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Nudismo con fondo verde en Cabo de Gata
FUENTE: EL
PAÍS/JORDI PASTOR.
20-04-10
El reducto hippy en que se ha
convertido la playa de San Pedro fue hace siglos refugio de piratas.
Razones sobraban, el escondrijo era perfecto: un manantial de agua dulce
junto a la playa, una ensenada de aguas tranquilas y un incómodo acceso
por tierra sencillo de controlar. Quizá los mismos argumentos naturales
que explican igualmente su concurrido aspecto actual.
El camino que conduce a este aislado arenal es una de las múltiples rutas
que ofrece el accidentado litoral del Parque Natural del Cabo de
Gata-Níjar. Especialmente en primavera, cuando el calor no aprieta
en exceso, la costa volcánica se cubre de flores, el Mediterráneo invita
al primer baño del curso y un invierno inusualmente lluvioso ha pintado
de verde la Sierra de Cabo de Gata.
Una de piratas
Siete mil
ducados invirtió don Francisco de Vargas, tesorero real, para sufragar
la edificación de la Torre de los Alumbres en 1510. Un fortín destinado
a proteger su próspera explotación minera en Rodalquilar, sumamente
codiciada por los corsarios berberiscos que infestaban la costa
almeriense a principios del siglo XVI. Defendida durante los diferentes
periodos de actividad de la mina, e incluso reforzada en 1575, pasó al
olvido absoluto desde mediados del XVIII. Actualmente se encuentra en
lamentable estado de conservación, aunque Sergio Leone la rescatara como
uno de los escenarios de La muerte tenía un precio en 1965.
El bastión
defensivo del valle cambió de ubicación: los cañones de la Batería de
San Ramón (1764), en El Playazo, cruzaban su fuego con los del Castillo
de San Pedro. Y entre ambos baluartes, la Torre del Cerro de los Lobos
remató la defensa contra el corso berberisco desde 1767. Ambas atalayas
viven ahora suertes dispares: desde el abandono y deterioro de la
primera (en manos privadas), hasta la rehabilitación y conversión en
faro y estación de comunicaciones de la segunda.
Esta Ruta
de los piratas enfila una interesante etapa a pie desde Las Negras.
Un árido sendero de cinco kilómetros amenizado con varios miradores
naturales sobre el Mediterráneo, domina en su último tramo la playa y el
castillo de San Pedro, levantado en el siglo XVI para defender la única
fuente natural de agua dulce del Cabo de Gata. Con guarnición
permanente, fue ampliado dos siglos después ante el incesante acoso
corsario. Su maltrecha planta todavía se mantiene imponente sobre el
escarpado litoral volcánico. Y su interior, ocupado.
Nudismo sobre fondo verde
Una amplia y
perfecta media luna de arena fina marca el punto exacto. Allí donde los
navegantes genoveses desembarcaron en 1147 para apoyar la conquista
cristiana de Almería, en manos del imperio almohade, se inicia la
Ruta de los volcanes y las flores. Un entretenido recorrido que
combina enormes laderas de corteza magmática, a modo de enormes diques
naturales, con calas escuetas y solitarias que disuaden a bañistas poco
esforzados.
Desde la playa
de los Genoveses hasta el abigarrado paisanaje de la cala de Monsul
(nudistas, mochileros con malabares, familias al completo, turistas de
elegante calzado y hasta escaladores) el camino sube y baja
incesantemente mezclando terreno volcánico con infinidad de playas: Los
Amarillos, cala Príncipe, cala Chica y cala Grande, la Playa del
Barronal... Sorprende toparse con algún residente fijo, y su perro, en
alguna de ellas. Una especie de ermitaño moderno que lava la vajilla
junto a la orilla del mar, con un turbante como única vestimenta.
Escenas todavía visibles en este rincón de la Península.
El paisaje que lo rodea tiene carácter, y engancha. Sobre todo a base de
estudiados contrastes cromáticos: oscura roca volcánica bajo el amarillo
chillón de los brotes primaverales; un inusual y potente verde viste la
sierra frente el intenso azul del Mediterráneo; y sobre la arena color
ceniza de sus calas, brillan blancas siluetas de adormilados nudistas
tostándose al sol. La ruta conduce a los andarines de mayor aguante
hasta el propio Cabo de Gata, 13 kilómetros de ida y otros tantos de
regreso, mientras el goteo de solitarias calas al abrigo de los
acantilados no cesa.
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