Un Yasuní para el Perú
Fuente:
Portal del Medioambiente/Adital.
02-07-07
Wilfredo Ardito Vega, Abogado,
responsable de derechos económicos, sociales y culturales de Aprodeh
Hace pocas semanas, el gobierno ecuatoriano
realizó un planteamiento insólito para un país petrolero y necesitado de
divisas: dejaría bajo el subsuelo un yacimiento con millones de barriles
de probadas reservas de petróleo y solicitaría en cambio a la comunidad
internacional la constitución de un fondo para el desarrollo sostenible,
que equivaldría a menos de los 3,500 millones de dólares que obtendría
el Estado ecuatoriano mediante la explotación petrolera.
Se trata del lote Ishpingo-Tambococha-Tiputini
(ITT) en el Parque Yasuní, una zona amazónica donde viven los indígenas
en aislamiento pertenecientes a los grupos Tagaeiri y Taromenane y
además existe una impresionante diversidad biológica, con más especies
naturales que en todo el territorio de Estados Unidos.
Aunque Ecuador ha venido exportando millones de barriles de petróleo
durante las últimas décadas, para los habitantes de las regiones
petroleras es un enigma qué se hicieron los importantes ingresos que
llegaron al país, porque ellos continúan viviendo en extrema pobreza.
Resulta una historia conocida de este lado de la frontera: Loreto recibe
desde hace casi 30 años el canon petrolero, sin que los niveles de
desnutrición o analfabetismo hayan mejorado mucho. La miseria parece
parte del "paisaje amazónico": las agencias de viajes llevan a los
turistas a conocer el barrio Belén, cuyos habitantes sobreviven rodeados
de aguas servidas.
La realidad de la Amazonía de Perú y Ecuador es similar, pero las
posiciones de sus actuales gobiernos son diametralmente opuestas: Perú-Petro
continúa ofreciendo lotes para explotación de gas y petróleo en la
Amazonía que están superpuestos a cuencas, comunidades nativas, áreas
protegidas y ciudades.
Una práctica similar lleva a cabo el Ministerio de Energía y Minas,
generando que algunas provincias estén casi en su totalidad otorgadas en
concesión a empresas mineras sin que ninguno de sus habitantes (ni los
alcaldes ni las autoridades regionales) hayan sido informados.
En cuanto a los pueblos indígenas en aislamiento, es verdad que hace un
año se promulgó la Ley 28736 respecto a las reservas constituidas para
evitar el ingreso de foráneos, pero contradictoriamente la misma norma
autoriza también la realización de actividades extractivas. Es más, el
Presidente de Perú-Petro, Daniel Saba, ha negado hace poco la existencia
de estos indígenas, como si fuera la fantasía de algunos antropólogos.
El principal argumento para promover una indiscriminada expansión minera
y petrolera es que proporciona importantes ingresos al Estado. Sabemos,
claro, que las empresas involucradas podrían aportar mucho más gracias a
las desproporcionadas ganancias que vienen obteniendo en los últimos
años. El problema es la pasividad de las autoridades estatales, que se
limitan a fomentar estas actividades sin considerar los conflictos
sociales que pueden generar los daños ambientales o, con cada vez más
frecuencia, la explotación de los trabajadores (recordemos los
trabajadores presos de Shougang y Yanacocha, los cuatro muertos en
Casapalca y la muerte de Guillermo Tolentino en Huaraz el año pasado).
Respecto a problemas como el calentamiento global u otras consecuencias
ambientales, la indiferencia de las autoridades peruanas es
impresionante. A comienzos de este año, se ha llegado al extremo de
prohibir a las municipalidades declarar áreas naturales protegidas en
sus jurisdicciones. Ni siquiera se ha cumplido la sentencia del Tribunal
Constitucional que hace un año obligó a atender la salud de los niños de
La Oroya afectados por Doe Run (RP 101). En el norte del Perú, además,
vienen preparándose con entusiasmo amplias hectáreas para cultivos
destinados al "biocombustible", que puede tener efectos desastrosos.
En contraste con este panorama desolador, el gobierno ecuatoriano ha
señalado que prefiere evitar que los mil millones de barriles de
petróleo existentes en el lote ITT generen los temidos gases de efecto
invernadero y la explotación del crudo genere daños irreversibles al
ecosistema y las fuentes de agua.
Ecuador no es el único país donde se intenta que explotación minera o
petrolera cumpla requisitos ambientales o sociales. En Bolivia, se ha
aprobado este año el Decreto 29033 que reglamenta la consulta que debe
hacerse a la población indígena si se pretende realizar actividades
hidrocarburíferas en sus territorios y el Decreto 29103 sobre el
monitoreo socioambiental a practicarse cuando estas actividades ya se
están ejecutando. En Colombia, los indígenas tienen la facultad de
señalar en qué zonas no puede haber actividad minera, por su carácter
sagrado o su importancia cultural.
Estas decisiones en los países vecinos reflejan una manera muy distinta
de percibir la relación entre el Estado y los recursos naturales no
renovables, así como entre el Estado y la población indígena. Cabe
preguntarse si alguna vez un gobierno en el Perú será capaz de respetar
el derecho de los ciudadanos, indígenas o no, a decidir sobre qué forma
de desarrollo desean.
Esperemos que la comunidad internacional respalde la decisión del
gobierno ecuatoriano de proteger el Parque Yasuní. No sólo se asegurará
así la sobrevivencia de los Tagaeiri y Taromenane, sino que se abrirá un
camino de esperanza a quienes deseamos un mundo menos contaminado y más
justo.