Aznalcóllar: Una catástrofe anunciada

 

Fuente: ABC/ARACELI ACOSTA. 21-04-08

 

AZNALCÓLLAR. A las 3 de la mañana del día 25 de abril de 1998, un vecino llama a la Guardia Civil avisando de haber sentido un ruido imponente en la zona del río Guadiamar. Los malos presagios se cumplían. Mientras dormían las personas que desde muchos años antes habían anunciado la catástrofe, el muro de la balsa de residuos de la mina de Aznalcóllar se rompía literalmente en dos, dejando escapar seis millones de metros cúbicos de agua y lodos tóxicos de pirita.

 

Era la mayor catástrofe ambiental de nuestro país y de todo el continente europeo, sólo superada por Chernobil. Hoy, diez años después, los terrenos por donde avanzó la lengua ácida devorando todo a su paso forman un corredor verde. Pero tras ese color quedan sombras de un día negro para el medio ambiente. Reconstruimos las primeras horas de una catástrofe para la que, pese a ser anunciada, no estábamos preparados.

Anunciada porque se produjeron multitud de denuncias advirtiendo de que se estaban realizando vertidos de las minas al río Agrio, y de ahí al Guadiamar, y de que, si no se clausuraba la balsa, se corría el riesgo de provocar un desastre natural de incalculables consecuencias. Unas denuncias que se dirigieron a todas las Administraciones competentes, autonómicas y estatales, y que llegaron a diferentes juzgados y a la Comisión Europea, pero a las que una tras otra se fue dando carpetazo.

La más llamativa, sin duda, fue la respuesta dada en agosto de 1997, sólo ocho meses antes de la catástrofe, por la Comisión Europea a la denuncia interpuesta por la Confederación Ecologista Pacifista Andaluza (CEPA) por los vertidos al Agrio y al Guadiamar. Siguiendo lo esgrimido por el Gobierno, entonces del PP, la Comisión Europea aseguró que el Guadiamar no entra en Doñana, y archivó la causa. A pesar de que esta conclusión es pública, la Junta de Andalucía no niega la mayor, y es que el Guadiamar sí entra en Doñana.

Agua como ácido sulfúrico

Y por su cauce bajó imparable la lengua tóxica. Algunos puentes, como uno cercano a Aznalcázar, el municipio con más territorio afectado por el vertido, muestra aún las marcas de la riada negra. Nos las enseña Miguel Ferrer, científico titular de la Estación Biológica de Doñana y en aquel entonces director de este centro del CSIC. «Yo me enteré a primera hora de la mañana -explica-. Me llamaron, le dije a mi mujer que había un problema y que volvería en el día, pero no lo hice hasta quince días después». Y es que las primeras informaciones fueron confusas y nadie podía imaginar la magnitud de este «accidente» nada accidental. «Cuando llegué al Vado de los Vaqueros hacia las siete de la mañana -un paso en la parte encauzada del Guadiamar, en la zona conocida como Entremuros- el agua tenía un Ph de 2,5, casi ácido sulfúrico, los peces saltaban del agua... Era dantesco».

Ferrer ordenó a la guardería y a técnicos de la Estación Biológica de Doñana que tomaran muestras, «con cierto riesgo para ellos porque no sabíamos qué podía haber ahí», asegura. En esta zona las concentraciones fueron muy altas porque al ensancharse el río, el agua perdió velocidad y los metales no se precipitaban, explica. Sin embargo, el hecho de que el agua se ralentizara permitió construir un dique doce kilómetros más abajo para evitar que entrara en la marisma. «Ahí el agua circulaba a un kilómetro por hora, así que tuvimos 12 horas para levantar un muro». Reconoce que se actuó con precipitación, pero «las decisiones fueron acertadas».

Unos minutos antes hemos parado en la Venta El Cruce. Allí se produjo la reunión que les permitió tomar las primeras decisiones. Un bar y sólo tres protagonistas: Javier Cobos, en aquel momento director del Parque Nacional de Doñana; Luis García Garrido, entonces consejero de Medio Ambiente de la Junta, y el propio Ferrer. Puede parecer un detalle sin importancia, pero la presencia de Ferrer, y después de otros 90 colegas del CSIC de todas las especialidades, que dejaron de lado su trabajo para ayudar, empezando por el entonces presidente del CSIC, César Nombela, no sólo fue decisiva para contener el desastre y organizar la limpieza posterior de los terrenos afectados, sino que fue la primera y, desgraciadamente, última vez que se tuvo en cuenta el parecer de los científicos en una catástrofe así. «La verdad es que no preguntamos, sino que nos lanzamos, si hubiéramos preguntado a lo mejor nos hubieran dicho que no, y lo cierto es que les hicimos un favor estupendo».

No sólo lo dice él, sino todo aquel que estos días tiene algo que contar sobre lo que de verdad ocurrió en Doñana. Juan Romero, por aquellos días representante del movimiento ecologista de Andalucía en el Patronato de Doñana y miembro de CEPA, organización que denunció en multitud de ocasiones y por diferentes vías los desmanes de la mina de Aznalcóllar, reconoce que el Comité Científico «estuvo a la altura de las circunstancias» y que sin ellos, y la suerte que acompañó, todo hubiera ido peor. En una de las contadas ocasiones en que científicos y ecologistas están de acuerdo hasta en la última coma, la alusión a la suerte se convierte en algo recurrente en este recorrido por la zona cero del desastre.

Pudo cobrarse vidas

En primer lugar la fortuna hizo que la rotura se produjera de noche, si no, «la avalancha de lodos y aguas ácidas podría haberse llevado vidas humanas a su paso», dice Juanjo Carmona, coordinador de la organización WWF/Adena en Doñana. Se cuentan por cientos las personas que un día cualquiera hubieran estado allí trabajando sus tierras o llevando a pastar a su ganado, además de excursionistas que «solían hacer barbacoas cerca del río».

Y también la suerte se alió con Doñana, porque no llovió esa primavera y las lluvias de otoño se retrasaron, explica Ferrer. Las nubes dieron una tregua de 208 días, y eso después de que el año anterior había sido muy lluvioso, hecho que favoreció la rotura de la balsa por exceso de presión. «Si hubiéramos tenido un año normal, lo que ocurrió hubiera sido aún peor», dice Ferrer.

Y lo que ocurrió es que las Administraciones miraron para otro lado para no ver «una catástrofe anunciada y denunciada», explica Juan Romero. «No ha habido en toda Europa ninguna operación de limpieza de suelos contaminados como aquélla, ni siquiera Chernobil, aunque sí fue mayor en magnitud», apunta Ferrer.

Y aunque no se trate de comparar catástrofes, lo cierto es que en el imaginario colectivo se asocia el «Prestige» al mayor desastre ambiental en España, pero la mina de Aznalcóllar vertió cien veces más contaminantes que el buque que se partió frente a las costas gallegas. En Doñana no hubo voluntarios ni tampoco actuó el Ejército. Nadie, salvo científicos y ecologistas, quería mostrar la realidad de un desastre sin parangón. Y aún hoy, gentes de los pueblos de la comarca de Doñana, eso sí, que no perdieron tierras ni su trabajo, minimizan lo ocurrido. «Eso no fue nada», dice convencido uno de los vigilantes de las instalacionesde la mina. Otros, muchos, prefieren no hablar. «Aquí hay muchas cosas detrás», dice Manuel en el bar Don Pedro, en Gerena, a pocos kilómetros de Aznalcóllar.

«Los propios mineros venían esos días por aquí y decían que todo fue intencionado», nos dice Manuel. «Existieron esos rumores», apunta Juan Carmona, de Adena. Intencionado, preparado o simple coincidencia. Lo cierto es que un año y medio después del vertido las acciones de Boliden cayeron en picado. Una descapitalización esgrimida como razón, y no la catástrofe, para el cierre apresurado de la mina.
Sí, porque la mina no se cerró definitivamente tras el desastre, sino que volvió a abrir poco tiempo después, con el permiso de la Junta de Andalucía. Reanudar la actividad era el requisito para cobrar subvenciones por valor de 8.000 millones de las antiguas pesetas procedentes de la Junta. Con el dinero en el bolsillo, la empresa minera clausuró la actividad y se fue, dejando un rastro de sombras tras de sí. Y es que ésta fue una catástrofe anunciada, y consentida.

 

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