Las mentiras atómicas y otras mentiras
FUENTE: PORTAL DEL MEDIOAMBIENTE. 15-09-08
| | 9 Septiembre 2008
Algunos
hechos
históricos
importantes
quedan
oscurecidos por
los sucesos
diarios. El 6 de
agosto de 1945
un bombardero de
la Fuerza Aérea
de Estados
Unidos lanzó
sobre Hiroshima
la primera bomba
nuclear de la
Historia usada
en acción de
guerra, que
aniquiló en el
acto a más de
120.000
habitantes de
esa población
-que apenas
alcanzaba el
medio millón de
ciudadanos-,
produjo más de
70.000 heridos
(muchos de los
cuales irían
muriendo al paso
del tiempo) y
arrasó gran
parte de la
ciudad. Tres
días después,
otro avión
estadounidense
repitió la
operación sobre
Nagasaki, cuya
población, de
apenas 200.000
habitantes,
sufrió un
descalabro
proporcional.
Recordar todo esto nos permite reiterar la facilidad con la que los gobernantes recurren a la mentira para disimular sus errores o para engañar al pueblo al que pretenden dirigir, incluso por medios democráticos. Nada más lanzadas las bombas, la versión oficial del Gobierno de Estados Unidos sobre lo ocurrido se publicaba en The New York Times: “No existe radioactividad en las ruinas de Hiroshima”.
El Daily Express británico envió a Hiroshima un reportero que empezó a informar sobre la existencia de personas hospitalizadas, sin heridas visibles, y que morían de lo que él llamó ‘la peste atómica’. En consecuencia, las autoridades militares de ocupación le retiraron la acreditación, fue expulsado de Japón y sufrió una intensa campaña de desprestigio de la que tardó años en recuperarse.
Ante el horror desencadenado, pronto hubo que organizar una campaña para justificar la brutal agresión, argumentando que había ahorrado vidas humanas y acortado la guerra en el Pacífico. La debilidad del argumento se demostró con el paso del tiempo. Un documento oficial de Estados Unidos, fechado en 1946 y conocido después, demostraba que Japón se hubiera rendido sin condiciones ante la aplastante supremacía aérea de Estados Unidos “sin necesidad de lanzar bombas atómicas, sin que la URSS hubiera entrado en la guerra y sin que se hubiera planeado su invasión”.
Pero Truman quería mostrar a Moscú el arma que podría darle la hegemonía mundial. El Secretario de Guerra de Estados Unidos había manifestado al Presidente su temor de que si los bombardeos ordinarios de la Fuerza Aérea arrasaban las ciudades japonesas, apenas se percibirían los enormes efectos del arma atómica, que era lo que se trataba de exhibir. Admitió después, en sus memorias, que no se hizo ningún esfuerzo para lograr la rendición de Japón por otros medios y evitar así el empleo de tan brutales armas. Más bien, todo lo contrario: se buscó la forma en que éstas lucieran mejor su letalidad. Por su parte, el general que dirigió el llamado “proyecto Maniatan”, que desarrolló las armas nucleares, había declarado: “Nunca dudé de que Rusia era nuestro enemigo, y que el proyecto tenía esa finalidad”.
Si se hubiese dicho la verdad, en 1945 se habría sabido que la nueva arma producía unos efectos desconocidos, basados en la radioactividad, y que el pueblo japonés (tan despectivamente aludido en los medios de comunicación estadounidenses como de raza inferior) iba ser la víctima con la que se trataba de amedrentar y bajar los humos al dictador moscovita.
Stalin se mostraba ensoberbecido por el indiscutible éxito de sus ejércitos frente a Alemania, pero muerto Roosevelt -con el que le unían ciertos lazos de aprecio personal-, empezaba a ser visto desde Washington como el enemigo más peligroso del futuro inmediato.
Las mentiras políticas se suelen multiplicar en proporción directa a la gravedad de los hechos que intentan disimular. Cuando la situación internacional se complica, proliferan de tal modo que resulta muy difícil tomar el pulso a la realidad. Hay mentiras que han pasado ya a la Historia, como la inminente revolución comunista con la que se pretendió justificar la rebelión militar de 1936 en España, las de Hitler para invadir Polonia en 1939 o las del presidente Johnson en 1964 para iniciar la guerra de Vietnam. Hay mentiras más recientes para justificar el bombardeo de Yugoslavia por la OTAN en 1999 o la segregación de Kosovo, violando todo derecho internacional.
Otras mentiras envolverán mañana los nuevos conflictos allá donde existan tensiones no resueltas, como está ocurriendo hoy en las dos regiones georgianas cuyos pueblos buscan independizarse del Gobierno de Tiflis. Cuando las armas empiezan a hablar, la primera víctima es siempre la verdad. Y ésta quizá sea la única verdad, en un contexto en el que la mentira es, a su vez, una valiosa arma de guerra.