un marcado carácter mutagénico; en este
sentido destaca el trabajo de García Lirola y Motos Guirao (1991) según
los cuales “en la actualidad se
dispone de bases científicas como para poder afirmar que un gran número
de insecticidas son capaces de producir alteraciones genéticas en el
hombre, pudiendo transmitirse a su descendencia en forma de enfermedades y
malformaciones, tanto por contacto directo, como por acumulación de estos
residuos en el suelo, en los vegetales y en el propio tejido animal”.
Los que tienen una mayor probabilidad de afectación por este tipo de
patologías son aquellas personas que están en contacto directo con los
venenos, aunque queda por analizar cual es el factor de riesgo real sobre
las poblaciones aledañas y sobre los propios consumidores de los
productos. Aunque existen algunos estudios de autores como Martínez Vidal
y Soler Márquez, que coinciden en la necesidad de realizar un seguimiento
exhaustivo, tanto médico, como medioambiental, la realidad es que no se
están efectuando de forma sistemática estudios epidemiológicos
completos y serios, indispensables para evaluar correctamente el alcance y
proporción de este problema. Asimismo,
el uso de los organoclorados puede causar importantes pérdidas en las
propias cosechas, aparición de formas resistentes al producto, destrucción
de especies predadoras y aparición de nuevas plagas que escapan al
control de las mismas y alteraciones irreversibles en los ecosistemas
donde son utilizados, incluyendo a las aguas subterráneas. Otros
productos de uso frecuente son los organofosforados y los carbamatos;
altamente tóxicos, presentan la ventaja de degradarse más rápidamente
que los anteriores. Los
residuos de vegetales tratados con estos productos presentan una elevada
toxicidad y los mismos riesgos potenciales para la salud y el medio
ambiente. Algunas prácticas prohibidas, como la
alimentación del ganado con residuos vegetales, constituyen un
atentado directo contra la salud pública y se desarrollan con total
impunidad en estas comarcas, como puede comprobarse al recorrerlas. Cabe
destacar el esfuerzo realizado por las distintas Administraciones
implicadas por controlar y regular el ingente volumen de materiales de
deshecho que derivan de esta actividad. A modo de ejemplo, podemos señalar
que tan solo en el Poniente Almeriense se generan más de 450.000
toneladas anuales de residuos vegetales, lo que equivaldría a la basura
producida por un núcleo de población que contase con un 1.200.000
habitantes. La
creación de un vertedero mancomunado en la Cañada de Onáyar, inaugurado
en 1996 es uno de los logros más recientes en esta línea de actuaciones,
aunque contrasta con la caótica gestión que se está realizando desde el
consorcio creado a tal fina y que va a provocar la clausura prematura del
vertedero. Asimismo, parece paradójico que la Junta de Andalucía no
tuviera en cuenta la existencia tan evidente de este tipo de residuos a la
hora de redactar la Ley de Protección Ambiental, de la que quedan
expresamente marginados, y que regula los tratamientos y procesos de
eliminación y depósito de los residuos tóxicos y peligrosos en el ámbito
autonómico. La concentración en este punto de miles de toneladas de
residuos vegetales no tratados está aliviando, de momento, a esta Comarca
de la existencia de vertederos incontrolados, que han sido
mayoritariamente clausurados. Las medidas de seguridad aplicadas en el
vertedero, como el sellado inicial del mismo, no eximen de la
responsabilidad de un seguimiento posterior a su clausura. Las sustancias
acuosas producto del lixiviado de estos residuos constituirían una
amenaza biológica de primera magnitud, en el hipotético caso de una
filtración al exterior. Aunque parece improbable que esto ocurra, resulta
alarmante la existencia del “Plan de Defensa Integral frente a las Avenidas del Campo
de Dalías” , redactado por Confederación Hidrográfica y dependiente
del Ministerio de Medio Ambiente, que incluye a la Cañada de Onáyar como
lugar de encuentro en la canalización artificial de diversas ramblas, que
partirían desde aquí hasta el mar ... .
La
extracción de áridos y la degradación del litoral La
artificialidad del cultivo bajo plástico implica, en la mayoría de los
casos, la construcción de un suelo específico, constituido por arcilla,
estiércol y arena. Esta situación ha provocado, durante las ultimas décadas,
el nacimiento de un nuevo y lucrativo sector: el aprovechamiento de áridos.
Las proporciones de este tipo de actividad son enormes; como ejemplo
ilustrativo valga el de la “Cañada de las Norias” (El Ejido) donde,
desde 1980, se han extraído aproximadamente 15 millones de metros cúbicos
de arcilla, dando lugar casualmente a la creación de un
aguazal de singulares características, que no deja de ser la
excepción que confirma la regla. El
impacto ambiental que producen este tipo de explotaciones es tremendo; el
daño sufrido en las playas, dunas y ecosistemas de litoral almeriense es
algo evidente, sobre todo para aquellos que las visitamos hace no más de
veinte años. Si algo caracteriza a este tipo de actividades es su falta
de control y aparente impunidad. En un gran porcentaje carecen de licencia
de Minas, autorización municipal, informe de impacto ambiental, etc. que,
como explotaciones a cielo abierto, tienen la obligación de poseer.
Asimismo, los planes de restauración, que deben realizarse antes de dar
por clausurada la explotación, suelen
brillar por su ausencia o cuando se realizan no parecerse, ni en la forma,
ni en el contenido a lo expuesto en los expedientes. Esta situación es
incluso más grave cuando se realiza en algunos Espacios Naturales
Protegidos, existiendo otras alternativas como, los denominados
“cultivos hidropónicos” (lana de roca), y otros lugares de menor
valor ecológico. Ante lo expuesto, parece evidente que es necesario
establecer y desarrollar una normativa más restrictiva o, simplemente,
aplicar de forma rigurosa la ya existente.
Reflexiones
sobre un incierto futuro La
sobreexplotación y contaminación de los acuíferos es un hecho evidente
y anunciado. En 1984 el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación
prohibió la construcción de más superficie de
invernadero en el Campo de Dalías, en previsión de lo que
entonces eran fundadas hipótesis, aunque los resultados de esta resolución
están a la vista de todos. En un entorno subdesértico, como corresponde
al litoral almeriense, caracterizado por escasas precipitaciones que
cuando se producen son, normalmente de carácter torrencial, por
prolongados períodos de sequía y por una tremenda austeridad en sus
escasos cursos fluviales, el aprovechamiento de los recursos hídricos
subterráneos se ha convertido en la panacea y “patente de corso” para
ajardinar el desierto. Sin embargo, este “milagro” presenta signos,
cada vez más evidentes (salinización y perdidas de pozos, mayor
profundidad de los sondeos, contaminación y disminución del volumen de
las aguas continentales, etc.), que anuncian un futuro incierto e
inquietante en una provincia ya acostumbrada a los desastres socio-económicos
y ambientales como es Almería. Del “siglo minero” (XIX) hemos pasado
al “siglo del invernadero” (XX) y repetir la historia es fácil, sobre
todo cuando no se analizan los errores cometidos anteriormente, como la
mala gestión de los recursos naturales, la perdida de una visión a medio
y largo plazo del mercado en pro de un beneficio inmediato y la focalización
de la economía provincial en un solo sector. La
situación actual del Campo de Níjar es un claro ejemplo de lo que puede
suceder en gran parte del litoral almeriense: el agotamiento de los acuíferos
por su sobreexplotación y la exigencia a esa “Caja de Pandora”
llamada Administración de soluciones urgentes e inmediatas. Los
“magos”, se prestan raudos a esgrimir sus varitas; unos hablan de
costosísimas políticas de transvases de gran impacto ambiental y
altamente conflictivas en períodos de sequía (recuerdese el contencioso
entre las Comunidades de Castilla - La Mancha y Murcia); algunas no dejan
de ser cómicas como la propuesta de conexión entre los Embalses de
Cuevas y Benínar, que es algo así como comunicar dos vasos, uno medio
lleno y otro medio vacío. Otros abogan por las desalinizadoras, ese
prodigioso invento que nos permite beber el agua del mar a un precio
desorbitado y que suelen ser aprovechadas por algunas generosas
multinacionales para camuflar centrales térmicas que, de otra forma estarían
tácitamente restringidas.
La idea
de que el crecimiento exponencial y sin pausa de la agricultura
extratemprana contribuye directamente a un enriquecimiento económico
progresivo es un error. La saturación del mercado europeo está
produciendo un abaratamiento en los precios de origen, que conlleva a una
escalada progresiva del volumen productivo para contrarrestar el déficit;
es la "pescadilla que se muerde la cola". Para romper este círculo
es necesario, por un lado, limitar la creación de más superficie bajo plástico
y, por otro, asegurar los actuales mercados de exportación, aumentando
principalmente la calidad y vehiculizando los ajenos a la U. E. a través
de los ya existentes en nuestro país, en vez de buscar una confrontación
directa que no tendrá resultados positivos a medio y largo plazo. Los argumentos expuestos en este artículo no habrán sido del agrado de todos; en cualquier caso, no se trata de agradar, si no de informar a partir de datos lo suficientemente analizados y contrastados. Ojalá hayamos errado en nuestras conclusiones y predicciones; en caso contrario, el más probable, nos gustaría acabar con una frase de Joaquín Araujo: “No hay más bella lucha que aquella que se emprende contra lo irremediable”. |