La corrupción y el debate electoral
FUENTE:
IDEAL/FERNANDO JIMÉNEZ. 24-02-08
A
pesar de que las denuncias y las investigaciones por presunta
deshonestidad de cargos públicos en el ejercicio de su cargo han
menudeado a lo largo de la legislatura, esta lacra para el sistema
democrático ha desaparecido del debate.
LA corrupción política está ausente del debate electoral de las últimas
semanas, salvo en el caso de Murcia. Pero la excepción que supone esta
comunidad autónoma no se debe a la iniciativa de las principales fuerzas
políticas, sino a las actuaciones de la Justicia, de ahí que resulte
sorprendente que los partidos no dediquen excesiva atención a un
problema muy real en nuestro país. Si atendemos a los indicadores de
opinión pública sobre la percepción de la corrupción, los ciudadanos
comparten una extendida desconfianza hacia la honestidad de su clase
política: baste como dato que el 52% de los encuestados por el CIS en
enero de 2007 consideraba que «bastantes» o «casi todos» los políticos
están implicados en estas prácticas. Si tenemos en cuenta, además, los
numerosos escándalos que se han ido sucediendo a lo largo del período
democrático, o las evaluaciones efectuadas por algunos organismos
internacionales como el Grupo de Estados Contra la Corrupción del
Consejo de Europa, es evidente que tenemos un problema importante
aunque, al compararnos con otros países, no resulte dramático.
Pero que ocupemos el lugar 25º entre 179 países en el último Índice de
la Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional no debería
llevarnos a sentirnos satisfechos con el funcionamiento de nuestros
mecanismos de control y deberíamos exigir a nuestros representantes
políticos -y no sólo a ellos- una estrategia mucho más decidida de lucha
contra esta lacra. Utilizo intencionadamente esta palabra por los
significados literales que le atribuye el diccionario: secuela o señal
de una enfermedad o achaque; vicio físico o moral que marca a quien lo
tiene. Estos dos sentidos se aplican perfectamente a la corrupción
política por los efectos devastadores que tiene sobre la salud del
sistema democrático cuando no se le pone coto a tiempo. Porque implica
siempre que el poder de una autoridad determinada se pone al servicio de
intereses particulares espurios en lugar de servir al interés general.
Esto determina lo que la literatura especializada llama muy gráficamente
la «captura del Estado». Es decir, la existencia de corrupción asegura
cauces privilegiados de acceso al poder público (y a los recursos por él
generados) para unos pocos intereses particulares.
Cuando un sistema político tolera o no lucha con suficiente eficacia
contra estos brotes patológicos, las consecuencias suelen ser
demoledoras. Las redes de corrupción dan lugar a sistemas de intercambio
de recursos que suelen ser muy sólidos y que, si encuentran las
circunstancias adecuadas -una cultura política poco exigente y un
funcionamiento deficiente de las instituciones de control-, tienden a
extenderse cada vez más. El ejemplo del GIL y su rápida expansión por
toda la Costa del Sol ilustra muy bien este fenómeno. El resultado final
es la deslegitimación de las instituciones pues, no en vano, la
corrupción implica la violación de uno de los pilares fundamentales de
la democracia: el derecho de todos los ciudadanos a un trato igual de
los poderes públicos.
Es posible que algunos lectores de este artículo -por ejemplo, aquellos
más en sintonía con el PSOE-, consideren que estoy siendo injusto al dar
a entender que no se está actuando con suficiente contundencia frente a
este problema cuando hemos tenido una legislatura muy prolífica en
medidas contra la corrupción como el Código de Buen Gobierno (2005), la
ley de regulación de los conflictos de intereses de los altos cargos de
la Administración General del Estado (2005), la nueva ley orgánica de
financiación de los partidos (2007), la ley de contratos del sector
público (2007) o la ley de suelo (2007). Es cierto que se han dado pasos
importantes en una buena dirección, pero también que muchas de estas
iniciativas podían haber sido mucho más efectivas sin mucho esfuerzo y
con algo más de voluntad política. Otros lectores, como algún dirigente
del PP con el que hablaba hace unas semanas, podrán objetar que, en
realidad, y pese a la amplia percepción social de la corrupción, los
españoles no están verdaderamente preocupados por la corrupción. Habría
que reconocer de nuevo que hay mucho de verdad en esta apreciación. En
los últimos seis años el porcentaje más alto de encuestados que ha
señalado que éste era uno de los tres problemas principales del país no
ha sobrepasado nunca el 3%.
Esa escasa inquietud nos sitúa ante una demostrada capacidad de los
españoles para convivir con la corrupción como un mal menor, lo que
encaja con una acendrada tradición popular de escaso reproche e incluso
admiración hacia los comportamientos de la picaresca. Estas actitudes
constituyen un serio obstáculo para la lucha efectiva contra el problema
y para el estímulo de los agentes que deben llevarla a cabo, al generar
un clima de impunidad social que constituye un excelente caldo de
cultivo para estas prácticas delictivas.
Partidos políticos y medios de comunicación tienen una responsabilidad
especial en este terreno. La discusión pública sobre las prácticas
corruptas de las que se tiene noticia suele filtrarse habitualmente a
través de un prisma partidista que contribuye a fomentar las actitudes
cínicas entre la ciudadanía. Y esto sucede tanto cuando se actúa como
acusador (papel en el que los intereses electoralistas se anteponen al
objetivo de limpieza de la vida pública), como cuando se trata de
defender a los afectados por las imputaciones (donde la estrategia
predominante consiste en arropar a los acusados, al tiempo que se
denuncian los intereses de los acusadores). La conclusión a la que
conducen estos debates es a la de que «todos los políticos son iguales»,
no existiendo posibilidad real de tomarse la lucha contra la corrupción
en serio. Esta campaña electoral constituiría una excelente ocasión para
que los partidos políticos asumieran la responsabilidad que tienen en
esta tarea y nos obsequiaran con propuestas serias y con el necesario
liderazgo que exige una tarea tan importante como ésta si queremos un
sistema democrático eficiente.