Un mes matando pajaritos en Castellón
FUENTE: LA CRÓNICA VERDE. 09-10-08
Decenas
de cazadores de
pajaritos de
Castellón darán
rienda suelta
desde esta
semana y durante
más de un mes a
su pasión más
primaria:
matarlos.
Hasta el próximo 22 de noviembre, la Guardia Civil y los agentes de Medio Ambiente no podrán hacer nada contra ello por una razón de peso. Dicha matanza es legal, está autorizada, y cuenta con todas las bendiciones políticas pues, supuestamente, no se matan, tan sólo se capturan. Se encarcelan.
Los pajareros castelloneses hacen gala de dos eufemísticas denominaciones, clara muestra de hasta dónde se puede manipular el lenguaje. Se les llama silvestristas otoñales o, más técnicamente, "cazadores de enfilat Opción-B". Son más de medio millar.
A pesar de las protestas de la Unión Europea y de los grupos conservacionistas españoles, cazaron el otoño pasado y lo vuelven a hacer ahora durante 35 días seguidos, como también se lo permitieron hacer este verano. ¿La razón? Una única. Es un sistema de caza tradicional, algo tan supuestamente divertido como la caza inglesa del zorro, sólo que con aves y en versión valenciana.
Les explico el método. Cada pajarero sale al campo con 20 pequeñas jaulas donde tienen encerrados jilgueros, pardillos u otros pequeños fringílidos capturados en otras ocasiones con el mismo método. Montan grandes redes abatibles de 8 metros de largo por dos metros de ancho, en unos amplios cazaderos fijos construidos a propósito en sitios estratégicos por donde pasan habitualmente los mayores bandos de pajarillos, la mayoría de ellos agotados migradores europeos en su viaje otoñal hacia el sur de Europa y norte de África.
Allí
los cazan a
diario por
cientos, haga
frío o llueva, y
sin ningún
control especial
ni de los
agentes de Medio
Ambiente ni del
Seprona. Tampoco
lo necesitan,
pues el final
último de la
mayoría es
siempre el mismo
e inconfesable.
Muchos de esos
amantes de la
naturaleza
los matan con
sus propias
manos,
asfixiándolos o
retorciéndoles
el pescuezo,
para tras
desplumarlos y
destriparlos
guardarlos en
arcones
congeladores
para su
aprovechamiento
culinario. Como
pajaritos fritos
o, mucho más
tradicional,
en paella de
pajaritos.
¿Delicioso?
Deleznable.
Me dirán algunos que no, que muchas de esas decenas de miles de aves así capturadas se utilizan como aves de jaula.
Pues tampoco. Como señala Francisco Atiénzar, del Departamento de Biodiversidad de la Universidad de Valencia, para esa clase de gente está la licencia valenciana del Enfilat Opción-A que les permite hacer capturas todos los fines de semana de julio y agosto, pero sólo de pajarillos jóvenes machos, “por ser los únicos aptos para aprender el canto limpio y sin copiar notas de otras especies”.
Desengañado, Atiénzar ha presentado hace un año, a título personal, dos denuncias en el Juzgado, una por la vía civil y otra por la vía penal, con las que confía tanto en desenmascarar a estos pajareros asesinos como a esos funcionarios presuntamente corruptos, que a sabiendas de que las aves acabarán en la sartén, conceden estas 500 ilegales licencias sin ningún control.
No es por desanimarlo, pero dudo que lo consiga. Tradición, política, gastronomía y pasteleo van siempre demasiado unidos.